Óperas primas o “pelotazos” literarios. Es el dilema en el que se debaten desde hace años las principales editoriales en lengua hispana. En España, donde la crisis ha hecho retroceder el mercado editorial a niveles de 2001 según la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), la balanza parece inclinarse cada vez más por los segundos.

“Es mucho más rentable traducir Cincuenta sombras de Grey que arriesgarse con un desconocido”, es el mantra que resuena en los pasillos de las grandes editoriales. Un panorama poco alentador en el que, paradójicamente, los escritores latinoamericanos están consiguiendo abrirse paso gracias a los sellos independientes que apuestan cada vez más por el talento venido de ultramar.

Un repaso a la última Feria del Libro de Madrid, una especie de termómetro anual del sector, arroja muchos nombres nacidos al otro lado del Atlántico. La mexicana Guadalupe Nettel, la colombiana Angela Becerra o el argentino Eduardo Berti fueron algunos de los autores que brillaron con fuerza en las 353 casetas que poblaron el Parque del Retiro.

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La chilena Isabel Mellado consiguió presencia por segundo año consecutivo con su ópera prima El perro que comía silencio. El libro, editado por Páginas de Espuma, va en su tercera edición, algo que ella misma describe como “un milagro” tratándose de cuentos. “Los latinoamericanos llaman la atención porque su lenguaje es distinto, más rico en imágenes. Tienen una voz propia y eso se valora. No es fácil publicar en España pero si confías en tu trabajo, se puede”, dice Isabel, quien trabaja actualmente en un segundo libro de cuentos y en una novela, mientras reparte su vida entre Granada y Berlín.

“A diferencia de los españoles, los latinoamericanos funcionan bien a los dos lados del charco”, asegura Juan Casamayor, editor y fundador de Páginas de Espuma, sello especializado en relato breve y con una cartera importante de latinoamericanos entre los que se encuentran la propia Isabel Mellado pero también Guadalupe Nettel y el peruano Fernando Iwasaki. Reconoce que entre sus autores no hay ningún español que venda bien en Latinoamérica, pero que la cosa sí funciona en sentido contrario.

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“Mi apuesta es literaria, no comercial. La decisión de comenzar a publicar autores latinoamericanos surgió porque me llegaban manuscritos buenísimos y creí que debía apostar por ellos. Desde el comienzo mi objetivo fue tener un catálogo amplio y de calidad”, explica Casamayor, quien ha demostrado en 15 años que es posible vivir de un género aparentemente poco rentable como el cuento.

El y otros colegas que asumen riesgos se hacen la misma pregunta: ¿Cómo se enriquece el panorama literario si los editores no apuestan por nuevas voces?

En esta línea está Demipage, dedicada exclusivamente a noveles contemporáneos y que se ha lanzado esta temporada a publicar autores venidos de América Latina. La primera será la argentina Mariana Graciano con su libro La Visita pero esperan otros manuscritos, alguno llegado de Chile. “Queremos trabajar con talentos jóvenes y abrir un mercado nuevo, ampliar nuestro abanico. La apuesta es descubrir voces interesantes”, dice su editora Paula Roses.

Salto de página, Periférica, Talentura, Tropo Editores o Siruela son sólo algunos de los sellos que desde los años noventa nadan a contracorriente buscando la especialización y dándose el lujo de publicar a completos desconocidos. Mientras las grandes concentran sus esfuerzos en la reedición de clásicos o la traducción de best sellers, las independientes abren un horizonte nuevo a escritores jóvenes y a lectores que buscan algo más. Uno de los beneficiados de este fenómeno es el argentino Carlos Salem. Tras pasar dos décadas escribiendo en el anonimato, ha publicado catorce libros en un plazo de siete años. El pertenece a la generación de latinoamericanos afincados en España que ha dado forma a un lenguaje nuevo, mestizo, que podría ser una de las claves del éxito de este nuevo boom. “Vivir en el exilio permite mirar el mundo desde una perspectiva más amplia, enriquece el lenguaje”, dice Salem.

Su compatriota Marcelo Luján, otra de las voces al alza en el mercado español, piensa lo mismo: “La literatura latinoamericana es potente. Muchos de sus escritores viven el género negro en las calles, tienen experiencias que empapan su trabajo y eso las dota de una fuerza especial”.

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Buscando la especialización, nació hace un año Ediciones Sin Fin, un sello creado por el chileno Bruno Montané para difundir en España poetas latinoamericanos vinculados al Infrarrealismo, el movimiento fundado en 1975 por Roberto Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro y el propio Bruno Montané en México.

En unos pocos meses, Ediciones Sin Fin ha lanzado con éxito tres obras. La última es una edición definitiva de Ave Soul de Jorge Pimentel, un libro con prólogo de Roberto Bolaño que estaba destinado a editarse en México pero que no llegó a ver la luz. “Aún no tenemos ganancias pero hemos conseguido equilibrar las cuentas. Cada libro financia el siguiente y eso es una buena señal en estos tiempos de crisis”, dice.

“La literatura latinoamericana es más interesante y radical. funciona, porque es mejor”, asegura la escritora y periodista Cristina Fallarás, fundadora de Sigueleyendo, una editorial pionera en la edición de libros digitales que aglutina bajo su techo a un gran número de voces españolas e hispanoamericanas.

Su proyecto se basa en dar una oportunidad a aquellas obras que quedan fuera de juego por criterios tan poco literarios como la extensión, que siguen primando en la gran industria editorial. No se ha equivocado. A pesar de la crisis, Sigueleyendo crece.

La irrupción del libro digital es, según editores y escritores, otro factor que está contribuyendo a sacar de la sombra a nuevos talentos y creen que es una tendencia que se acentuará.

Consciente de esto, Alfaguara lanzó el año pasado una colección digital compuesta por 100 títulos de autores latinoamericanos muchos de los cuales no habían conseguido traspasar las fronteras de sus propios países. El catálogo ha ido creciendo hasta alcanzar las 300 obras y permite adquirir en los portales de las librerías digitales españolas e-books de los chilenos Andrea Maturana, Patricio Jara o Sebastián Labatut, cuyas obras no están en librerías o tienen una presencia muy puntual.

Wp-akejandro-450La tendencia a apostar por jóvenes promesas latinoamericanas no es, sin embargo, totalmente ajena a las grandes editoriales. Aunque en su caso el recorrido es distinto a las independientes: invierten en escritores que ya funcionan en sus propios países y que llegan con un respaldo de la crítica.

Así, Planeta y Alfaguara cuentan entre sus autores con nombres reconocidos como la colombiana Angela Becerra, el mexicano Jorge Volpi o el argentino Andrés Neuman que comercializan sus libros con regularidad en el mercado español. El chileno Alejandro Zambra se encuentra también en esta órbita de nuevos consagrados aunque su editorial es Anagrama, probablemente la única de las grandes que sigue arriesgando en nuevas voces.

Random House Mondadori, otra de las que tiene una cartera importante de latinoamericanos, ha comenzado a distribuir recientemente en España Camanchaca del chileno Diego Zúñiga. El director de la división literaria de esta editorial, Claudio López de Lamadrid, reconoce que con el mercado deprimido no espera obtener resultados inmediatos pero confía en que España sea un espacio para que Zúñiga publique con regularidad, como ya lo hacen Rafael Gumucio, Alberto Fuguet o Carlos Labbé.

“Yo lo veo como una apuesta de futuro. Mi próxima novela saldrá simultáneamente en España y Chile este año y eso es bueno”, dice Zúñiga sobre Racimo, su obra inédita galardonada recientemente por el Consejo Nacional del Libro y la Cultura y cuya trama está relacionada con los crímenes de Alto Hospicio.

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“El mercado latinoamericano será el que decidirá el destino de los grandes sellos”, vaticina el crítico y editor Ignacio Echevarría, uno de los convencidos de que el mapa editorial en lengua española está sufriendo una transformación irreversible donde España “pinta cada vez menos”.

Echevarría cree que la crisis por la que atraviesa la industria no es un hecho coyuntural. “Tiene cada vez menos sentido su papel de capital editorial y menos aún de plataforma de consagración para nuevos escritores”, asegura.

Las cifras parecen darle la razón. En 2012 se publicaron en España 88.349 obras, un 8 por ciento menos que en 2011. Un 20 por ciento fueron traducciones y sólo un 18 por ciento correspondieron a obras de ficción. Aunque esta industria sigue moviendo cerca de 3.000 millones de euros (un 0,7 por ciento del PIB nacional), todos los pronósticos apuntan a que la caída se acentuará.

¿Por qué la mayoría de los escritores en lengua hispana sigue aspirando entonces a publicar en España? “Aquí se siguen generando los elementos de consagración del idioma: los premios importantes, los suplementos literarios de lectura colectiva”, constata Pilar Reyes, editora de Alfaguara. Nadie se atreve a pronosticar, sin embargo, si con un panorama económico tan deprimido el talento que llega de ultramar será suficiente para revivir el boom de los años sesenta y setenta que protagonizaron Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

“El éxito se produjo en un momento en que la literatura latinoamericana era desconocida en España. Fue un descubrimiento de lo que se estaba haciendo al otro lado del Atlántico y eso es difícil de repetir”, señala Marcelo Luján que además de escribir, se dedica actualmente a pesquisar escritores-promesa para editoriales ibéricas.

Todos apuestan por un resultado más discreto, repartido en muchos autores de calidad más que en 3 ó 4 estrellas. Y citan nombres concretos que podrían dar mucho que hablar en el futuro.

Jorge Herralde, fundador de Anagrama y el único de los que vivió el fenómeno del boom que sigue en activo, menciona a tres: “Destacaría al chileno Alejandro Zambra, con tres novelas publicadas y 36 traducciones en las mejores editoriales internacionales y a los mexicanos Juan Pablo Villalobos y Guadalupe Nettel”.

Otros nombres que suena son los de los colombianos William Ospina y Juan Gabriel Vázquez; los argentinos Claudia Piñeiro, Patricio Pron y Andrés Neuman; los mexicanos Antonio Ortuño y Alberto Chimal; el peruano Fernando Iwasaki y el boliviano Edmundo Paz Soldán.

Escritores y editores coinciden en que aunque los vientos soplan a favor de los latinoamericanos, sigue siendo difícil vivir del oficio a ambos lados del Atlántico. “Hay mucha gente buena que no consigue despegar”, se lamenta Carlos Salem, quien cree que las cosas podrían ir mejor con un cambio de actitud de la industria: “Los grandes editores siguen prefiriendo publicar un centroeuropeo muerto que un latinoamericano vivo. Es una lástima pero es así”, concluye.