Bizarra y sin horizonte. Así puede resumirse la literatura de Haruki Murakami. Desde Tokio blues, Norwegian wood, novela que retrata la belleza de la melancolía en la juventud japonesa de los ‘60 con la que alcanzó notoriedad internacional, hasta la más reciente Muerte del comendador, novela que publica a los 69 años por el sello Tusquets, que anuncia desde ya una segunda parte a ser publicada a comienzos del próximo año.

El protagonista es un retratista de 36 años que atraviesa un divorcio y comienza un viaje que lo llevará a habitar en la casa de un conocido artista japonés, Tomohiko Amada, por una temporada. Allí encontrará un arte descatalogado de Amada, el retrato de una escena violenta que figura la muerte de un comendador. A partir de entonces el mundo de lo real se desdibuja: ingresa a la ficción un barón adicto a la tecnología que solicita retratarse a cambio de una suma absurda de dinero.

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El sonido de una campana lleva a descubrir un santuario de rocas en forma piramidal que hace que ambos personajes, artista y retrato, inicien una excavación que llevará a resucitar la figura del comendador alojada en la pintura. Y, junto a eso, la obsesión por una niña de trece años que vive en una montaña aledaña del paisaje rural japonés. La muerte del comendador, en su particularidad, busca dar con un retrato acerca de la experiencia artística. Murakami entrega una ficción sobre la crisis de la mediana edad de un alma artista que ha cedido su espíritu creativo al capital de los otros. Acostumbrado a pintar retratos, es decir, capturar la esencia de otros, ahora retoma su trabajo y busca qué ha quedado de sí mismo. Es, de alguna forma, la búsqueda del origen que no tiene que ver con la biografía sino con las influencias; para el personaje de Murakami esto es el arte japonés, Mozart, el paisaje rural.

Murakami trata de captar la esencia de la creación que, en su caso, resulta de la magia y la capacidad de llevar lo real hasta sus límites. Nada nuevo en un autor como él, que está próximo a cumplir 40 años en la industria del libro. Es cierto que puede no ser su mejor trabajo, pese a encabezar la lista de autores representantes de la literatura japonesa contemporánea, pero esto no es por falta de historia sino porque sus artificios ya se han vuelto una marca que, en él, no impresiona más allá.