Sus cuentos dejan al lector con una percepción más aguda de las relaciones humanas y una conciencia amplificada de las decisiones morales.

En otras palabras, Alice Munro, sigilosa testigo y crítica del hippismo rompe-hogares que azotó al nefasto conservadurismo norteamericano en los ’60 y ’70, escribe cuentos como un sustituto de los correazos que su padre le daba cuando chica porque:  ‘Te las dabas de lista’ (algo común en esos tiempos “en que la viveza se encarnaba en un diablillo detestable al que había que quitarle el descaro a palos. O de lo contrario, se corría el riesgo de que llegara a mayor creyéndose listo. O lista según el caso”). Es decir, sus cuentos funcionan como un azote moral a la conciencia, una vacuna piadosa que la señora con experiencia (ya de 83 años) tiene el sobrado derecho a proporcionar a quienes desintegran amistades, relaciones y familias sólo por empecinarse en la urgente satisfacción de sus propios deseos, o para estar más cómodas en la complacencia de sus debilidades, acosados por diablillos que ella sabe muy bien todos llevamos dentro, en especial cuando el sueño de la familia feliz en la casa de los suburbios se ha refinado ahora a la versión despiadada del yuppie, el profesional aventajado, el solitario que enchufa y desenchufa, conecta y desconecta a personas de su vida como si fueran circulitos verdes titilando en la pantalla de sus teléfonos.

En el cuento Escapada, una mujer vuelve a su campo desde un viaje a Europa y le pregunta a su vecina, una joven que le sirve de empleada y que está desesperada por su matrimonio: “¿Pero y si tuvieras el dinero para marcharte? ¿Si tuvieras el dinero para empezar de nuevo?”. Allí el tema no será el que divorciarse sea un privilegio (o de que la mujer deba tener trabajo remunerado para plantearlo con independencia), sino más importante, el hecho de que no exista la transmisión de un consejo confiable, o al menos de una advertencia. Alice Munro plantea la posibilidad de ese consejo, en parte porque ha sostenido durante bastante tiempo una lucidez particularmente sensible y aguda sobre las vidas humanas. En otra parte dice: “Lo que sucede en tu casa es lo que tratas de proteger todo lo posible, tanto tiempo como sea posible. Y ella no había protegido a Sara”, es decir, a su madre. “¿Era acaso tan difícil? No tenía más que decir sí”. O cuando se despiden dos conocidas que hace tiempo no se encontraban: “Abrazó y besó a Juliet como hace ahora todo el mundo y corrió a reunirse con sus compañeros”. ‘Como hace ahora todo el mundo’. Esa expresión resume algo, muy poco, de la magnitud de la mirada de Alice Munro. Pero dicho así no sirve, hay que leerla.

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