Me preguntan por qué las mujeres leen más novelas que los hombres. Creo saber la respuesta pero, antes de dispararla así nomás, me doy una vuelta por la plaza virtual y vitrineo en la memoria a distancia de la época, o sea gugleo un poco. Y sí, confirmo que ya sabía la respuesta. Y no es lo que leí ni lo que sabía, sino lo que acabo de hacer.

La historia de la lectura es en parte la historia del puñado de pericos que no debían ganarse la vida porque ya venían eximidos al nacer, y de las mujeres de ese puñado, que realmente tenían pocas opciones de entretenimiento y formación, como no fuera bordar y rezar hasta que les dieran cólicos de aburrimiento. Así que leían. Obras religiosas, casi siempre. Hasta que a un avispado en Inglaterra se le ocurrió hacer ameno su libro de conducta para señoritas y se mandó una teleserie venezolana pero en 1740. Pamela, de Samuel Richardson, fue en su época un famosísimo superventas sobre una doncella que lucha por que su amo no se la lleve al catre y le quite el único capital con que contaban las mujeres entonces. Una precuela del eterno tema de la sirvienta, su virtud y su señor, o del “If you like it, then put a ring on it” de Beyoncé, que es más viva que el hambre.

Me salto el noventa y nueve por ciento de la historia, como es natural (no dije, por ejemplo, que en Japón, mientras los hombres guerreaban, las mujeres de la corte aprendían cientos de poemas, pues su declamación elegante era el equivalente en popularidad a un pase de modelos en bikini), pero el prejuicio de que las novelas eran libros livianos, puro cahuín, ergo cosa de mujeres, viene de ahí. La ficción novelesca, como el cine al principio, no se consideraba algo serio, y aunque murieran de ganas (sobre todo con novelitas porno como Fanny Hill), los machos alfa no se dejaban ver leyendo porque eso los hacía menos marciales y curtidos.

Las razones están, como casi todo, en esa conjunción entre la genética y la costumbre, los roles aprendidos, que indica que los hombres son más propensos a la acción y las mujeres a la relación. Defino relación: esa compulsión genuina por contrastar emociones, por comprobar que personas de muy diversos ámbitos sentimos lo mismo, por saber qué dicen y qué piensan los demás, por inquirir qué haría el otro si estuviera en mi lugar. En suma, y esto seguirá siendo cierto independientemente de las grandes conquistas del feminismo, las mujeres queremos conocer la intimidad de las personas. A los hombres —lo he comprobado tantas veces que ya ni me molesta— no les interesa, o no demasiado, o no por mucho tiempo.

¿Y qué son las novelas sino pura relación? Ante un decreto o un discurso se puede oponer una acción, pero las novelas no mueven batallones. Sirven, sí, para imaginar cómo piensa el otro. Y qué haría yo si me viera como Fanny Hill (ay, ojalá). Es una conversación implícita que no te obliga a tomar medidas, no te fuerza a la acción, pero sirve para macerar tus propios pensamientos, para ponerlos a prueba. Por eso mi paseo por la plaza del pueblo —Google— era en el fondo la respuesta: fui a ver si encontraba algún pelambre, o alguien que me sirviera de sparring, alguien con quien conversar antes de poner esta simple idea por escrito.