El cine se ha encargado de explorar los periodos formativos de la niñez y la juventud. Por un lado, está La vie de Adele (2013), captando no tanto el lesbianismo como el momento en que se constituye una joven enamorada con parámetros totalmente distintos a los de los padres, y más recientemente, Boyhood (2014), donde los ojos de un niño son a la vez la ventana de la cultura pop que define estilos, modas, cortes de pelo y aspiraciones generacionales. Entendemos que los niños, futuros jóvenes, crecen cada vez con más ganas de probarlo todo. Sin embargo, la figura de los padres queda en las sombras. Generalmente vemos relatos tanto en el cine como en la literatura donde los adultos aparecen enfrentados a todo tipo de desafíos, desde asuntos que comprometen la seguridad nacional hasta historias emocionales donde el amor demuestra ser una materia nunca superada. Sin embargo, hay otra relación a explorar: la figura de los padres opuesta a la de los hijos como dos antagonistas de esa historia mayor que es la vida.

Aquel sentimiento es el que recoge la selección de crónicas de Roberto Merino, Padres e hijos. En las columnas que entre el 2002 y el 2014 publicó en el diario Las Ultimas Noticias, en la cuartilla inferior de la página de cultura de un diario que consagró la farándula como género, se muestra la figura del padre y los hijos, esas antípodas de la vida que origina todos los males y todos los mitos que en adelante regirán la existencia.

Por un lado, la niñez se muestra como la frescura de la gente nueva que se asoma a un mundo nunca igual al conocido, y por otro, como el recuerdo de la propia niñez idealizada en torno a la inocencia de sentir que todo se hace por primera vez.

En las palabras de Merino queda la extrañeza del adulto que observa al niño enfrentándose a un periodo que nada se parece a la niñez propia, entonces alejada de estímulos y de pantallas multimedia, consagrada a la observación paciente y el tiempo libre. Al mismo tiempo, los padres aparecen como sujetos menos autoritarios y violentos, queriendo no repetir los errores de los que se sienten víctimas, pero a la vez con la duda de cometer errores nuevos que causen traumas inimaginables. En el fondo, una tarea de la que nunca podría dejarse de escribir. Porque la gran tragedia de la paternidad es que ocurre en un mundo del cual se tiene menos control del aparente, por tanto ambos personajes, el padre y el hijo, serán siempre expresiones de esos distintos momentos del mundo: algunos asisten como principiantes, otros como maestros. Lo importante es no olvidar que desde cualquier edad siempre habrá algo que decir, algo que callar, algo que cambiar.