Gabriel García Márquez falleció el jueves santo, sin embargo, hace tiempo que su presencia era fantasmal. La vejez lo ocultó de la vida pública, las canas se comieron su cabeza y el rumor de la demencia senil recordó con triste ironía el final del patriarca de los Buendía: amarrado a un árbol, jugando ajedrez con el gitano Melquíades y rodeado de fantasmas.

Es cierto que García Márquez murió el 17 de abril a los 87 años, pero hace rato estábamos acostumbrados a estar sin él. El 2004 publicó su última novela y el 2005 dio su última entrevista para el diario catalán La Vanguardia. Ahí, sin quererlo, anunció el retiro de su carrera literaria. “No me he sentado ante la computadora. No he escrito una línea. Y, además, no tengo proyecto ni perspectivas de tenerlo. No había dejado nunca de escribir, éste ha sido el primer año de mi vida en que no lo he hecho”, dijo. Su voz tardaría un par de años más en apagarse, como si hubiera decidido desaparecer de a poco para que doliera menos.

Desde que se anunció su partida, la vida de García Márquez ha ocurrido de nuevo, desde la niñez en Aracataca donde conoció el hielo hasta la muerte en México. Volvió su abuela Tranquilina Iguarán a contarle historias plagadas de fantasmas y de mundos apenas perceptibles, la misma voz que años después regresaría para escribir Cien años de soledad y para darle forma a la matriarca Ursula Iguarán.

De nuevo estuvo a cargo de la agencia cubana Prensa Latina para acompañar la revolución liderada por Fidel Castro, su amigo personal. El boom ocurrió otra vez con las voces que narraron un continente contradictorio y el puño de Mario Vargas Llosa volvió a caer en el ojo del colombiano por una rencilla de la cual nunca se supo pero que terminó de separar a dos escritores que se fueron distanciando ideológicamente, en una época donde no se podía ser tibio. Vargas Llosa no lo fue y García Márquez tampoco. Su cuerpo se materializó en aquel liquiliqui blanco con el que recibió el Nobel cuando habló no sólo por él, sino en nombre de todo un continente: “¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social?”.

Lejos de aquello, en su última entrevista afirmó que había reemplazado la escritura por la lectura desde la cama: “Leo todos aquellos libros que nunca tuve tiempo para leer”, confesó. Y hoy, ante su muerte, no hay mejor cosa que hacer, que aprovechar esta segunda venida para recordarlo y recordarse a uno misma en esas primeras lecturas, un poco más joven, un poco más curiosa, como una adolescente que abre por primera vez una novela y descubre que puede vivir ahí otra vida.