¿Lamentó Pedro Lemebel morir sin el Premio Nacional de Literatura? En su cuenta de Twitter, y fuera de toda solemnidad, emitió un comunicado donde dice que los “premios oficiales, hay que recibirlos y soportar su fetidez oficial”. Detrás de todos los reconocimientos y las publicaciones, Pedro Mardones, conocido por el apellido de su madre, Lemebel, fue y nunca dejó de ser un homosexual pobre de población. Uno cuya revolución en su momento ni siquiera aceptó el Partido Comunista. Pero él, o ella, era tan de izquierda, tan revolucionario como el más machito, sólo que su virilidad se maquillaba con sombra en los ojos y se adornaba con un pañuelo que le cubría la cabeza y le daba un aspecto de Virgen María punk.

¿Merecía Pedro Lemebel el Premio Nacional de Literatura? Su novela fue sólo una, y fue suficiente. Con Tengo miedo torero llamó la atención internacional sobre una historia de amor homosexual y revolucionario con el fondo épico del atentado a Augusto Pinochet. Pero su género fue primero la performance. Junto con Francisco Casas a fines de los ’80 llamaron la atención a la fuerza sobre aquellos cuerpos que a nadie le interesaba mirar, que se ocultaban bajo los nombres burlescos y ofensivos de maricas, colas, hombres amujerados que nada tenían que querer o pedir en Chile. Las Yeguas del Apocalipsis bailaron cueca sobre vidrios de Coca Cola desperdigados sobre un mapa de América Latina, montaron desnudas un caballo y entraron a la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, pintaron estrellas en la cuneta de la calle Fray Camilo, una calle llena de prostíbulos, e hicieron su paseo de la fama hollywoodense pobre. En 1989, mientras Patricio Aylwin presentaba sus políticas culturales, ellas, las maricas, aparecieron sin invitación y desplegaron un lienzo que decía “HOMOSEXUALES POR EL CAMBIO”. Las echaron.

Pedro Lemebel habló primero desde su cuerpo y luego en sus crónicas, donde nunca quiso parecer intelectual, ni hombre, ni macho. Su voz que apagó un cáncer de laringe es un discurso que siempre se emitió desde lo marginal. “Lo hermoso fue cómo entramos en la contienda y con nosotros entró la calle letrada o la cuneta iletrada”, dijo también a propósito del premio no ganado. Por eso era común ver a Pedro Lemebel en el Paseo Ahumada, con su pañuelo colorido sobre la cabeza, caminando nadie sabe hacia dónde, irrumpiendo en la triste y gris cotidianidad de Chile.