A la periodista y columnista que comenzó colaborando para el Nuevo Diario de Madrid en los setenta, la acompaña siempre una sonrisa serena e imperturbable. Pero en plena promoción de su libro número veintiocho, es justo decir que a esa marca registrada se le suma una buena dosis de alegría. Motivos le sobran y ni siquiera el incómodo resfrío que pescó durante su fugaz visita por Santiago logra empañar el cierre de un ciclo emocionante. La pasión de Brahms es el fin de casi una década, en la que primero se dedicó a bucear profundo en la vida de sus célebres tatarabuelos, el compositor Robert Schumann y la concertista en piano Clara Schumann.

Así, mientras escribía La música para Clara surgió la idea de escribir sobre la historia de amor entre Johannes y la abuela de su madre. “Fue un disfrute de comienzo a fin. Todo lo que aprendí de ellos y de su época me fascinó. Todo el romanticismo, el amor, la amistad, la fidelidad a la ideas. El amor por la cultura y las artes en general. A mí me gustan esos valores harto más que las ansias de hacerse rico y tener muchos dólares en los bancos”, cuenta, al resumir una investigación que incluyó largas temporadas en Alemania y Austria.

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—¿Qué fue lo que más te impresionó de la figura del creador de Réquiem alemán?
—Esa enorme fe que se tenía a sí mismo. Nunca dudó de su talento, ni cuando en su propio país fue incomprendido y mal tratado. En Leipzig, por ejemplo, pifiaron de manera horrenda su primera sonata y él, en lugar de apocarse, de paralizarse de terror, se sintió fortalecido. La confianza que tenía en la calidad de su arte era muy superior al daño que podían causarle los chiflidos. Impresiona ese inmaterialismo en que vivía. Nunca tuvo una casa propia, arrendaba un par de piezas en Viena y ahí vivió casi toda su vida. No tenía idea de cuánto dinero iba ganando ni le importaba. De no ser por Clara Schumann, quien le llevaba las cuentas y lo obligaba a comprar bonos para que la plata no se destruyera tirada encima de su piano, habría muerto siendo un hombre en la ruina.

—¿Qué crees que diría Brahms si pudiera leer tu libro?

—Si yo le contara que me compré un piano, tomé clases y traté de aprender a tocar, todo eso en la vejez y para saber más de él, le habría encantado. Claro que esto de que una tataranieta de Clara Schumann, a quien él ni siquiera conoció, anduviera intruseando en su vida, en su carácter y amores, metiéndose con sus padres… no, nada de eso le hubiera gustado a Brahms. Él era un hombre extraordinariamente reservado.