En ella, quedan al desnudo las infidelidades de uno y el poder inimaginable de la Generala, como era conocida en los círculos de poder.

Cuando abrieron la puerta y la vieron, ya había pasado su época de gloria. Estaba gorda. Un poco dejada de la mano de Dios. Lo que no perdía era el brillo en la mirada cuando hablaba de él. Eso y la rabia contra Lucía Hiriart. A ella, como a varias otras, le hizo la vida imposible. En su departamento en el corazón de Ñuñoa tenía regalos, fotos, recortes de prensa. Lo idolatraba. Fue cinco veces a entrevistarse con Mónica Echeverría y Patricia Lutz, y después no apareció más, se borró. “Yo creo que se sintió presionada”, cuenta Mónica. El testimonio de esa mujer, presunta amante de Augusto Pinochet, es uno de muchos —casi un centenar, entre militares, parientes, subalternos, empleados y amigos de los Pinochet-Hiriart— de los que se nutrieron Echeverría y Lutz para dar forma a Insaciables, la novela que retrata la particular vida del matrimonio que gobernó Chile durante 17 años.
Publicada por Random House Mondadori, estará en librerías la última semana de agosto. Relata desde los días de la infancia de ambos hasta la cremación de Pinochet, sumando un crudo epílogo fechado en noviembre de 2011 que tiene como protagonista al primogénito del matrimonio. “Es una novela de facto, basada en hechos reales, y ahí reside su valor”, explica Mónica, sentada a la mesa del espacioso y sombrío departamento donde vive, en La Reina, ataviado con fotos familiares y libros.

En Insaciables hay un número importante de personajes cuyo nombre ha sido modificado. Partiendo por los protagonistas: Aurelio Petochet y Lucinda Didier. Lo mismo ocurre con sus hijos, con el Mamo Carrasco (Contreras), con el juez Cereceda (Cerda). Pero hay otros como los miembros de la Junta, o la ex ministra de Justicia Mónica Madariaga, Allende o el general Carlos Prats que aparecen en la novela con su identidad verdadera. Respecto de los acontecimientos, “casi todo lo que vas a leer ocurrió”, dice Patricia.

La novela es un viaje profundo a la relación con el poder que mantuvo el matrimonio Pinochet-Hiriart. En ese contexto, devela las infidelidades del dictador, la ascendencia que tenía Lucía Hiriart sobre él, la influencia que llegó a alcanzar en el Ejército, además de dibujarla como una gran celópata. “Se las arreglaba para descubrir a las que tenían o podían llegar a tener algo con Pinochet. Tenía de su parte a Contreras, quien le soplaba cosas, y a una suerte de equipo que la asesoraba, así como Pinochet contaba con otro que lo ayudaba en sus escapadas”, explica Patricia.
Hay un capítulo en el que se detalla la contratación de los servicios de una prostituta del más afamado burdel de Punta Arenas. Los oficiales la llevaron en un Mercedes Benz al penthouse de un edificio recién construido donde la esperaba el general. “No hubo más conversación. Tras una breve incursión en el baño de la suite, le pidió a Hilda que se desvistiera mientras él hacía lo mismo sin dejar de observarla de reojo. Enseguida, la hizo tenderse de espalda sobre la cama de sábanas blancas y se montó pesadamente sobre su pelvis…”.
A ella las autoras la entrevistaron por teléfono. “Siempre lo vio como un negocio. Ni lo estimaba ni lo odiaba. Tuvieron una relación bastante fría. Nunca conversaban demasiado. Fue una pega que le duró dos años y luego no lo volvió a ver. Jamás hubo un vínculo como ocurrió con otras personas por las que Pinochet se apasionó completamente”.

Tal fue el caso de una ecuatoriana que la novela identifica como Piedad Noé. Pinochet la conoció cuando, a fines de la década del ’50, fue enviado a Quito para integrar el equipo fundador de la Academia de Guerra de Ecuador. Ella habría sido su gran amor. “No hubo otra amante con la que él hubiera considerado terminar su matrimonio —cuenta Mónica—. Creo que no lo hizo porque arriesgaba perder todo lo que había conseguido en su carrera militar. El le compró un departamento en Viña del Mar. Y ahí se vieron hasta el final de sus días. Si no estuvo en su entierro fue porque ella murió un poco antes”.
—En el libro se cuenta la noche en que Lucinda sorprende a Aurelio y éste le confiesa haber estado con Piedad, ¿eso fue cierto?
—Ella lo descubrió y viajó a Santiago porque se estaban separando y porque ya estaba por nacer Marco Antonio. Lucía venía con la idea
de contarle todo a sus superiores y buscar en ellos un respaldo. Pero una vez que lo hizo se dio cuenta de que poco iba a sacar y que situaciones como esas eran frecuentes en el Ejército —explica Patricia.
También es verdadero el episodio en que Avelina, la madre de Pinochet, viaja a Ecuador y queda encantada con Piedad al punto de aprobar esa relación, fundamentalmente porque era todo lo contrario a Lucía, a quien no soportaba.

LAS ESCENAS DE CELOS ERAN RUTINARIAS. Lo celó con la ministra de Turismo de entonces, Liliana Mahn; con la directora de una conocida revista de magazine, “cariñosa y divertida después de la primera copa”, que tenía por costumbre sentarse en sus rodillas en los almuerzos con prensa; y con una joven periodista que reporteaba en minifalda a quien mechoneó hasta las lágrimas en el Diego Portales.
Pinochet lo negaba todo, pero se las arreglaba para reencontrarse en Colina con un viejo amor; para sostener un affaire con una periodista de la Dirección de Prensa del gobierno (ver recuadro); para visitar a la directora de la Zona Franca, en Iquique, con quien se daba el lujo de “caminar tomados de la mano en concurridos paseos como cualquier pareja enamorada”.
Las autoras plantean que las infidelidades de Pinochet pudieron ser una respuesta al ninguneo constante al que Lucía Hiriart lo sometía. En los diálogos que recrea la novela, muchas veces ella lo violenta verbalmente: “Eres un roto de mierda”. Incluso, en ese epílogo, el primogénito reconoce los malos tratos: “El era muy respetuoso con mi madre, ella en cambio era insolente, lo gritoneaba, le tiraba agua hirviendo…”.

Wp-Lucia-193-2“LO QUE PASA ES QUE LA FAMILIA DE LUCÍA HIRIART ERA MUY DIFERENTE A LA DE PINOCHET. Su padre era masón y radical. Había combatido a Ibáñez. Nunca vio con buenos ojos a ese tenientito que no modulaba ni hablaba bien. Y ella se encargó de recalcárselo siempre: ‘Yo tenía otra vida, yo no me merecía esto’. El entró disminuido a esa relación. Y creo que todo lo que hizo fue para demostrarle a ella que sí se la podía. Es un juego perverso porque a la vez crea distanciamiento, y en ese plan siento que Pinochet le era infiel como una forma de vengarse”, sostiene Patricia.
La llegada al poder aplacó el descontento de Lucía Hiriart. “Ella estaba fascinada porque por fin accedía al mundo glamoroso al que había aspirado, lo que mejoró sustancialmente su relación”, señala Mónica.
Además, la Generala —como le decían en los círculos del Ejército— adquirió sus cuotas de poder. “Ante su voz aguda y mandona, se inclinan y cumplen sus tareas sin chistar todas las señoras de militares, temerosas de que sus maridos no asciendan en el Ejército. Se convierte en una primera dama temida y respetada”, se lee en el libro.
Si ya dejar el poder fue un golpe duro para ella, la situación de Londres la superó. “Eso la volvió loca. Y le reprochaba la situación a Pinochet. ¡Que no te pobreteen, Augusto! ¡No te olvides que la gente pisa a los fracasados! Le daba rabia verlo como estaba. No quería ser la esposa de un viejo chocho”, explica Patricia.
El libro, en todo caso, no se queda sólo en el retrato del general infiel y de su mujer. Es, por sobre todo, un viaje a las pulsiones que la ambición tensa y que convierte a dos seres casi comunes y corrientes en personajes insaciables de poder.