Menuda y aparentemente frágil, Luisa Santiaga Márquez Iguarán llevaba aquel gen supersticioso que años más tarde su hijo convertiría en las bases del Realismo Mágico. Hija de un coronel de origen andaluz, creció en los suelos áridos de la Guajira. Testigo del milagro del hielo y madre de trece hijos (once biológicos y dos que sumó su marido por fuera), fue ella quien cultivó en su primogénito el amor por los relatos orales.

“¿Qué espera ahora que su hijo recibió el Nobel?”, le preguntó un periodista en 1982. Ella respondió: “¡Que me arreglen el teléfono!”. Pasaron 180 minutos y le restablecieron el servicio que llevaba más de tres meses cortado.

Le gustaba describir lo sobrenatural y su propio hijo reveló después que poseía el sentido de la premonición y de hablar con los muertos. Lo suyo además era tener ‘mamadera de gallo’: una forma de comunicarse con una solemnidad a medias, o dicho de otra forma de ‘bromear en serio’. Cuando le preguntaron de manera muy protocolar: “¿A qué atribuye el talento literario de su hijo?”. Estalló en risas y dijo: “A la emulsión Scott”, un concentrado de aceite de bacalao que le administraba religiosamente en ayuno.

La famosa historiadora colombiana Silvia Galvis anotó que una vez fue en busca de la famosa Niña Luisa y la encontró en su mecedora tomando el fresco en Cartagena. De pronto entró otro de sus hijos quien le preguntó : “¿Cómo estás, mami? ¿Me reconoces?”. Al instante, ella reaccionó: “Jaime, mijo, ¿cómo estás? ¿Y tú me reconoces a mí”.

Siempre pensó que Gabriel sería pintor. Admiraba su caligrafía linda y redonda…  “De todas formas —concluyó— siempre he creído que toda su suerte reposa en esa letra bella y clara que tiene”.

Cuando murió de arteriosclerosis a los 97 años, en el 2002, el escritor no pudo viajar para despedirla. Gabo se quedó con la imagen de una Luisa Santiaga de 45 años y que ya, a esa edad, sumaba once partos. “Ella ha pasado más de diez años encinta”, escribió el Nobel en Vivir para contarla.

Criada como princesa, si quería un vestido lo tenía. Si después le quedaba mal, lo dejaba apolillarse en un armario. Todo cambió cuando llegó a Aracataca el telegrafista Gabriel Eligio García, un hombre pobre que no pudo terminar sus estudios de medicina. “He llegado a la conclusión de que, entre todas las mujeres del pueblo, la que más me conviene para casarme es usted. Piénselo. Pero si le parece que no, dígamelo y no se preocupe porque no me estoy muriendo por usted”. Sabía que la posibilidad del rechazo de la muchacha acomodada era enorme.

La familia puso el grito en el cielo. ¡Era un Don Nadie! Escondieron a Niña Luisa en un caserío de la Guajira, entre indígenas wayú con taparrabos y cara pintada . Los telegramas y una tía alcahuete permitieron los encuentros a escondidas y —después de tres años de clandestinidad que fueron la inspiración de El amor en los tiempos del cólera—,  se casaron en Santa Marta. Cuando su marido murió, lo lloró semanas y Gabo le aconsejó vivir en Isla de Manga mirando el mar. Desde ahí seguía hilvanando el futuro, pendiente de sus 67 nietos, 73 biznietos y cinco tataranietos. Siempre repitiendo su frase favorita : ‘Lo mejor es lo que sucede’.