En 1970 se suma a las filas del clandestino Ejercito Rojo Unificado y protesta contra los tratados entre Japón y EE.UU., el país que dejó caer una bomba atómica sobre sus antepasados. La policía arresta a sus compañeros y ella se vuelve adicta a las drogas. Después borran su prontuario y le dan una nueva identidad. A los 50 años, cesante, debe empacar lo imprescindible y vivir en la calle. Por azar, descubre la casa donde pasó los mejores años de su vida, antes de quedar huérfana. Quien la ocupa, Shimura, es “un hombre sin aristas”, tímido y de rutinas inamovibles. Ella se entromete y duerme en una habitación casi abandonada, la que había sido de sus padres. Así durante meses, hasta que Shimura sospecha por la desaparición de comida en su refrigerador, instala una cámara escondida en la cocina y la denuncia. Pero en el juicio, Shimura se apiada de esa mujer que en secreto acompañó su soledad, tan similar a él en su anonimato y quien fue, después de todo, lo más extraordinario que le había sucedido. Al salir en libertad, ‘la intrusa’ encuentra la casa en venta y le escribe a Shimura la historia de su vida.

Es una carta de agradecimiento, pero también un intento de reconocimiento entre dos extraños. Lo mismo que esta novela breve y sencilla. Basada en un caso real ocurrido en Japón, el 2008, sus personajes, habitantes de cualquier ciudad contemporánea, sin explicación parecen haber sido desplazados de sus vidas, conviven sin encontrarse, son intrusos y vigilantes de sus propios hogares, y sólo pueden refugiarse en el recuerdo.

Eric Faye, el autor, escribe La intrusa (recibió el gran premio de la Academia Francesa el 2010 y está traducida a más de trece idiomas) como un díptico que presenta dos miradas, la de Shimura y la mujer, quienes relatan sus historias por separado. El se vuelca con resignación cómica hacia los detalles de su espacio personal y cotidiano, cada vez más enrarecido por la irrupción de la desconocida. Ella, más solemne, repasa con grandes trazos los hitos de su historia, desde la infancia hasta la vejez.

Ambas perspectivas, propias de habitantes de cualquier ciudad contemporánea, permanecen enfrascadas en su forma cómica o solemne, ensimismadas, sin importar que ninguna de ellas arroje algo de luz o sombra sobre la otra, aunque sí pretendan cautivar al posible lector, pero si éste ya se ha puesto al tanto con un resumen de la novela, puede dar un paso atrás y prescindir saludablemente de leerla.