Hubo un momento en que Paolo Giordano (Turín, 1982) creyó que no podría, que iba a tener que reinventarse una vez más. Ya lo había hecho cuando supo que no estaba llamado a ser una estrella de rock —en verdad, todavía sueña con tener una banda—. También la vez que se doctoró en Física de las partículas, en la Universidad de Turín, y decidió abandonarlo todo por la literatura. Pero ahora, qué podía hacer. El éxito de su primera novela, La soledad de los números primos —la historia de dos adolescentes, Alice y Mattia, que vendió 7 millones de ejemplares—, le había demostrado que tenía el talento de la escritura. Pero aquello que lo había consagrado precozmente, ahora parecía perderlo.

Giordano era presa de lo que se conoce como el ‘síndrome de la segunda novela’, que afecta a escritores que han tocado el cielo luego de debutar en la literatura con el aplauso unánime de la crítica y los lectores. Le pasó a Salinger, quien nunca pudo escribir nada a la altura de El guardián entre el centeno; a Margareth Michell, quien tras publicar Lo que el viento se llevó no supo qué otra historia contar; a Arundhati Roy, autora de El Dios de las pequeñas cosas, que en 1997 ganó el Man Booker Prize con esa novela y no ha conseguido, hasta el día de hoy, dar forma a una segunda.

Giordano era presa de lo que se conoce como el ‘síndrome de la segunda novela’, que afecta a escritores que han tocado el cielo luego de debutar en la literatura con el aplauso unánime de la crítica y los lectores.

La escritura se convirtió en un infierno para él. “Sentía miedo de escribir. Estaba convencido de que debía demostrar con la segunda novela todo lo que se había dicho de mí. A ratos creía que no merecía estar en el lugar que me habían puesto, que era un error. Y eso me paralizaba. No podía escribir nada bueno. Viví una pesadilla”, cuenta Giordano por e-mail. Abandonó dos proyectos de novela —una contaba una historia similar a la de La soledad de los números primos, pero desde el punto de vista de un adulto—, se ‘exilió’ unos meses en La Toscana sin suerte, engordó diez kilos y estuvo cerca de terminar la relación con su novia antes de parir un nuevo texto.

La iluminación llegó como el destello de una ráfaga en mitad de la noche, justo cuando Giordano creía que la suya era una batalla perdida. En medio de la guerra de Afganistán, un capitán italiano le contó de la muerte de un grupo de soldados a su cargo en un ataque enemigo. Sin pretenderlo, ese capitán salvaba a Giordano de su propia guerra. En sólo diez minutos le había dado el argumento de El cuerpo humano.

La vida de Paolo Giordano estaba encaminada por otros derroteros. Estudió física teórica en la Universidad de Turín. Lo hizo como un reto a su inteligencia. Y en ese mismo afán siguió con el doctorado en física de las partículas. La literatura no estaba en sus planes. En un principio fue la física y la música. Claro, Paolo Giordano soñaba con convertirse en una estrella de rock. Tocó guitarra durante diez años tratando de hallar el camino, hasta que se dio cuenta de que ahí no había camino alguno. Recién entonces, como una forma de paliar ese vacío, decidió tomar unos cursos en la academia literaria de Alessandro Baricco.

Wp-giordano-450

—¿Te ha servido de algo la música para tu oficio de escritor?
—Sin duda. Yo no solo tocaba la guitarra, también componía canciones. Malas canciones, pero canciones a fin de cuentas. Y ese fue mi primer ejercicio con la palabra. ¿Me sirvió? Claro, porque me preparó para la métrica de los textos. Es tan así que incluso hoy cuando escribo una página siempre me hago una suerte de escaneo rítmico de las dos primeras frases antes de dar con el contenido.

—Y la física, ¿también te ha ayudado? Te lo pregunto más allá de la referencia que había en La soledad de los números primos.
—La relación entre la escritura y la física es mucho más compleja. He vivido inmerso en la física durante ocho años, ocho años cruciales en la formación de una persona. Pienso como un físico y me relaciono con el mundo a partir de esa lógica. Todavía estoy explorando todos los niveles en los que la física te ayuda a transformar las cosas, incluso en lo referido a la literatura. Con La soledad de los números primos ha sucedido de una manera, yo diría, superficial. Es decir, solo a nivel de vocabulario y metáforas, pero hay otros niveles mucho más profundos: la física y las matemáticas pueden entrar en la estructura del texto y en la construcción propia de cada frase, en la lógica que las sostiene. Pero claro, quiero ser capaz de mantener la física bajo control y usarla solo cuando sienta esa necesidad de hacerlo.

—La que sí te ha ayudado y, aparentemente, ha sido importante en tu escritura es tu mujer.
—Ella es fundamental. Pienso que si dejáramos de estar juntos y de trabajar unidos, yo no sería capaz de seguir escribiendo. Quizá no tendría más ganas. Creo que escribo, por sobre todo, para que ella me lea. Y no he sido capaz de saber que estaba haciendo algo bueno sino hasta que ella me lo dijo.

Ella es Raffaella Lops, a quien conoció en la escuela de literatura de Baricco y quien le dijo que se olvidara de los cuentos y que se concentrara en escribir una novela, La soledad de los números primos. Por eso el agradecimiento que Giordano escribiera al final de su ópera prima: “Este libro no existiría sin Raffaella Lops”.

Lops, que a estas alturas ya opera como editora y agente, fue la que le dijo, una vez que volviera de su ‘exilio’ en La Toscana, que aquellas páginas que había escrito no servían de mucho, que las dejara pasar. Entonces fue que Giordano, un poco harto de ese bloqueo mental, le sugirió al editor de Vanity Fair-Italia que lo enviara a Afganistán para escribir un reportaje sobre la guerra. Visitó una base militar donde había soldados de diferentes países. Regresó a Turín para escribir un artículo que tituló: Panettone infernal.

Pero ese artículo no tiene nada que ver con El cuerpo humano, su segunda novela, en definitiva —en donde cuenta la historia de un batallón italiano destinado a zonas de avanzadas del conflicto bélico en Afganistán. No tiene nada que ver porque en sus ficciones a Giordano no le interesa el vínculo con la realidad: “Persigo en las novelas algo muy superior a la realidad, algo que tiene un sentido que muchas veces no se encuentra en el día a día”, cuenta.

La relación con mi cuerpo es de contrastes y bastante discontinua. He pasado por épocas un poco depresivas en las que no soy capaz de sentir mi cuerpo, en las que se convierte en algo irrelevante.

De alguna manera, en El cuerpo humano hay una continuación de su primera publicación. “Busqué esa continuidad. La soledad de los números primos se ocupa de la vida hasta el final de la adolescencia y El cuerpo humano narra la experiencia de los diez años posteriores. Tanto Mattia como Egitto —uno de los protagonistas de su última obra— son la imagen más precisa de mí mismo al inicio de cada libro. Al escribir la historia familiar del teniente Egitto me di cuenta de que la guerra en abstracto se parece mucho a la que puede desarrollarse en el seno de una familia. Es la conexión sentimental entre los dos tipos de guerras, que hay que mantener, porque nos concierne a todos, no es algo lejano”.

—En el libro hablas de la importancia que adquiere el cuerpo en circunstancias de guerra. ¿Lo has experimentado?, ¿cómo es la relación que tienes con tu propio cuerpo?
—La relación con mi cuerpo es de contrastes y bastante discontinua. He pasado por épocas un poco depresivas en las que no soy capaz de sentir mi cuerpo, en las que se convierte en algo irrelevante. La escritura solo empeora la situación, ya que te hace vivir en el plano de la imaginación, no en el de los sentidos. Y ni hablemos de la física. Por lo tanto, he vivido en una lucha constante por recuperar la posesión de mi cuerpo, para sentirlo. Ahora bien, cuando llegué a Afganistán, a esa base tan peligrosa, advertí de inmediato que mi cuerpo cambiaba, que estaba más alerta, más sensible, más vital. Creo que la guerra también es esto: una experiencia de vitalidad pocas veces vista. Genera una extraña adicción, de ahí que quienes la experimentan la mayoría de las veces no puedan adaptarse a la vida normal.

—En alguna medida, el escritor también es un desadaptado. ¿Crees que es un requisito para escribir cierta insatisfacción con el mundo que le toca vivir? O dicho de otra manera, la gente feliz no escribe libros.
—No lo veo así. Si una persona que tiene un gran vacío en su vida decide entrar en el infierno de la escritura, solo empeorará las cosas. En mi caso, creo que escribo sobre todo porque no tengo mucho talento para vivir. Si me dieran a elegir, renunciaría voluntariamente a la escritura a cambio de sentirme verdaderamente dentro de la vida.