“No sé qué es lo que sucedió, porque una vez que empezaste a escribir, todo se convierte en ficción”, le dice Mr. Scott a su alumna quien defiende el relato donde cuenta la violación que sufrió por parte del académico unas noches atrás. En Storytelling, la película de Todd Solondz, la problemática entre lo que es ficción y lo que es real se resuelve así: una vez que entramos en el terreno de la representación, la realidad parece disolverse. 

Para la monumental obra Mi lucha (editada en español por Anagrama), el noruego Karl Ove Knausgaard tomó como inspiración su vida y la convirtió en seis novelas que en total suman más de 3.500 páginas. En su país natal se volvió un fenómeno: se calcula que uno de cada nueve noruegos leyeron la obra de Knausgaard, en las oficinas se debieron instaurar horas de lectura para que Mi lucha no interfiriese con la jornada laboral y los personajes de los libros —la familia y amigos del autor— se volvieron figuras públicas, y de paso, se enemistaron con él (su familia paterna no le habla, su ex mujer lo criticó públicamente y su actual esposa está con depresión). Incluso, un exaltado intentó quemar en una librería todos los libros del estante de la letra K. Antes de ser detenido, el hombre calificó a Knausgaard como “el peor escritor del mundo”.

La que podría ser la gran novela noruega del siglo XXI no tiene otra épica que no sea la de la vida cotidiana en un mundo acostumbrado a la exposición personal, donde los grandes relatos son ahora sobre la existencia. En el primer tomo, La muerte del padre, el nórdico habla de la conflictiva relación con su progenitor quien termina perdiéndose en su alcoholismo. En Un hombre enamorado, segundo volumen que llega este mes a Chile, el tema es su relación con su primera esposa. En el tercero vuelve a su infancia y así, Knausgaard se pasea por su vida para finalmente hacerse cargo de la comparación con el Mein kampf de Hitler, en un ensayo de 400 páginas sobre el nazismo. Pero la lucha personal del autor ya no es con el mundo, sino consigo mismo. “La vida que llevaba no era la mía. Traté de hacerla mía, esta era mi lucha, porque por supuesto lo quería, pero fallé, el anhelo por algo más socavó todos mis esfuerzos”, escribe Knausgaard. 

Quizá la traducción y la lejanía temporal y física de la obra le dé más sentido de ficción que la que se tuvo en el país donde fue lanzado, aunque su valor final sea que la lucha de Knausgaard sea dolorosamente real. Pero ¿no es la literatura también un intento constante de capturar la vida en su esencia? Curiosamente, el autor declaró en Revista Ñ que uno de los nombres que barajó para su obra fue “Argentina”, porque era para él casi una fantasía. “Para mí la Argentina es literatura”, dijo. Un nombre soñado para una historia anclada en lo cotidiano. Al final, todo es terreno fértil para la ficción.