Hermán Koch viene llamando la atención desde los Países Bajos hace algún tiempo. Escritor holandés, ha publicado novelas como La cena, escogida en Holanda como el libro del año el 2009 y merecedor del Premio del Público. También tuvo éxito Casa de verano con piscina, textos que ponen en jaque las apariencias de la burguesía, tema predilecto de la clase escritora europea.

Hoy los y las productoras de discurso se encuentran en la tarea de derribar ídolos, cuerpos que encarnan ciertos ideales y valores. Es ese el objetivo de Koch en Estimado señor M. (Salamandra), novela donde un narrador no identificado se dirige al señor M., escritor famoso a quien afirma haber visto más de una vez.

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El tono y la posición vouyerista del narrador recuerdan a Caché de Michel Haneke, película que abre con un plano fijo de la fachada de una casa, en un video que dura horas y desarma la tranquila vida de los protagonistas. Pronto la vida del burgués, producida por el modelo de civilización francés, revela su fragilidad: un bienestar construido sobre el racismo, sobre violencia, sobre sangre.

Si bien tras la construcción del escritor blanco europeo no hay sangre, sí hay apariencias y ficciones que exceden a las de la novela. En Estimado señor M.  se devela la vida del best seller, un hombre blanco, respetado y mayor casado con una mujer más joven, siguiendo la lógica patriarcal del hombre eterno y la mujer caduca.

Al mismo tiempo, el escritor voyeur que señala al escritor público ejerce la crítica literaria de una novela ficticia del señor M., enarbolando un ensayo sobre la estructura de la narración, cuestionando con esto el valor literario del escritor consagrado.

La falla de Koch está a la vista, o es quizá la intención: señalarse a sí mismo como chivo expiatorio, ya que el escritor que es objeto de su crítica puede ser fácilmente rastreado hacia él. El escritor transnacional editando libros de más de 300 páginas, quien demuestra ser una ficción más. Una crítica que incomodará a las y los mismos reproductores de ese discurso, quienes aún ven en Europa como el centro de la civilización y del discurso.