A principios de mayo, Jorge Edwards, a sus 84 años, paseaba en Suiza por unos senderos escarpados a la orilla de un río “pensando que a lo mejor iba a desmoronarme y caer al agua. Pero resistí en tierra firme”. Días después, recibe a CARAS en su casa de Madrid, regalándonos media mañana para hablar “hasta de las zapatillas de Cervantes”.
Es broma, pero sí que conversamos sobre el autor de El Quijote y de William Shakespeare en conmemoración del cuatrocientos aniversario de la muerte de los dos escritores. Con él se puede porque es un gran lector de ambos. Además se da una circunstancia: es Premio Cervantes (1999), el galardón de literatura más importante de los países de habla hispana. Nos cuenta que no le vino de sorpresa porque su agente le había dicho: “Este año le toca a un sudaca”. Aun así, “fue muy impresionante estar en esa tribuna, con el rey, en un lugar donde Fray Luís de León habló antes”.

Ahora bien, para nada se considera un cervantista. “No, no, no. Para eso debería dedicar mi vida al tema. Yo soy un escritor que ha leído a Cervantes, que es otra cosa”. Empezó con El Quijote a los catorce o quince años, recuerda. Continuó con Los trabajos de Persiles y Sigismunda, La Galetea y las Novelas ejemplares. Hasta ahora. “Lo he leído en diferentes etapas y circunstancias”.
Eso sí, ha influido su obra. “Me ha dado una libertad para enfocar el tema del narrador. El suyo es muy bromista y libre”, nos explica sentado en el sofá del salón con su ritmo de voz pausado. “Nunca se sabe si es Cervantes o un señor árabe, pero al final siempre es la pluma que escribió el libro”.
Y reconoce que le fascina. “Es un gran personaje. Algo melancólico, pero al mismo tiempo alegre, pese a la difícil vida que tuvo”. Admira su valentía en la guerra, su sabiduría y su sentido del humor. Y le gusta compartir con el manchego el amor a la lectura.

—De haberlo conocido, ¿qué le hubiera preguntado?
—Me habría gustado saber por qué se hizo escritor y cómo. También me intriga ese periodo de su vida que está en el campo, de recaudador. ¿Qué pasó ahí? Indudablemente, todos los proverbios de Sancho y la sabiduría popular es producto de esa vida en los pueblos, en las tabernas, en La Mancha”.
Hace unos días, los reyes Felipe y Letizia recorrieron los escenarios de Cervantes. Una de las muchas conmemoraciones hacia esta figura. Edwards opina que han sido mayores que las celebradas en homenaje a Shakespeare en los países anglosajones.

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—¿Pero la fama de Shakespeare es mayor, no?
—No, no, no, no, no. Lo que pasa es que Shakespeare está en el cine.
El también Premio Nacional de Literatura en 1994 es un gran lector del inglés, pero defiende que el Quijote, en páginas, “es más que Hamlet, Macbeth, King Lear y Romeo y Julieta juntos”. Tampoco se pueden comparar, insiste. “Shakespeare está lleno de fantasmas, crímenes y sangre. Y Cervantes es más amable, tiene más humor y hay una sonrisa”. Y si el primero es un “maravilloso poeta”, el segundo es “un maravilloso prosista, lleno de gracia y chispa”.
Hablar de estos dos autores con Jorge Edwards es fácil, pero fuera del mundo intelectual el autor de La muerte de Montaigne reconoce que los ciudadanos “saben mucho más de los futbolistas del Real Madrid que de los personajes de Cervantes”. “La lectura es una pasión minoritaria. Hay gente que pasa por la vida sin descubrirla. Yo los compadezco. A veces ni los intelectuales están interesados en la lectura”.

Acusa también una “tremenda crisis entre los especialistas”. Una falta de comunicación por parte de los críticos a la hora de transmitir lo que de verdad les importa porque “creo que leen muy rápido y están obligados a escribir demasiado”. También observa que los espacios de la literatura en los medios “son pocos y débiles”. “Mi primer libro tuvo más crítica y más comentario que el último”.

¿Qué ha pasado? “Que hay una crisis del periodismo escrito y el periodismo visual está dominado por la sociedad del espectáculo”.
—¿Pero acaso el show del romance de Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler no ha vuelto a poner en boga la figura de los escritores latinoamericanos?
—¡No, por favor! Los escritores latinoamericanos, que son muy activos, no dependen para nada de las relaciones de Mario. Eso es una cosa que les interesa a los paparazzis. Y, bueno, si uno se mete con una señora conocida, puede pasar eso.

Jorge Edwards se mudó a Madrid en marzo de 2014. “Como tengo editores, periódicos donde se publican mis artículos y universidades que me piden cosas, me vine para acá”. Acaba de pasar tres meses en Chile pero no se puede decir que viva a caballo entre ambos países (tiene las dos nacionalidades) porque “está muy lejos”.
En la capital española vive en un aristocrático piso en una de las zonas más nobles y céntricas de la ciudad. Lo encontró su hija Jimena y se mudó sin haberlo visto. Luminoso y con vistas a la plaza de la Villa de Paris, cree que a la casa le faltan muebles. “Lo que hay aquí son cosas que estaban en París o he comprado en el mercado del Rastro”. La antigua mesa de madera delante del sofá es regalo de una amiga. Delante, una gran estantería con pequeñas aves talladas en madera que se asoman al vacío desde los estantes.

Estos días se dedica a promocionar en España La última hermana, la historia de una pariente que dejó de lado su vida burguesa para salvar a bebés judíos en la Segunda Guerra Mundial.
—¿Ha cambiado su literatura desde su primera obra, El Patio?
—No demasiado, porque desde entonces he entrado en un mundo muy personal, el mundo de mis memorias. Ha cambiado el registro, es más amplio. Y la escritura es quizá menos académica, más suelta, más bromista.

Jorge Edwards, viudo y padre de dos hijos, ha tenido muchas vidas. Estudió derecho “pero dejé el título en un cajón”. Todavía en la universidad y adentrado en la literatura, se metió a agricultor. “Pensé que me podía servir para conocer la naturaleza, contemplar el mundo, leer, escribir”. Alquiló con unos amigos una parcela pero era muy húmeda y fue un año muy lluvioso. “Quedé endeudado hasta la camisa. Después de eso me metí a diplomático, para pagar deudas”.
La suya fue una carrera de “diplomático-escritor, una especie humana que está en proceso de extinción”. Se mantuvo en la práctica parte de la década de los ’60 y ’70, pero en 2010 regresó como embajador de Chile en Francia a las órdenes de Sebastián Piñera.

Pregunta naïf; ¿para qué sirve un embajador? “Bueno, yo también me lo pregunto después de haberlo sido. Antes era la persona que a veces era el primero en conocer las cosas y lo transmitía. Ahora te metes en internet y ves lo que está pasando en Japón. Como informante ya no es tan importante, como relaciones públicas puede que sí”.
Por su bagaje es inevitable preguntarle por la situación actual en el mundo. No cree que haya muchos cambios de fuerzas políticas en las próximas elecciones españolas. Apuesta por Hillary Clinton. “Donald Trump no está enfocando bien un tema básico, la relación de los EE.UU. con el resto del mundo. Y cuando pierda, los republicanos se darán cuenta de que se han equivocado de candidato”.

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¿Y qué pasa con Chile, le gusta lo que ve desde fuera? “No, porque realizar reformas educacionales y constitucionales ambiciosas en un periodo económico de vacas flacas plantea muchos problemas. Y los problemas no han sido bien enfocados a mi juicio”.
Dejamos para el final su verdadera vocación: escribir. “La única lealtad y constancia que he mantenido”. Por supuesto tiene sus rituales. “No escribir de prisa. Siempre le he dado el tiempo necesario”. La primera versión con papel y pluma. Y le gusta aislarse en casas rurales para el primer borrador. Eligió Comillas, en Cantabria, para La última hermana.

Edwards es un hombre de pasado, presente y futuro. “Todo me da curiosidad”. Le disgusta no dominar la tecnología actual y por supuesto “no hay retiro en el escritor, salvo que se seque su inspiración. Pero yo, al contrario, me siento más liberado escribiendo de viejo que de joven”.

Tiene pendiente el segundo tomo de sus memorias. Y luego tiene una novela breve de la que no quiere hablar pero termina haciendo: la tormentosa relación de un joven Pablo Neruda y una chica birmana. Es un tema que aparece en las memorias y la obra del poeta (El Tango del viudo) pero que Edwards conoce un poco más después de trabajar con Neruda como ministro consejero en la época en que este último también fue embajador.

Ser ministro consejero implica sustituir al embajador en su ausencia, cosa que hizo asiduamente dado lo enfermo que estaba Neruda entonces. Es por ello que el escritor nunca se ha creído del todo la hipótesis de que el poeta fue envenenado. “En París fue operado dos veces y en Moscú le diagnosticaron un cáncer con metástasis. Podrían haberlo asesinado, pero hubiera sido matar a un moribundo. ¿Y para qué? Salvo que la Junta Militar pensase que en el exilio era peligroso. Pero yo no apuesto a eso porque Matilde (su esposa) era una fiera y si hubiera sospechado que Pablo había sido asesinado, lo hubiera dicho”. Ahora bien, si el juez que ha reabierto el caso llega a la conclusión de que fue asesinado “lo voy a creer porque habría pruebas”.
—¿Todavía piensa a qué se dedicará cuando sea mayor?
—Si, todavía (risas). Estoy lleno de dudas
al respecto.

Quiere conocer Birmania después de ambientar la historia de Neruda mediante guías de turismo antiguas. “O sea que todavía estoy pensando si a lo mejor algún día voy a ser un viajero. Un anciano viajero”. Para no despeñarse por un río.