“¡Odio WhatsApp!”, exclama Jessica Atal sobre la aplicación para smartphone que nada tiene que ver con los cuadernos viejos de los que nace su literatura. “Les rogaba a mis amigas que no me mandaran mensajes. Me resistía mucho y ellas se enojaban, hasta que al final me la ganó”. Por eso lanzó una novela este mes —la primera luego de una vida de publicaciones poéticas—, titulada WhatsApp, Amor: el reflejo de la dependencia a las tecnologías materializada en Hombre y Mujer, una pareja que vive su historia amorosa a través del chat.

“Fue un libro que salió muy rápido”, dice, no como el compilado de cuentos y las dos novelas en los que aún trabaja luego de una vida novelesca postergada por sus trabajos de crítica literaria en El Mercurio, un posterior cargo de editora que dejó en 2010 y los poemas de Pérdida, Arquetipos y Carne Blanca, entre otros títulos, el último de ellos recién lanzado en julio de este año.

“Lo hice como un ejercicio personal para saber qué pasa con este tipo de comunicación”, explica, “y al final me di cuenta de que mucha de la vida cotidiana pasa por WhatsApp”.

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—¿Y cuánto cree que han cambiado las relaciones humanas con la tecnología?

—Se te permite ser un poco más flojo, porque ya no tienes que trasladarte para conversar. En una ciudad donde es difícil moverse de un lado a otro te facilitan la vida, pero entorpecen en la inteligencia emocional y te juegan en contra.

—¿En qué sentido?

—Por ejemplo, en la última actualización de WhatsApp, los emoticones se ponen solos y creo que eso lo hicieron por si dices algo poco simpático, le puedes agregar una carita feliz y cambia la sensación. Se presta para mucho desorden y confusión de los sentidos.

—No es un lenguaje certero… en el libro hay acusaciones que van y vienen…

—Exacto, hay demasiadas maneras de interpretar. Hay mensajes que no sabes si tomártelos en serio o como una broma y al final es un poco desquiciado. El libro es lo mismo, se presta para confusiones no solo de jóvenes, sino también de adultos.

—¿Por qué no identifica a los personajes con ningún nombre?

—Porque creo que es un tema universal, entonces basta con que sean un hombre y una mujer, da lo mismo si son Pedro, Juan o Diego, el nombre no importa.

—De hecho, la revista científica CyberPsychology reveló que 28 millones de parejas de todo el mundo se separaron en 2013 por culpa de WhatsApp, ¿qué le parece la estadística?

—No me parece raro, porque en muchos sentidos se perjudican las relaciones. El otro día hablaba con un amigo, le conté que iba a publicar este libro y me comentó que las dos veces que había peleado con su pareja habían sido por culpa de WhatsApp.

—Situación que se ve reflejada en la historia de amor de Hombre y Mujer, que terminan la relación constantemente en la novela…

—Sí, aunque con la historia de esta pareja la distancia es más extrema, lo ubiqué a él en otro país (EE.UU.), entonces carecen de ese poder de verse en cinco minutos, abrazarse o hacer el amor. Estás frente a una pantalla en la que nunca va a ser lo mismo.

—¿Se pierde el romanticismo?

—Sí, el mirar los ojos, la sonrisa, la postura… Por eso creo que se puede usar la aplicación en la medida que no se deje de lado esa otra parte. Para hablar temas profundos sobre el amor como hacen Mujer y Hombre, WhatsApp es una porquería, y en ese sentido la novela es una sátira.

—Y también una crítica social, uno de los barrios del libro se llama “Gaza”…

—En mi literatura el conflicto palestino siempre está presente. Por eso Mujer está asustada y quiere irse. En el libro ocurre todo en Santiago, porque los personajes tienen la neurosis santiaguina, pero en el entorno, la guerra y el miedo están presentes para protestar.

—Esa combinación Chile-Palestina también refleja cierta decepción nacional…

—Sí, hay una propaganda que dice que los chilenos somos optimistas, pero no lo creo. Supuestamente estamos en democracia, queremos una mejor educación, pero ¿qué se ha hecho por eliminar el IVA del libro? La batalla está ahí, pero nadie la pelea. Y a quién no le dan risa las propuestas políticas de esta gente que está para lucirse, pero que no le importa que las cosas cambien.