Tiene el cutis de Bukowski y la melena de Oscar Wilde pero sin peinar. Anda tan relajado que si encontrara una lata en el camino la patearía de puro placer. Le teme al silencio. Habla con precipitación. Su verborrea va con el título de su ya famoso texto, porque él cuenta todo y sin parar. Tiene nombre de un libro de la Biblia, Jeremías; y su alter ego, el de su novela, el del ángel que obligó a María a quedarse virgen: Gabriel. Para hacer más literaria su vida, acaba de mudarse a un departamento en el distrito limeño de Miraflores, ubicado en una avenida cuyo nombre evocaría al más célebre cuentista peruano: Ramón Ribeyro. “Oye, pero me he decepcionado. Esta avenida no se refiere a Julio Ramón. Este Ribeyro es un político peruano que participó en la Guerra del Pacífico”, dice.

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Apenas la grabadora se enciende, Jeremías se pone en alerta. Sabe cómo son los periodistas. Estudió comunicaciones en la Universidad de Lima, una de las más caras del Perú. Algunos compañeros suyos cuentan que siempre se disputaba el primer lugar con otra estudiante, si no, perdía la beca. “Era popular en cierto sentido porque la gente lo buscaba para formar con él su grupo de debate. Era bueno debatiendo”, cuenta alguien que no quiere decir su nombre.  

Fue su padre, un mozo de restorán, quien convenció al periodista Fernando Ampuero —un comensal del lugar— para que lo dejara entrar a trabajar a Caretas. Allí se formó y luego pasó a Somos, revista del diario El Comercio, donde llegó a ser editor. Ahora escribe columnas y dicta clases universitarias, aunque quiere deshacerse de ellas. “Henry Miller decía que la mitad del trabajo de un escritor es conseguir tiempo para escribir. Cuando renuncio a algo, siento que soy más escritor”, dice.

Gamboa tiene casi cuarenta años y dos libros publicados. El primero, Punto de fuga (Alfaguara), cuentario de 2007 que escribió mientras estudiaba un máster en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Colorado, en Boulder. El segundo libro, Contarlo todo, es su primera novela, una más de corte biográfico, escrita en roman à clef. Es decir, el personaje central de la novela, Gabriel Lisboa, podría ser —y los personajes que lo acompañan— personas reales de Lima. El libro ya era famoso antes de publicarse: Contaba con la venia de Vargas Llosa y por la legendaria agente literaria Carmen Balcells. Es decir, un libro tocado por la divinidad.

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A Gamboa lo llamaban el nuevo boom latinoamericano. Eso en España. Pero en Lima, a veces no creen en los elegidos. Cuando la novela llegó recién al Perú, a finales de 2013, fue un éxito de ventas. La primera edición se agotó, pero algunas críticas apuntaban a que no respondía a las expectativas generadas. Pero vendió y se leyó. Lima es chismosa y al enterarse que Gamboa lo contaría todo, sus habitantes querían saber qué contaría y sobre quién contaba. De hecho, cuando Jeremías presentó su libro en el bar Ayahuasca, muchas de las personas que inspiraban a los personajes de su libro, estaban con él, allí, brindando.

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—¿Te gustó que te dijeran ‘Nuevo Boom’?

—Ese fue un titular que publicó una reseña del libro que hizo La Razón de España. Tú que eres periodista y yo también, sabemos que ese título no fue del reseñador, sino del editor. Pero la gente comenzó a creer que aquello del ‘Nuevo Boom’ salió del departamento de marketing de Random House (su casa editora). Y cuando llegué al Perú la gente empezó a decir: ¿Ah, es el boom no? ¡Vamos a ver si es el boom!

—Entonces el marketing perjudicó a la novela.

—Yo lo siento por las personas que se dejaron influir por ello. Pero sí, perturbó muchas lecturas de la novela, porque lo que había era una hostilidad muy fuerte hacia ella antes de ser publicada. Yo ya sabía que cuando la novela llegó al Perú, el público la iba a leer para encontrarle errores.

—¿Tanto así?

—Es que me lo advirtieron.

-—¿O sea, tienes enemigos?

—No fue algo contra mí, es una posición natural. Eso les pasa a todos en todas las áreas: en el deporte, en la política y las artes. Y sobre todo en la literatura, que es un campo que no ha estado asociado en Perú a ese tipo de exposición, ¿verdad? No hemos tenido muchos escritores que hayan provocado esa atención. Yo estuve en esa posición y generé resistencias, anticuerpos.

—Ya. Pero algo de personal tiene que haber…

—Nooo. Eso sí, hubo gente que fue crítico de un día. Críticos específicamente de mi libro. Uno que otro montó un blog para criticar el mío, y luego los muy vagos, no han hecho una segunda crítica. Eran como los jueces de la época de Fujimori: hechos para un momento.

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Cuando Jeremías quiere prestar más atención a lo que dice su interlocutor, achina más los ojos, los presiona, como lo hacen los miopes que quieren distinguir mejor, pero en su caso él simplemente quiere oír más claro. Como ofrenda le he traído una botella de vino. A ésta la observa con mirada normal. La guarda y saca una botella más chica para beber durante la conversa. Quizá la grande la ha guardado para una ocasión más espectacular que una entrevista. La primera parte de Contarlo todo se basa en dichas experiencias periodísticas; la segunda es de amistad, amor y sexo. En la novela, Gabriel Lisboa estudia en la Universidad de Lima becado, es de condición humilde, no conoce la calle y recién descubre el mundo cuando entra al periodismo. También descubre el sexo de forma tardía.

—La gente cree que Lisboa eres tú… ¿Lo eres? ¿Descubriste el mundo en el periodismo?

—Ese no soy yo. Lisboa no tiene amigos, descubre el sexo tarde. Sí fui becado en la universidad, y ocupaba siempre los primeros puestos para poder mantener la beca. Pero era muy popular. Yo soy muy sociable y Lisboa tiene problemas para socializar. Yo lo creé basándome en los personajes de Bukowski, que están llenos de acné y llegan tarde a todo. Y tomé de la Cartuja de Parma, de Stendhal, aquello de poder enamorarse. Si la gente cree que soy yo en realidad, entonces es un mérito del libro.

—¿Es cierto que antes de trabajar en prensa eras guardia de un supermercado?

—Esas cosas se han tergiversado. Es cierto que vendía en la calle, pero tampoco lo hacía para mantener a mi familia. Yo quería oír música de adolescente y la única forma de solventar mi vicio era trabajando. ¡No te daré plata para discos! ¡La música es de drogadictos!, Me decía mi madre. Pero bueno, en el supermercado en cuestión no fui guachimán (nombre peruano para vigilante), veía la seguridad del lugar y era tan malo que no atrapé a ningún ladrón en cuatro meses. En Perú se alarman de esos oficios. En Estados Unidos es lo más normal ver estudiantes desempeñándose en esos puestos.

—¿En qué se basaba la popularidad que tenías en la universidad?

—Era un gran imitador, hasta ahora lo soy. Imitaba a mis profesores y también a escritores. Por eso me hice conocido. Yo en el colegio tuve una banda de rock, fui vocalista y tecladista. Recuerdo para un cumpleaños mío, fueron ochenta de mis amigos universitarios a mi casa de San Luis (distrito de Lima). Eso está lejos de la realidad de Lisboa. Veo que estoy traicionando a mis lectores que piensan que ese libro es mi vida.

—¿Imitaste a Vargas Llosa en su cara?

—Ja, ja, ja. Claro.

—¿Cómo lo conociste?

—Para postular a la maestría que hice en Boulder, escribí un ensayo que vinculó a Lituma en los Andes (de Vargas Llosa) con País de Jauja (del peruano Edgardo Rivera Martínez). Este llegó a él, nos contactamos y me preguntó si quería escribir. Le dije que sí y me deseo suerte. Lo volví a ver otra vez y otra vez me deseó suerte. Me animé a mandarle el libro de cuentos y resultó que Punto de fuga le había gustado mucho. Le dije entonces que estaba escribiendo una novela, que era ambiciosa y que tenía mucho miedo porque las páginas iban saliendo. Me preguntó un día cómo iba con ello, le pasé el manuscrito, lo leyó y habló con Carmen Balcells: ‘Tienes que leer esto’, le dijo.

—¿Te hizo observaciones?

—Sí. Y mejoraron el libro.

—¿No mostraste resistencia, estuviste simplemente de acuerdo?

—¡Completamente! Ja, ja, ja. Vargas Llosa me hizo ver con claridad que era un escritor de inmersión y no de lenguaje. Uno que cuenta las cosas con detalles. “Tus mejores páginas son éstas —me dijo—, eres un escritor sanguíneo y cuando tu lenguaje se vuelve invisible es cuando mejor está. Tienes que castigar el estilo”. Castigar el estilo. Esa frase me gustó.

—¿Es Contarlo todo la novela que querías escribir?

—La novela que estoy escribiendo es la que siempre quise escribir ahora y nació cuando tenía 26 años. En ese tiempo era editor de Somos. Me dio una crisis, un surmenage, tomé antidepresivos. Vivía a la espalda de mis problemas, que es algo que la gente hace, pero jamás he vuelto a vivir así. Tenía trabajo, catorce sueldos, cosas tentadoras. Pero algo me faltaba. Hice entonces un viaje con mi padre a su tierra en Ayacucho. El es un quechua hablante y le pagué el pasaje y nos fuimos. Ese viaje fue clave, me puso contra la pared. Me dije: Quiero contar esa historia. Empecé a hacerla y no salí de la segunda página. Pero no tenía las herramientas. Supongo que algo similar le pasó a Gabo cuando quería hacer La Casa (nombre que pensó para Cien años de soledad).

—¿Es buena la relación con tu padre?

—La hemos ido construyendo. Sucede que no lo tenía en casa, se la pasaba trabajando para poder darnos de comer. Además era introvertido y yo no. Eramos un par de extraños que no tuvieron nada en común hasta ese viaje. Y descubrí que yo tenía de él el gusto por el fútbol y por los libros. Y tenía de mi madre la sensibilidad. Esas cosas las comprendo ahora. Cuando era adolescente no podía ponerme en los zapatos de mi padre.

—¿Por eso hiciste a Gabriel Lisboa huérfano?

—Simplemente funcionaba mejor para la novela que lo fuera. Estoy contento de tener a mis padres vivos.

—Imitador, músico, escritor. Parece que no te ha pasado nada grave… Como  a Lisboa…

—La literatura ha sido lo más difícil para mí. A los 30 años pensaba que era un mal escritor. Hasta que llegaron los cuentos de Puntos de fuga, allí en Estados Unidos, con otro idioma, un frío del carajo y mucha soledad. Nunca he estado tan solo en mi vida como entonces. Pero la soledad te ayuda a escribir. Si no sabes estar solo no te saldrá ni un párrafo. Un escritor es un lector y el lector es un ser solitario.

—Pero ahora no estás solo. Vives con tu pareja (la dramaturga peruana Mariana de Althaus) y esperan un hijo. ¿Podrás escribir?

—Será la primera vez que escriba con la puerta abierta, con gente. Hago sicoterapia desde hace cinco años y puedo ordenarme. Igual, la experiencia de ser padres es la definitiva. Siempre quise serlo.

—¿Qué harás con el nombre de tu avenida, Ramón Ribeyro? ¿Te seguirá molestando?

—Voy a agarrar pintura y escribirle una jota. Para que en realidad sea el nombre de Julio Ramón. Voy a hacer esa travesura.