“Me habría encantado haber estado a bordo del María Pita. Imagínate, tendría material de primera mano”, cuenta entre risas el escritor español Javier Moro sobre una de sus máximas fantasías: haber redactado de su puño y letra el diario de navegación de uno de las embarcaciones que trajo la vacuna de la viruela desde España al resto del mundo.

A flor de piel, octavo libro del español, es un relato que nos transporta a 1803 donde el rey de España, Carlos IV, tras el descubrimiento de la vacuna contra la viruela, decide llevar el hallazgo en una expedición hacia América y Asia. Además, tuvo la filantrópica idea de llevarla gratis, buscando salvar a la humanidad de un enfermedad terrible que solo en México ya se había llevado la vida de 6 millones de indígenas.

Las preguntas sobre el viaje eran muchas, pero la duda más grande era, ¿cómo harían llegar la medicina a continentes tan lejanos? —en una época que no se utilizaba la cadena de frío—. Así surgió la idea de ocupar niños como recipientes de la cura, inoculando a unos y luego cuando la vacuna germinara, inyectar a otro. Calcularon que serían necesarios 22 niños para los cerca de cuatro meses que duraría el viaje y todos ellos eran huérfanos porque ninguna madre ofreció a sus hijos para la expedición. El encargado de la arista médica fue el doctor Francisco Balmis. Pero la tarea de los infantes estuvo en manos de una madre soltera y humilde, Isabel Zendal, la heroína que mantuvo con vida a quienes iban a salvar al mundo. “Hizo una tarea titánica, algunos niños tenían tres años de edad, unos bebés. Y no falleció ninguno”, nos cuenta Javier Moro.

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El objetivo se logró, a pesar de las inclemencias que suponía el viaje. Ya en América la vacuna llegó a Islas Canarias, Venezuela y México, entre otros países. Desde allí ampliaron la ayuda a todo el continente. Después el viaje tomó rumbo oriental, llegando a los puertos de Filipinas y China.

Una historia sobre un viaje, y que tanto llaman la atención de Javier Moro. A los 17 años cuando obtuvo una beca para estudiar lejos de su país y escogió instalarse entre una familia de esquimales. Fueron tres meses en Igloolik, una isla canadiense, que luego retrató en un reportaje publicado en el diario ABC de España. Esto era lo suyo y así construyó una fama de narrador de realidades. Relatos en los que ha expuesto vidas como la del Emperador portugués Pedro I en un viaje desde la Madre Patria hasta Brasil que tituló como El imperio eres tú, obra que lo consagró con el prestigioso premio Planeta (2011).

La fórmula vuelve con A flor de piel, aventura que llegó a él a través de la directora del Jardín Botánico de Madrid. “Me pareció quijotesco, esto de salvar al mundo desde la ruina más completa en la que se encontraba España, con Bonaparte a las puertas del reino. Era extraño que no fuera conocida”, cuenta con emoción el escritor.

—¿Busca que la historia sea más conocida?

—Que se sepa algo más. ¡Que se incorpore en la cultura! Ya decidieron poner una placa de José Salvany (subdirector de la expedición) en la capital Cochabamba, una calle en Madrid ya tiene el nombre de Doctor Balmis. Isabel Zendal es recordada en un premio que entrega la Organización Mundial de la Salud. Pero espero que se reconozca más esta expedición, que se estudie en los colegios.

—¿Ha pensado en salir de la no ficción e inventar algo?

—Imaginar algo totalmente, no. Pero estuve a punto, lo hubiera tenido que hacer si no encontraba documentos sobre Isabel… ¿Era una mujer pobre o rica? Estuve por abandonar la historia si es que no encontraba nada sobre ella. Ni siquiera sabía cómo escribir su nombre, había doce formas diferentes. Fue de casualidad que encontré un único documento sobre ella y su familia.

Y agrega:

—Intento meterme mucho en los personajes, una vez que tienes los documentos ya te es fácil, solo debes darle una voz. Ahí hay que cuidar mucho el lenguaje; la manera de hablar define a cada uno. Cada frase debe servir para mostrar cómo es. Las conversaciones son ventanas a los protagonistas.