Tamiki Hara llevaba una vida desgraciada antes del 6 de agosto de 1945. Había visto morir a su padre, a su madre y a varios de sus hermanos. Escribió poesía, deambuló por burdeles e intentó suicidarse —sin éxito— hasta que encontró el amor y se casó. La felicidad duró poco. Su mujer enfermó de tuberculosis y sufrió hasta el día de su muerte. Tamiki Hara pensó que la vida no podía ofrecerle una peor cara. Y claro, se equivocaba medio a medio. 

Hara se convirtió en uno de los más celebrados escritores del movimiento que se conoció como Genbaku Bungaku y que aglutinó a los autores que narraron el holocausto japonés provocado por la caída de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945.

La mayor parte de los textos que dieron cuerpo a la Genbaku Bungaku fueron escritos por los hibakusha —como se les llama a los sobrevivientes de la bomba atómica—, quienes contaron de primera fuente el horror desencadenado por el Enola Gay y el Bockscar. En la mayoría de los casos fueron ciudadanos comunes y corrientes que, echando mano a cuentos, novelas, poesías o ensayos, volcaron sobre las líneas el horror vivido. 

wp-450-hiroshima

La Genbaku Bungaku debió enfrentar dos grandes problemas iniciales. Por un lado la censura impuesta por las fuerzas de ocupación, las que prohibieron los textos relacionados con la tragedia. Y en segundo término, ni la crítica ni los escritores consagrados vieron con buenos ojos el tipo de literatura que proponían los hibakusha, cercano a un registro más propio del periodismo que de la ficción pura. Fue recién a partir de los ’60 —cuando otros escritores de la talla de Kenzaburo Oé o Masuji Ibuse escribieron acerca de la tragedia— que la Genbaku Bungaku comenzó a ser valorada de otra forma. 

En esa línea, títulos como Flores de verano, de Tamiki Hara, o Una ciudad de cadáveres, de Yoko Ota, pasaron a ser las banderas más visibles del movimiento. Luego se sumaron los libros de Oé, Cuadernos de Hiroshima, y de Ibuse, Lluvia negra. A eso se sumó una larga lista de haiku —breves poemas que tienen una tradición milenaria en Japón—, compilados en antologías, que consiguieron rescatar versos luminosos donde había muerte y dolor, como estos dos haiku de Masuda Misako: “Cuando veo el cadáver de un muchacho, acerco mi rostro por si llega a ser mi hijo, lo miro de frente y sigo”. Y: “Si fuese en este momento una hora más temprano y si mi mano pudiese tocar débilmente lo que queda de tibieza en su piel…”.

Flores de verano acaba de ser editado por Impedimenta, la premiada editorial española, independiente y casi boutique. Es el testimonio directo más sobrecogedor de lo que vivieron los japoneses el 6 de agosto de 1945. Tamiki Hara había regresado a Hiroshima devastado por la muerte de su mujer. Pensaba que la vida se había ensañado con él. Creía que sus ojos ya lo habían visto todo. 

wp-450-hiroshima2

Ese día se levantó cerca de las 8 de la mañana —la bomba cayó exactamente a las 08.15—. No podía imaginar lo que vendría. Así lo cuenta en Flores de verano: “Cuando me levanté, solo llevaba puestos los calzoncillos. Al verme, mi hermana comenzó a refunfuñar, pues a su entender me quedaba en la cama hasta demasiado tarde. Sin decir palabra ni tener en cuenta sus reproches me dirigí al baño. No sabría decir cuántos segundos pasaron hasta que ocurrió todo; súbitamente una especie de ola sónica retumbó en mi cabeza y luego todo se oscureció. Grité instintivamente y me levanté cubriéndome la cara con las manos. Los objetos se estrellaban unos contra otros, como azotados por una tempestad. Todo estaba oscuro como la boca de un lobo. Angustiado, en medio del estruendo alcancé a escuchar con claridad mis propios aullidos de agonía, pero era incapaz de ver nada. Sin embargo, en cuanto logré salir, pude ver cómo se iban perfilando rápidamente, bajo aquella luz desmayada, los contornos de una escena de destrucción”.

Lo que vio Hara fue un infierno. Nada había quedado en pie, y lo que aún se levantaba del suelo ardía en llamas. Los compatriotas que fue encontrando a su paso le pedían ayuda a los gritos. A algunos la bomba los había quemado por dentro e imploraban por un poco de agua. “¿Qué clase de gente era aquella?”, se pregunta Hara. “Tenían la cara tan hinchada y deforme que resultaba imposible distinguir quién era un hombre y quién era una mujer; sus ojos se reducían a una delgada línea inflamada; sus labios estaban cubiertos de llagas terribles. Sus cuerpos, prácticamente desnudos, quedaban a la vista mostrando espantosas heridas y quemaduras en los brazos y las piernas. Muchos de ellos parecían más muertos que vivos”.

wp-450-hiroshima3

Yoko Ota no sólo sufrió en carne propia los efectos de la bomba, también fue conminada a no publicar lo que su corazón le dictaba. Los aliados la tomaron prisionera, le prohibieron que publicara sus escritos y la conminaron a olvidar lo sucedido. Ella contestó: “No puedo olvidar. Incluso si no puedo publicarlo, tengo la necesidad de escribir”. 

Ota escribió tres libros, siendo el primero el más célebre de todos: Una ciudad de cadáveres. En él da cuenta del padecimiento brutal de los sobrevivientes: “Todos los días, a mi alrededor morían personas iguales a mí (…) “Cuando me llegaría la muerte era algo que yo no podía decir. Todos los días me tironeaba varias veces del pelo y contaba los cabellos que se me habían desprendido. Una y otra vez espiaba la piel de mis manos y mis pies, para ver si las temibles manchas habían hecho su aparición… Tenía mi mente perfectamente despejada. Sabía que por horribles que fueran las llagas, no habría dolor ni ardor. Lo extraño de esa enfermedad provocada por la bomba atómica, de aspecto lunático, era un nuevo infierno para las víctimas. Dentro de mí se retorcían juntos, como dos grandes víboras, el miedo de ser convocada a una muerte que no comprendía y el miedo aullante a la guerra en sí. Por sombrío que fuera el día, las serpientes se enroscaban y aullaban en mi interior”, escribió en Una ciudad de cadáveres. 

En 1963 murió de un ataque cerebral. 

wp-450-hiroshima4

Lluvia negra, de Ibuse, fue publicado por primera vez en 1966. Un año antes había aparecido en entregas mensuales en una revista. Hace poco tiempo, la editorial Libros del asteroide decidió reeditarla. Ibuse no estuvo exactamente en Hiroshima, sino en su pueblo natal, Kamo, ubicado en el este de la Prefectura de Hiroshima. Escribió Lluvia negra convertido ya en un escritor de prestigio en Japón. El título alude a la lluvia radiactiva que cayó después del estallido de la bomba y que los sobrevivientes vivieron para aplacar la sed, sin saber que con eso condenaban a sus cuerpos a una muerte algo más lenta pero más tortuosa.  

Reconocido como lo mejor de su obra literaria, Lluvia negra se publicó en un momento en que el horror de Hiroshima y Nagasaki aparecía difuso en la memoria de la humanidad. En una de sus páginas dice:  “La gente ha olvidado que Hiroshima y Nagasaki fueron blancos de la bomba atómica; ¡todos lo han olvidado! Han olvidado el fuego infernal que padecimos aquel día; han olvidado esto y todo lo demás, con sus malditos mítines contra la bomba. Qué asco me da oír todo el cacareo y el griterío con el que hablan de ello”.

El tiempo no le dio la razón a Ibuse. A 70 años del holocausto japonés, la memoria de esos días continúa viva. Los libros que se siguen publicando de la Genbaku Bungaku son la mejor prueba de ello.