Hernán Rivera Letelier se mueve con recelo. No le gustan las entrevistas. Si no fuera porque lanzó un nuevo libro —Historia de amor con hombre bailando, el número 13 después de una larga corrida de éxitos—, seguro que preferiría estar en la quietud de su casa en Antofagasta, conversando o escribiendo en el café del centro de esa ciudad, como es su rutina cada mañana desde que inició su carrera como autor.

“Soy un buscador de la belleza”, se define, a pesar de que en su último libro —y que hoy lo trae nuevamente de vuelta a los ránkings— el tema sea precisamente opuesto: la historia de un bailarín excepcional condenado a una fealdad ídem y que, asegura, es su obra más biográfica. “No tuve que investigar nada, sólo apelé a la memoria y a la experiencia, todo lo que está ahí, yo lo viví”.

Pero antes que nada aclare: ¿Qué es lo más autobiográfico: lo feo o lo bailarín?
—De feo nada (dice zanjando el punto). Siempre me consideré bonito, joven, bello e inmortal. Bailarín sí: fui campeón de twist, de cumbia y rock and roll. Cuando estoy solo en mi ‘sala de parto’ (como llama al espacio de su casa donde escribe sus novelas) y no sé cómo seguir, pongo música y bailo.
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Así es Hernán Rivera Letelier, un personaje que perfectamente podría habitar en alguna de sus novelas y que se las ha arreglado para de alguna manera estar en todas: un niño formado por un padre y madre evangélicos, en una casa donde no había otro libro que la Biblia, y que se escondía bajo la mesa de la cantina de su mamá —donde ella atendía a los mineros— sólo para escuchar las historias que corrían por las calles de la oficina salitrera de Humberstone, donde se crió hasta los 11 años. Un hombre a quien la poesía lo salvó de que su alma no se calcinara bajo el sol quemante del desierto y la profundidad de las minas, donde se inició a punta de pala y picota a los 15 años y trabajó hasta cumplir los 45, cuando de golpe se transformó en un exitoso escritor. Pero bajo esa piel curtida, una armadura forjada entre la tierra y el sol, las manos ásperas, llevaba la sensibilidad a carne viva.

“Sin la poesía me habría pegado un tiro. Estaba en el desierto más duro del planeta, trabajando en la mina, tirando pala, picota, con tipos que eran muy buena gente, pero semianalfabetos y para quienes el arte era cosa de maricones. Por eso escribía escondido. A la salida del trabajo, mientras mis amigos se iban a tomar en las cantinas, yo partía a mi casa a hacer poemas. Para mis compañeros era el cabro ‘leído’: si tenían un problema, hablaban conmigo. Además que era intuitivo: siempre les decía lo que querían oír”.

Siguió con los cuentos como una opción de ganarse la vida, porque eran más los concursos que premiaban el talento literario (y él no sólo necesitaba salvar su alma sino también plata para comer). Así fue que una de las historias se fue alargando, comenzó a adquirir vida propia y terminó convertida en su primera novela: La reina Isabel cantaba rancheras (1994), el hit literario en el que trabajó cuatro años y que lo hizo conocido en Chile y en el mundo. A partir de ahí vino un sinfín de libros, la mayoría sobre historias de la pampa que escuchó de niño, casi todas de miedo, con figuras como el descabezado, la viuda negra o la llorona de las pampas. La herencia de sus años prestando oreja, oculto bajo la mesa de la cantina.

Pero el éxito de Hernán Rivera Letelier también provocó resistencias entre el orgulloso e implacable círculo literario. De eso se dio cuenta —y de golpe— cuando en pleno furor de su primera novela un buen día se topó de frente con Roberto Bolaño. “Había escuchado hablar de este escritor que en España estaba triunfando; me leí todos sus libros y lo quería conocer”. El día llegó cuando ambos se cruzaron en la editorial que los representaba. Rivera se acercó entusiasmado, decidido a saludarlo. Pero Bolaño apenas lo miró, y en vez de corresponder con un buen apretón de manos (“como lo hacen los nortinos”) le extendió un par de dedos lánguidos y balbuceó: “Perdón, pero estoy apurado: me espera un periodista”.
“Fue muy pesado. Me dio pena… Ahí entendí que no hay necesidad de ser un buen tipo para ser un buen escritor: algunos son unos hijos de puta, pero se les perdona porque son genios. Por algo Cortázar dijo: ‘la mala literatura está llena de buenos sentimientos’”.

Ahí entendí que no hay necesidad de ser un buen tipo para ser un buen escritor: algunos son unos hijos de puta, pero se les perdona porque son genios.

“Todo el mundo sabe que la felicidad permanente no existe —reflexiona ahora el escritor—, tan sólo son ráfagas; te pones contento y no sabes por qué. Vas por la calle y el viento te da en la cara, te mueve el pelo y te sientes pleno. Para estar feliz el resto del tiempo, creo que en un 70 por ciento hay que hacer lo que uno quiere. Y yo soy el tipo más feliz del mundo: mientras mis amigos corren de un lado a otro haciendo gimnasia bancaria, yo me siento en el café todo el día a leer, a copuchar con las mujeres que llegan a verme, a escribir. Eso es impagable. Por eso me dan pena los millonarios: son esclavos de su riqueza. La avaricia se los come. Ser muy rico hace mal; ser muy pobre y no tener nada también es penca, por eso hay que tener lo justo y punto”.

—¿Y para usted la plata qué representa?
—Nunca me habían hecho esa pregunta. Hace 20 años que subsisto gracias a la literatura. Me compré una casa muy cómoda, ya no tengo la cuenta en el almacén de la esquina, estoy ahorrando para la vejez, pero sigo viviendo como cuando era pobre: no tomo whisky, no tengo auto, no mantengo amantes… Compro todo al contado. Sólo tengo un par de zapatos…

—¡Nada más que uno!
—Toda mi vida fue igual, la única diferencia es que si ahora se me echan a perder puedo comprar otros, pero ninguno más: me da cosa. Como fui muy pobre creo que es un despilfarro.

—¿Pero es amarrete?
—Más bien cuidadoso. Que lo confirmen mis amigos: he prestado tanta plata y bueno… Pero si la plata no sirve para ayudar a los que quieres, ¿entonces para qué?

—¿Y qué piensa de los mineros de San José, que de repente se volvieron famosos? Se cumplieron tres años del rescate y ahora en Chile se filma una película con Antonio Banderas como protagonista.
—Es para novela, tal vez algún día la escriba. Cuando estaban ‘abajo’ me ofrecieron el oro y el moro pero no quise usufructuar. Sólo cuando salieron hice una columna y no cobré ni un peso. Ahí advertí: que se cuiden de lo que les esperaba acá arriba porque si abajo estaban en el infierno, al menos era uno conocido, en cambio el de las cámaras de televisión, de los diarios y los flash se los terminaría comiendo. Profético: los exprimieron como un limón y después los tiraron a la basura. Terminaron alcohólicos, sin poder dormir, empastillados… Todo el mundo usufructuó con sus vidas, desde el Presidente para abajo; hasta a su mujer le daba vergüenza cada vez que él mostraba el famoso papelito.

“Los trabajadores de la minería también han cambiado; los del cobre se volvieron presuntuosos: se compran la camioneta más grande, una para ellos y otra para la señora. Ahora son ostentosos y eso es malo para el espíritu. ¡Imagínate yo en un auto último modelo, con ropa Armani, un Rolex de este porte! Aunque tenga plata, me estaría disfrazando y sería muy triste. Por eso me visto siempre igual: jeans y chaqueta de cuero. Voy así a todas partes, hasta cuando me invitan a La Moneda”.

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—¿Cuántos jeans y chaquetas tiene?
—No te puedo decir porque se ha formado un mito y éstos hay que alimentarlos. Algunos aseguran que tengo una sola y que está tan sebosa que en vez de mandarla a limpiar habría que freírla. Otros han corrido la voz y afirman que tengo catorce.

—Siguiendo con el tema de los mineros, ¿este gobierno ha contribuido a mejorar la situación de los trabajadores?
—Han hecho todo mal. Este Presidente pudo haber cambiado las leyes, ¡lo prometió! Hubiera pasado a la historia, pero no lo hizo.

—¿Cree que las cosas cambien con Bachelet?
—Ojalá que se preocupe, aunque es un asunto de quienes la rodean. Soy un convencido de que buen gobernante es aquel que sabe elegir a sus asistentes, a sus ministros, que se asesora de gente buena. No sacas nada con ser una excelente persona si a tu alrededor tienes puros hijos de puta.

—¿Tiene partido político, una religión?
—No pertenezco a ningún partido, círculo literario ni nada que tenga reglas, estatutos o normas: soy amo de mi libertad y eso me lo enseñó el desierto; jugaba ahí de niño, sin ningún límite, sólo una redondela en el horizonte y eso me marcó.

—¿Pero cree en Dios?
—Me crié en una familia religiosa, leyendo la Biblia, orando todo el día, por eso me vacuné contra las religiones y no creo en Dios, pero sé que él cree en mí y que me quiere mucho.