Siempre le llamaron la atención los temas sociales, raciales, historias de inmigrantes y de la clase obrera que, de alguna manera, retrataban su propia vida y la de su familia. Hijo único de padres guatemaltecos, que de turistas se radicaron para siempre en un humilde barrio en Los Angeles, Héctor Tobar (49) conoció de cerca la precariedad con la que viven ciertas comunidades latinas en Estados Unidos. Convivió con el alcoholismo y la drogadicción, y también se percató de la imagen estereotipada que tenía esta gente, la cual terminaba haciendo los trabajos pesados y domésticos a los que la elite norteamericana no estaba dispuesta.

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Motivado por relatar de manera digna y no melodramática lo que venía observando de niño y que —a su juicio— no se contaba, llegó al periodismo. Comenzó a trabajar en LA Times, fue corresponsal de guerra y en 1992 ganó el Pulitzer por su trabajo durante la cobertura de los disturbios de Rodney King en Los Angeles. Veintitrés años después, Tobar volvió a hacer noticia por Deep Down Dark: the untold stories of 33 men buried in a chilean mine and the miracle that set them free, el libro oficial sobre el rescate de los mineros de Atacama —su quinta novela, que figuró entre los 100 mejores títulos el 2014 según The New York Times y que acaba de publicarse en el país por el sello Planeta— y que sirvió de base para la película Los 33 que Patricia Riggen filmó en Colombia y Chile, y que se estrenará el 6 de agosto.

Tres años de investigación, cinco viajes a nuestro país, entrevistas con los 33 mineros y el acceso a la bitácora de Víctor Segovia dan vida a este escrito que relata la experiencia límite que vivieron estos hombres que, en agosto de 2010, quedaron 70 días atrapados bajo tierra, a 720 metros de profundidad. 

Chile no era desconocido para Tobar. Por años cubrió Sudamérica para LA Times, y había recorrido desde Iquique, Chiloé hasta Isla de Pascua reporteando. “Entonces cuando mi agente en Nueva York me dice que estaba la posibilidad de contar la historia de los mineros, me entusiasmé; se trataba de la aventura más importante del siglo XXI, la gran odisea de nuestros tiempos. He hecho mi carrera hablando con gente humilde, sobre historias de inmigrantes guatemaltecos, mexicanos, afroamericanos. Me especialicé en la vivencia de los fregados, los descamisados. Hay mucha desigualdad en Latinoamérica y eso no se ha contado con la dignidad apropiada”.

—Y los mineros representaban esta gran diferencia entre las clases sociales.

—Así es… En mi encuentro con ellos, todos tenían algo que compartir. Casi la mitad estaba con daño sicológico, que al principio yo no lo percibía, pero a los cinco minutos de conversar, me convertía en su terapeuta. Veía hombres heridos, que no podían dormir, con traumas… Cada uno vivió el shock a su manera y en distintos momentos, algunos durante los tres primeros meses; otros, dos años después, pero todos experimentaron el peso de enfrentar la muerte, de haber sido torturado por la montaña con sus ruidos y explosiones. Recuerdo a un minero que le temblaban las manos al rememorar los sonidos. ‘Fue una tortura oral’, me dijo.

—¿Cuál diría fue la situación más límite que experimentaron bajo tierra?

—Un día antes que los encontraran, hay una escena donde Antonio (Banderas) haciendo el papel de Mario Sepúlveda está muy flaco, en que se le ven las costillas. Después de 15 días de comer una galleta cada dos días, la mayoría perdió 15 a 20 kilos, y esa falta de alimento comenzó a generar efectos mentales en ellos. Muchos me contaron que tenían sueños; cuatro mineros vieron a sus familiares, por ejemplo. En el libro sale que a Mario (Sepúlveda) se le aparecen sus abuelos muertos, otros veían canastas de comida. Raúl Bustos vio a su hija operando la máquina del sondaje; Carlos Mamani viajaba a Bolivia para hablar con sus hermanos… Después de escucharlos, investigué el tema, y resulta que cuando ayunas por más de una semana, comienzas a tener sueños más largos; es una reacción biológica. Eso está muy bien representado también en la película.

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“El amor a sus familias salvó a estos hombres”, concluye Tobar. “Los primeros días, cuando enfrentaron la muerte en la oscuridad, ¡en una tumba!, no pensaban en sus logros, en el dinero que hicieron, ni en las mujeres con las que se acostaron. Se les vino a la cabeza el amor que tuvieron en una casa, en sus hijos, en las comidas; el hogar. Ellos querían regresar a eso, sus vidas tenían sentido cuando volvían a casa. Cuando se comunicaron por primera vez con sus familias, lo primero que le preguntaron fue: ‘¿pagaste las cuentas?’. Ese era el rol que ocupan estos hombres dentro de su núcleo”.

—Se veían muy reservados e introvertidos, ¿cuánto le costó que se abrieran para ahondar en sus experiencias?

—A algunos más que otros, pero tuve la fortuna de que eran 33. Y con ellos aprendí cómo funciona la memoria humana. Cada persona recordaba un tipo de cosas; por ejemplo, Omar Reygadas era excelente para acordarse de los discursos. En el filme, un minero se disculpa por haber tomado la comida, que también aparece en el libro, y es porque Omar se acordó de cada detalle de ese episodio. Franklin Lobos —como ex deportista—, era muy bueno para observar la condición física de todos y describió cómo estaba cada uno luego de 15 días de encierro. Juan Illanes era el mejor para hablar de los detalles técnicos. Cada quien recordaba lo suyo, y armé la historia como un rompecabezas.

—Al leer el libro, llama la atención cómo una treintena de hombres rudos, machos, terminaron obedeciendo a solo dos que se levantaron como líderes.

—El primer día pudo haber sido un caos, pero Mario Sepúlveda y un par más se hicieron cargo de la situación, calmaron los ánimos. En efecto, pudo haber sido todo más conflictivo, de hecho unos saquearon y se robaron la comida; eso es efectivo, pero gracias a estos dos o tres que estaban más calmados, pudieron salir de eso. Pero no fue por sumisión, sino porque vieron que existía un camino; tuvieron la fe de que había una esperanza de salir.

—¿A qué se debe el éxito del libro fuera de Chile?

—En EE.UU. son más de 100 mil ejemplares vendidos; fue best seller a los seis meses de publicado. Yo creo que todo el mundo recuerda la historia, en esos momentos Chile era el centro del planeta. Cuando comentaba que estaba escribiendo el libro de los mineros chilenos, todo el mundo sabía de qué se trataba. Y me hacían dos preguntas: ‘¿cómo están ahora?’ ‘¿Y qué tal la historia de este señor que tenía dos mujeres peleándose por él afuera?’

—¿Y cuál es su respuesta frente a la pregunta de cómo están hoy estos 33 hombres?

—Están en la misma situación sicológica de cuando entraron a la mina, solo que ahora tienen la experiencia de ser torturados y de ser famosos. Una doble vivencia muy contradictoria; por un lado enfrentarse a la muerte y después ser celebrados como héroes mundiales.

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—Sostuvo que fueron utilizados políticamente.

—Es cierto, para Sebastián Piñera esto fue como un trofeo que le cayó del cielo. Un gobierno de centroderecha que hace algo milagroso por una persona común, de la clase trabajadora, fue lo máximo. He visto los discursos donde el Presidente usaba a los mineros como metáfora y decía que ese túnel no sería la última gran cosa que haría Chile. Ellos se dieron cuenta, no son tontos, saben que los utilizaron. El gobierno hizo un acto tecnológico fantástico para sacarlos, pero faltó acompañarlos, la embarraron en el proceso de sanación. Debieron hacer un esfuerzo tan intenso como fue el rescate. Pero a estos hombres no hay que verlos como víctimas, la mayoría es fuerte.

—¿Fueron olvidados como ellos acusan?

—No, no los han olvidado sus familiares, muchos tienen una presencia social. Sí creo que el mundo no sabe realmente lo que sufrieron.