“Estábamos viviendo en Dhahran, Arabia Saudita”, cuenta Grace Banta, hoy de 72 años. “Mi marido era empleado de la petrolera Saudi Aramco. La tarde del 17 de enero de 1991, comenzaron a llover sobre nosotros pedazos de misiles Scub y Patriot. La Guerra del Golfo había estallado y sentí que podía no salir con vida”.

Con desesperación, Grace buscó en los armarios dos pequeños cuadernos verdes donde, dieciséis años antes, había escrito el relato de su infancia. Sentada frente a un computador que apenas sabía usar, comenzó a escribir y a grabar su historia. Una historia que había mantenido en secreto —incluso de su marido y sus dos hijos— y envuelta en mentiras. A medida que avanzaba, las emociones la invadían y las lágrimas no le daban respiro. Lo que había permanecido dormido durante casi cuarenta años afloraba con fuerza e intensidad.
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Cinco días después de iniciados los bombardeos, los Banta son evacuados. Sentada en cuclillas en un enorme avión militar de carga, un C5—A, casi sin ventanas, Grace escucha los misiles que caen sobre la pista aérea. El avión despega y nuevamente enfrentada a la sensación de muerte, se repite: “Está escrita, está escrita…”. En cinco días, Grace Banta había terminado el manuscrito con la historia que nunca se había atrevido a contar. Si ella moría, sus hijos, que estaban a salvo en Estados Unidos, podrían leerla. Y saber quién era realmente su madre.
A los siete años su hijo, que ya tenía treinta, comenzó a preguntarle: “Mamá, ¿de dónde vienes tú? ¿Por qué no tienes familia?¿Quién es tu mamá?”.

Es 1940. Estamos en Nueva York. En Brooklyn. En un edificio de la calle Columbia lleno de inmigrantes. Ahí viven Matilda y Pablo Palo. Ella tiene 23 años, ha venido de México y ha ejercido como prostituta. El es de Puerto Rico, su tez es negra y no tiene trabajo estable. En un departamento vecino viven Filomena y Jackie. Ella ha huido, dejando a su marido que la maltrata, mientras sus seis hijos han sido internados en una casa de guarda estatal. Jackie es viudo, tiene dos hijos adultos y trabaja como estibador en los muelles de Nueva York. Cuando Filomena se da cuenta que está embarazada, ofrece a Matilda su bebé sin conocerla. Matilda acepta, ya que no desea tener hijos con Pablo. No quiere tener un hijo negro.

Matilda convence a Pablo de que ella quiere cuidar a este bebé y como es imposible pensar en adopción por la precariedad en que viven, la recién nacida es entregada en forma ilegal.
En la única imagen que Grace, la niña regalada, tiene de esa época, está gateando desnuda sobre una piel. Se la tomaron en un estudio de fotografía pocas semanas antes de que Matilda la sacara rumbo a México de manera ilegal y la fuera a presentar como su hija a su familia. En la foto, la pequeña Graciela tiene unos seis meses, su pelo es rubio, sus ojos cafés claros y su piel blanca.

¨Mis padres me regalaron a una mujer irresponsable, que en vez de cuidarme me dio una niñez de abuso, hambre, indiferencia y crueldad”, recuerda Grace en la autobiografía que publicó en Estados Unidos. “En esos años, un niño ilegítimo era un niño de nadie”.

1948. Graciela vive con Matilda en Veracruz, México. No sabe leer ni escribir, no va al colegio. A sus ocho años, cada mañana, deja a su madrastra y a su amante de turno durmiendo y parte rumbo a la plaza del Zócalo. Recorre sus portales con un pequeño canasto repleto de bolsas de maní recién tostado. Si las logra vender en el día, Matilda le da de comer. Si no, se gana una paliza.
“Quedaba con moretones negros y azules. Ella cuidaba de no golpearme en lugares donde se pudieran ver las marcas. Me daba firme en la cabeza y en la espalda”, cuenta Grace.

“Quedaba con moretones negros y azules. Ella cuidaba de no golpearme en lugares donde se pudieran ver las marcas. Me daba firme en la cabeza y en la espalda”.

—Recuerdo un día que no me sentía bien. Quería quedarme en casa. Matilda creyó que era una excusa para no ir a trabajar. Me llamó floja y buena para nada y me forzó a salir a la calle. “No vuelvas mientras no hayas vendido todo”, amenazó. Cuando anocheció y aún me quedaba maní por vender, me tendí bajo unos arbustos y ahí pasé la noche. Estaba tan cansada que me quedé dormida al instante. Al día siguiente amanecí mejor y fui capaz de vender todos los paquetes de maní. Ahí recién volví.

Graciela conoció a Gabriela Mistral en el Café Parroquia, “el más grande y bonito de Veracruz”, recuerda Grace. “Me acerqué a su mesa con mi canasto. Ella me miró y me preguntó si quería comer o tomar algo. Puso mi canasto en una silla y yo me senté en la otra”.

Gabriela Mistral estaba cerca de cumplir 60 años. Yin Yin había muerto hace cinco y ella se había convertido en la primera Premio Nobel de Literatura tres años antes. Hace unos meses había conocido a Doris Dana y la había invitado a ir a México con ella. Han estado juntas en las recién abiertas ruinas de Chinen Itzá y ahora ocupan un departamento en Veracruz.

—¿Por qué no estás en la escuela? –quiso saber Gabriela Mistral sentada en su mesa del Café Parroquia.
—Porque no me mandan a la escuela –respondió Graciela mientras saboreaba fruta y yogur.

—¿Sabes leer y escribir? —inquirió Gabriela.
—No —dijo y recordó las pocas oportunidades en que la habían llevado a una escuela.

—¿Quieres aprender? –sonrió Gabriela.
—Sí —respondió la niña con fuerza.

—¿Dónde está tu madre? –siguió Gabriela.
Matilda tenía aleccionada a Graciela para que dijera que su madre estaba enferma. Que por eso debía salir a trabajar. Esta vez, quiso decir la verdad. “Era la primera vez que sentía que alguien se interesaba en conversar conmigo. Me dio confianza y le conté: “La mujer con la cual vivo está casada con un hombre que se llama Pablo y dice ser mi madre. Yo sé que no es mi madre por la manera en que me trata. Tampoco me parezco en nada a ella ni a nadie de su familia.

—Quizá te pareces a Pablo —sugirió Gabriela Mistral.
No, no me parezco a él —afirmó Graciela.

–¿Y cuándo fue la última vez que viste a Pablo? —quiso saber Gabriela.
—Sólo lo conozco en foto. Es de Puerto Rico, su piel es oscura — explicó la niña.

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Terminado el yogur y la fruta, Graciela pidió permiso para irse. Gabriela Mistral la invitó a seguir conversando, que ella estaría en ese mismo lugar al día siguiente, que se animara a volver. Y le compró algunas bolsas de maní.
A partir de ese día, cada tarde la pasarían juntas. Gabriela le convidaba algo de comer y le compraba todas las bolsas de maní, para que así la niña pudiera estar tranquila a su lado y después volver con Matilda. Para Grace, más importante que la comida, dice, era tener a alguien con quien hablar y poder contarle sus temores y preocupaciones.

“Me hacía muchas preguntas, todo sobre mi vida le interesaba. Pero si sentía que yo comenzaba a atemorizarme o a incomodarme, cambiaba de tema rápidamente y me hablaba de cosas bonitas. Era muy delicada. Poco a poco se fue ganando mi confianza y poco a poco le conté todo sobre mi vida. Encontrar a Gabriela Mistral en ese momento fue un regalo del cielo. Necesitaba a alguien que me transmitiera esperanza y coraje”.

Gabriela Mistral también la invitaba al departamento que compartía en Veracruz con Doris Dana. Ambas vivieron juntas en México por dos años, de ahí siguieron a Italia y más tarde se instalaron en Long Island, Estados Unidos.
“Ahí me contaba de Nueva York, Europa, y todos esos lugares en los que había vivido. Tenía una colección de libros preciosa y yo me sentaba a mirar las fotografías, especialmente de Nueva York, y soñaba que estaba ahí.

En esas visitas, Gabriela le trataba de enseñar a leer. Tomaba su pequeña mano entre la suya y señalando con el dedo de la niña le iba mostrando las vocales y consonantes de un silabario, baa, bee, bii, y así, hasta formar pequeñas palabras.

Otras veces, la poeta estaba ocupada en sus trabajos o con visitas, y ahí Graciela se quedaba con una mujer joven, que años después supo que se llamaba Doris Dana, quien le enseñaba matemáticas. “Fue la primera vez que alguien me enseñaba los números. Esas lecciones me ayudaron mucho”.

Otras veces, la poeta estaba ocupada en sus trabajos o con visitas, y ahí Graciela se quedaba con una mujer joven, que años después supo que se llamaba Doris Dana, quien le enseñaba matemáticas.

Graciela sabía que su amiga era famosa, porque había visto su foto en el periódico de Veracruz, pero no tenía idea qué era el Premio Nobel ni menos que ella lo había ganado. “Un día Gabriela me invitó a caminar. Nos entretuvimos conversando y parece que tardamos. Doris salió a buscarnos. Al encontrarnos, me pregunto: ‘¿Habrías sabido volver a casa?’. ‘No’, le respondí con la verdad. “Esto es como pedirle a un ciego que guíe a otro ciego¨, exclamó. “Aparentemente, Gabriela Mistral no tenía ningún sentido de ubicación y solía perderse. Doris Dana cuidaba de ella.”

El departamento de Gabriela y Doris quedaba cerca de El Malecón y del Faro. A Grace le gustaba ir para allá porque aprovechaba de mirar a los jóvenes cadetes navales que, en uniforme blanco, circulaban por el paseo marítimo. Los encontraba apuestos. Y también a las parejas que caminaban tomadas de la mano y se robaban un beso cuando las chaperonas se descuidaban. Lo otro que la entretenía era observar a los niños que se tiraban de cabeza al mar y sacaban monedas. O, a aquellos que como ella, trabajaban vendiendo helados, plátanos fritos , frutas frescas, palomitas de maíz, tortas o agua de coco. Y artesanías hechas con caparazones de tortugas o conchitas marinas.
“Eran momentos alegres, que me permitían salir del mundo de abusos en el que vivía. Cuando veía a niños con sus familias me preguntaba, y aún me pregunto, cómo sería vivir así”.

Su realidad era que vivía con Matilda en una pieza arrendada con piso inmundo y delgadas paredes de madera forradas en papel de diario y calendarios antiguos. Matilda dormía en la única cama y Graciela lo hacía en el suelo.
“Una mañana fui despertada abruptamente por el amante de Matilda, un vendedor viajero. Se frotaba contra mi y con su mano me tocaba en la parte interna del muslo. Quise gritar, pero me tapó la boca con tanta fuerza que no pude emitir sonido. No podía respirar. Pensé que me ahogaba. Me levantó y me tiró fuera de la pieza. “Si le cuentas a alguien esto, lo voy a negar. Tú sabes que Matilda no te creerá. Ella estará siempre de mi lado y si insistes me pedirá que te castigue con una buena paliza”. Efectivamente, Matilda ya le había pedido que me golpeara cuando no lograba vender todo el maní. Y él había sido compasivo pegándome no tan fuerte.”
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Graciela nunca le dijo a Matilda ni a nadie lo que había sucedido. Grace dice que la rabia y el miedo aún la embargan cuando piensa en todos los riesgos a los que estuvo constantemente expuesta. Vivía con el temor de quién sería el próximo hombre que Matilda traería a su cama.

Cuando sentía que no aguantaba más, se iba a un canal que corría cercano a la casa donde arrendaban la pieza. Se sentaba en la orilla y pensaba que algún día volvería a Estados Unidos y encontraría a su familia. Porque si bien nadie se lo había dicho, ella sabía que Matilda no podía ser su madre. No sólo no se parecían físicamente, sino que la trataba tan mal que no era posible que fuera su madre.

En esos años, Graciela pensó en morir. Tirarse frente a un tren en marcha. Pero lo que había aprendido en el orfanato católico en el cual Matilda la había dejado un tiempo, la detenía: quitarse la vida era pecado, por lo tanto si se mataba iría al infierno y continuarían los sufrimientos. No tenía sentido cambiar el infierno que vivía por otro igual o peor.

Un día llegaron dos detectives a preguntar por Matilda. Alguien la había denunciado –“siempre pensé que fue Gabriela Mistral”, dice Grace— y querían hacerle unas preguntas. Matilda había salido. Cuando supo que la andaban buscando decidió partir, dejando a Graciela a cargo de la dueña de la casa donde arrendaban la pieza, doña Josefina. Graciela, a los nueve años, se convirtió en una Cenicienta. Trabajaba todo el día sin recibir nada a cambio y en la noche dormía sobre un jirón de frazada en el suelo. “Estaba como presa, me sentí una esclava. Sin dinero para el bus ni siquiera podía ir a ver a Gabriela Mistral”.

Pasó el tiempo y la vez que se pudo escapar partió a buscar a su amiga Gabriela Mistral. Llegó al apartamento pero en vez de libros vio cajas. Se le apretó el estómago. Gabriela había partido.
“Tú debes ser la niña Graciela”, me habló una señora. ¨Mistral me dejó esto para ti”, y me ofreció la más bella muñeca que yo haya visto. Como la pena no se me iba, la mujer me abrazó y trató de consolarme. “Gabriela se fue porque no estaba bien de salud. Partieron ayer con Doris. Pero antes de irse, Gabriela dejó organizado para que unas amigas de ella te enseñen a leer y escribir. Le pediremos permiso a doña Josefina para que puedas asistir a las clases.
Sin poder parar de llorar, Graciela se despidió de la mujer y caminó hasta la iglesia que estaba frente al Café Parroquia, donde por primera vez conoció a Gabriela Mistral. Iluminada por las velas, lloró y lloró, sentada al lado de su muñeca. Y cuando no tenía más lágrimas, regresó a la casa de doña Josefina.
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Al ver la muñeca, Josefina se la arrebató y le dijo que la guardaría. ¨No me importó mucho”, recuerda Graciela en su libro. “Nada, nada podía compararse a la sensación de pérdida que tenía con la partida de Gabriela Mistral”.
Por varias semanas, Graciela fue a clases dos tardes por semana. Esos días se levantaba al alba para alcanzar a hacer todos los encargos de doña Josefina y luego partir caminando cerca de cinco kilómetros para llegar donde estaban las profesoras. “Eran muy amables. Y cuando yo lo hacía bien, me regalaban una gran manzana roja o una naranja, que me devoraba en el camino de regreso a casa”.

Esa voluntad y ese gusto por aprender fueron determinantes en el futuro de Graciela. A los dieciséis años logró sacarse de encima a Matilda y volver a Estados Unidos, donde una familia la acogió y la ayudó a estudiar. Primero aprendió inglés, luego sacó su diploma de educación secundaria y se graduó de una escuela de negocios para adultos.

Veinte años después de su encuentro con Gabriela Mistral, la niña que vendía maní regresó a Veracruz. Ahora se llamaba Grace Banta y estaba en su viaje de luna de miel. Se había casado con Robert —Bob— Banta, ingeniero y oficial de la marina estadounidense al que había conocido en Hawaii trabajando como secretaria en un club de oficiales en Pearl Harbour.

Veinte años después de su encuentro con Gabriela Mistral, la niña que vendía maní regresó a Veracruz. Ahora se llamaba Grace Banta y estaba en su viaje de luna de miel.

Como en una historia de príncipes azules y princesas encantadas, Grace volvió a caminar por el Malecón. Ahora de la mano de su propio cadete, como esos novios que tanto miró de niña. Y Bob la invitó a tomar el té al más lindo e importante café del Zócalo: el Café Parroquia, el mismo donde conoció a Gabriela Mistral cuando se acercó con su canasto para ofrecerle maní tostado.