Podría ser parte del séquito que sigue los pasos de Mario Vargas Llosa por las ferias y festivales literarios del mundo, pero él es todo lo contrario a un escritor complaciente con el establishment. Inmune a los tentáculos del mercado y sus múltiples disfraces, Gonzalo Contreras es un autor de culto que encarna como pocos el ideario del oficio de escribir, el que abrazó cuando apenas tenía 16 años. Su vida es una entrega absoluta al arte de contar historias y cuando no está escribiendo ni leyendo, está en su taller desde donde han salido figuras como Pablo Simonetti y Carla Guelfenbein, el espacio donde se entrega a la pasión de su vida.

A 25 años de la publicación de su icónica obra La Ciudad Anterior, atraviesa por su mejor momento. Si alguna vez caminó por la ruta de los excesos, eso es parte de un pasado con el que no tiene cuentas pendientes. Dejó el alcohol y ni siquiera el suicidio de su padre, quien fue el más tenaz opositor a su carrera, puede interferir en la paz de su presente. “Estoy feliz”, asegura, mientras contempla la impresionante vista de la ciudad desde la terraza de su departamento, coronada por la alboreda del Club de Golf Los Leones. Apenas una semana antes de que el crítico más importante del país, Ignacio Valente, elogiara la novela con que regresa a las librerías dos años después de Mecánica Celeste. La historia de Mañana, que transporta a los lectores al corazón de la década del sesenta, dejó al autor en un estado de serenidad y alegría que irradia a lo largo de la conversación, sin que eso sea impedimento para que con la misma vehemencia de siempre, las emprenda contra el “sentimentalismo que se ha tomado la cultura”.

—En su esperada columna Ignacio Valente destaca la finura sicológica notable con que relata el reverso anímico de los hechos en Mañana.
—Mejor imposible. Lo que más me gustó de su crítica es que se mete en los problemas de la historia, por ejemplo cuestiona la primera escena en cosas que si bien difiero, puedo aceptar perfectamente. Si hay alguien que ejerce la crítica con propiedad en este país y no obedece a ningún tipo de camarilla ese es Valente. El solo critica cuando algo le interesa verdaderamente. No le debe favores a nadie y tampoco tiene relaciones con ningún mundillo, como el resto de los críticos.
—¿También hay colusión entre quienes ejercen la crítica literaria?
—Claro que sí, yo ya escribí un artículo al respecto en el que explicaba que son todos funcionales a algún interés o agenda determinada, salvo uno, Valente.

—¿Es verdad que este es el libro que escribiste más feliz?
— Totalmente y además fue el que salió más rápido. De principio a fin, lo viví como un estado de goce permanente. Realmente lo disfruté. Es un libro que rebosa entusiasmo que es el mismo entusiasmo con que lo escribí y que en definitiva es el espíritu de aquella época rebosante del espíritu del cambio, la esperanza, la libertad, la palabra revolución no atemorizaba a nadie, como ahora, al menos entre la gente joven. Los resultados de aquellos cambios, ya es otra cosa, pero el espíritu era ese, el de apostar por un mundo mejor. Había una generación compremetida en ello.

—¿Piensas que es una cuestión de los tiempos o la narrativa se ha puesto más pesimista?
—Habría que revisar el espíritu de los tiempos actuales. La literatura es plana y depresiva, el cine de autor lo mismo, la música no escapa a ese modelo tampoco, y no se trata de un estado de ánimo propiciatorio de nada, sino más bien la manifestación de una fatalidad, la aceptación de un estado de cosas que pareciera es más fuerte que cualquier energía individual o colectiva. El modelo de la posmodernidad es el de la aceptación y el conformismo, es un espíritu pragmático a fin de cuentas. Mis personajes no son unos idiotas alegres, y no son desde luego, sujetos aplastados y anulados por las llamadas “fuerzas histórico sociales”, al modo de Foucault. En suma, yo creo en el individuo.

—Históricamente se ha establecido una relación entre el proceso creativo y ciertos estados de melancolía.
—No creo que haya una relación directa entre arte y depresión. Basta ver la pintura de Van Gogh, es radiante y luminosa. Ese es un invento del mal arte contemporáneo, el del arte sin talento que supone que basta un mero estado de ánimo para dar por cumplido el proceso artístico. Como si tal estado de ánimo fuera el contenido de la obra. Falta en ese arte, transformación y desarrollo, el proceso alquímico a fin de cuentas, según el cual ese estado de ánimo es productor de un arte distinto al yo. Creo que la novela es una obra artística que debe transmitir belleza. Ahora, ¿qué es la belleza? Ese es otro asunto.

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Crítico del momento actual de la literatura chilena, lo compara con “efluvios depresivos” y culpa de alejar al lector tradicional de las estanterías.“Esa es una de las razones de la fractura que se ha producido con el consumidor habitual de libros. Hay todo un sector de la crítica que supone que el valor de la obra se mide en términos de cuánto dolor (genuino o falso), la obra transmite. Que atiende sólo al supuesto valor moral de la obra, cuanto esmero se ha puesto en exhibir el mundo de los ofendidos y humillados. Ese es el cánon actual. La obra se juzga por su contenido y nunca por su forma, si ésta está lograda o no. La vida del hombre está llena de luces y sombras, claros y oscuros, qué duda cabe, yo he conocido todos los colores de la paleta, y de esa vasta gama de tonos escribo. Mis personajes viven como todos debiéramos vivir: intensamente y sin prejuicios”.

—Un verdadero defensor de la estética y moral francesa.
—Tal cual, yo abogo porque la pena pase lo más luego posible y no hacer un negocio de ella. No soporto a los que hacen de sus pequeños dramas personales el asunto de su vida. No se confunda el lector Kafka no es así. Kafka se reserva para sí la ironía. Vivimos en una cultura sentimental. Nos limitamos a amar o aborrecer ciertas cosas, sin ningún término medio, como sujetos altamente impresionables. Una de las emociones más fáciles de suscitar es la pena, y las audiencias parecieran predispuestas a ello, bajo el supuesto de que sentir tristeza nos hace a nosotros mismos personas más buenas. El arte no ha ganado mucho con esas simplificaciones. Una función del arte si es que tiene una, es energizar el presente. Vivimos en una cultura sentimental. Amamos o aborrecemos. Hemos convertido a las audiencias y lectores en seres fácilmente impresionables, esa misma rebaja de la edad mental del público, esa incapacidad de analizar una obra e ir más allá de la superficialidad, yo no debo sentir lástima por lo narrado, yo no puedo sentir congoja por lo contado. Eso es sentimentalismo, esa mente impresionable es la que ha construido la historia de la posmodernidad donde en definitiva no existe la palabra. La vida se ha convertido en una cantidad de likes en Facebook.

—¿Cuál es tu opinión de las redes sociales?
—Las detesto, funcionan en base al amor y al odio. Pura cultura sentimental, o sea que mi expresión sea solo lo que siento sin detenerte a pensar si es una locura. Estamos en una era de groupies y los escritores no tienen groupies, porque no deben escribir para complacer a nadie. La escritura no es para hacer amiguitos. No quiero ninguna intimidad con los lectores. La obra está separada de mí y tiene consciencia de sí, no me necesita a mí, yo no tengo que apoyarla con mi propia vida. Hay una sobrevaloración de lo emocional en desmedro de lo racional. Yo no pretendo ninguna confraternidad con los lectores, causarles emociones directas. La señora que plancha llora con la teleserie. Yo requiero de una lectura más profunda que la mera emocionalidad. No tengo que complementarla con mis propias penas, que las he pasado y graves, pero no voy a andar facturando con mis dolores. La gente que lo hace me produce el más profundo de los menosprecios y es una práctica cada vez más común en Chile. Necesitamos recuperar el pudor.

Información en Facebook: Taller Literario Gonzalo Contreras