“Conocíamos mejor la prueba que un poema o una novela”, dijo Alejandro Zambra refiriéndose a Facsímil, su nuevo libro donde reproduce la estructura de la Prueba de Aptitud Académica (PAA) de 1993, año en que él y una generación educada en dictadura midió sus capacidades para entrar a la universidad. 

El libro se divide en cinco partes, igual que las cinco partes que componía la PAA verbal: Término excluido, Plan de Redacción, Uso de Ilativos, Eliminación de Oraciones y Comprensión de Lectura. 

Antes que un libro, Facsímil parece un juego. Cada pregunta es un ingenio. Muchas parecen chistes y, a la vez, los textos que componen la comprensión de lectura, sobre la educación, sobre el amor de pareja y sobre el amor de padre, se leen como pequeños cuentos que apelan siempre a lo mismo: a esa generación que nació en dictadura y creció en democracia, pero que arrastró las limitaciones materiales y emocionales de un periodo a otro.

La figura del estudiante del Instituto Nacional es el lugar desde donde Zambra se asoma para elaborar este libro. Ese a quien importa la prueba, que no tiene posesión ni apellido, pero tiene educación. Una especie de héroe de la clase media. El representante del niño pobre, pero inteligente. Con capacidades, pero sin plata para ingresar a la “buena educación”, asumiendo que la única forma que tiene para salir de esa precariedad material es la competencia. La prueba entonces es el lugar donde se miden las competencias o las “aptitudes” de los niños que antes que educados fueron entrenados. Así lo dice en uno de los textos de comprensión de lectura: “No había que escribir, no había que opinar, no había que desarrollar nada, ninguna idea propia: sólo teníamos que jugar el juego y adivinar la trampa”.

La crítica a la medición de los conocimientos estandarizados no es nueva. En El Maestro Ignorante (Hueders), el filósofo Jacques Ranciere retoma el caso de Joseph Jacotot, un profesor que en el siglo XIX probó un método de enseñanza experimental: en vez de enseñarles francés a sus estudiantes holandeses, les hizo leer una edición bilingüe de Telémaco. Y los estudiantes aprendieron. El maestro desechó el lugar de sabio que le otorga la tradición pedagógica, y así, la estandarización de la inteligencia no fue el fin, sino que el comienzo. Porque al final, eso es lo que devela Facsímil en su generalidad: lo arbitrario de la categorización, donde las aptitudes que se consideran como deseables para estudiantes que luego serán trabajadores (y que hoy se miden vía PSU), son las que pretenden reproducir algo mayor: un sistema que se aprende primero en los colegios, que son el primer asomo de los niños al mundo.