Cinco escritores ponen sobre la mesa mentiras propias y de sus personajes. A algunos la ficción los seduce y a otros, cansa.

La actividad cerebral aumenta: el lóbulo frontal, el límbico y el temporal se activan. La sangre se agita y se nutre de oxígeno; el corazón late más fuerte; el cuerpo suda, la presión va al alza. Mentir le demanda al cuerpo un esfuerzo extra. Para la siquiatría, la mentira es una fabricación fantaseada, es distorsión, engaño y, en no pocas ocasiones, sobrevivencia. En la literatura, la mentira es el lenguaje natural de la fábula. Es la máscara y cuando ésta cae, el secreto se revela.
“Todos mienten”, dice el Dr. House, el médico de ficción. Y la mentira en manos de escritores resulta la herramienta predilecta que da cuerpo a la obra literaria. La misma herramienta que se cuela en las relaciones humanas. Cinco escritores revelan cómo mienten en el papel y cómo la ficción se cuela también en la vida.

PRIMER MANDAMIENTO: ENSEÑARÁS A MENTIR. Tito Matamala hace una suerte de entrenamiento en la mentira. El escritor avecindado en Concepción, autor de Manual del buen bebedor, dirige talleres literarios para escolares que suelen comenzar con un ejercicio: les ordena escribir la excusa más desfachatada para ausentarse de clases. “Así, forzados a inventar para salvarse, descubren el germen de la literatura, como un Homero moderno”, dice.
Para él, una buena novela es aquella en la que se sabe si el autor miente o imagina. Esto se aplica, asegura, incluso a aquellos libros que asumen componentes históricos. Lo pregunta Matamala: “¿Cuánto de A sangre fría es investigación, mentira o imaginación? No lo supo ni su autor, Truman Capote”.
Cuando la mentira se inmiscuye en las relaciones humanas, dice, surge el fabulador.
“Recordemos las elaboradas historias de Ricardo Canitrot para justificar sus retrasos en La Oficina: eran cuentos redondos que su auditorio creía y escuchaba como si fuesen reales. La mentira impone dificultades a su autor; por eso no es fácil ser un mentiroso con éxito, es decir, que no te pillen. Del mismo modo, no es fácil ser un escritor con éxito, es decir, que no te abuchee la crítica por la mala calidad de tu embuste”.
¿Mienten más las mujeres, los hombres? Matamala no cree que haya distinciones de sexo. “Si dijera, por ejemplo, que las mujeres son menos mentirosas, capaz que me acusen de discriminador y machista, puesto que la mentira, la buena mentira, embarga un alto grado de desarrollo mental. Así que voto por el empate”.
(No está errado: un estudio de la Universidad de Massachusetts indicó que hombres y mujeres mentían por igual, pero con distintos fines. Ellas lo hacían para que la contraparte se sintiera mejor. Ellos, para mejorar la imagen de sí mismos.)
El propio Matamala reconoce que todo lo que ha escrito tiene un componente importante de realidad, que luego lo exagera, lo deforma.
Claro que una vez le salió el tiro por la culata. “Fue en mi juventud como estudiante en práctica, me echaron de un periódico por dibujar un chiste sobre el empresario Carlos Cardoen, escribí luego una novela fantástica —muy mala— en que aseguraba haber trabajado para Cardoen”.
Dice que el estigma lo persigue. Que hay gente que cree que trabajó de verdad para él. Que ganó mucha plata. Y, sin embargo, no agarró nada.

SEGUNDO MANDAMIENTO: ENGAÑARÁS A LA MUJER DE TU PRÓJIMO. “La mejor mentira es la que es casi verdad”, nos precisa desde Barcelona el argentino Gonzalo Garcés, que ya tiene en librerías su última novela, El miedo. “Cuanto menos se miente, mejor se hace. Conozco a una mujer que le dijo a su marido: pasé por la casa de mi amigo a buscarlo, bajó y fuimos juntos a la fiesta. En realidad, se había quedado una hora en la casa del amigo. Era una mentira mejor que decir que no lo había visto para nada. Con la literatura pasa lo mismo; cuanto menos inventes, mejor tu relato”.
Garcés dice que mentimos, casi siempre, para mejorar la imagen frente a los otros. Así engañamos a nuestras madres: “Sí, mamá, ya hice las tareas”. Los hombres les mienten a las mujeres: “Sí, mi amor, te queda bien el vestido”. Las mujeres niegan frente a sus parejas: “No, mi amor, no me parece atractivo mi compañero de trabajo”.
Es poco lo que miente Garcés. O quizás esta declaración sea otro despliegue suyo en el arte de la ficción. Pero reconoce que en una ocasión elaboró una mentira de la que se enorgullece: “Una vez seduje a una mujer por cuenta de un amigo mío. Ella lo conocía de vista. Se lo pinté a su medida. Le dije que mi amigo le había escrito versos y hasta le cité un par, que improvisé sobre la marcha. Ella se derretía. Cuando la sentí a punto caramelo, salí del bar, llamé a mi amigo y le dije: Deja lo que tengas entre manos y ven a esta dirección. Al día siguiente, mi amigo me llamó y me dijo: No sé qué hiciste, pero acabo de pasar una noche de lujo”.

TERCER MANDAMIENTO: LA MENTIRA TE HARÁ LIBRE. “¿Quién deja de mentir?”, se pregunta Marco Antonio de la Parra, escritor y siquiatra, profesor y dramaturgo. Responde, veloz: “El que calla para siempre. Todo escritor construye un relato y ese relato será, y es su gloria, siempre inexacto, impreciso, oblicuo. No paro de mentir. Esa mentira prodigiosa se convierte en el relicario de la verdad”.
Desde la vereda del siquiatra (escondido, a veces, en las ropas del escritor), De la Parra ensaya una explicación a la mentira en la guerra de los sexos. Una que dice que cuando el hombre le miente a la mujer debe volverse, un poco, mujer, “ser elíptico, envolvente, sugestivo”. Y ella, cuando le miente al hombre tendrá que hacerlo como hombre: “categórica, esquiva, regañona, sonreír sin escrúpulos, lanzar la culpa por la ventana”.
Y cuando ambos se mienten, ese es el carnaval de los disfraces.
“Manipuladores conozco en ambos géneros”, afirma De la Parra. “Dicen que es un arte femenino en tiempos de machismo. No cabe duda de que el sometido miente más que el dominante. No le queda otra. La mentira le otorga libertad”.
Ser libre (fingir) resultará, siempre, un arte complicado.
De la Parra asume lo que le pasa como sujeto: “Cada vez miento menos. Cada vez recomiendo menos la mentira en la vida cotidiana. Instalo la verdad en cuanto puedo. La danza seductora del embeleco y el truco me ha cansado”.
De la Parra dejaría la mentira para la escritura y sería más honesto con quien ha sido más mentiroso: él mismo. “Me he prometido cosas que no podía cumplir, me he contado cada cuento…”.
Por eso, ahora, se tienta con el silencio. La única (dice) verdad posible.

CUARTO MANDAMIENTO: TE ESCONDERÁS DETRÁS DE LA MÁSCARA. Experto en el oficio de crear ficciones, el escritor Jaime Collyer prefiere esa literatura que se separa de la cita biográfica y del cotidiano personal del autor. Lo explica así: “Por eso es, precisamente, una obra de ficción, porque no le debe nada a la tribu a la que uno pertenece, a su familia, al país en que nació o al género con que vino dotado”. Lleva años trabajando la relación entre la ficción y la historia: sabe que la escritura de ficciones es un ejercicio, como dice, de “enmascaramiento deliberado, un juego de máscaras en que el autor se sumerge, voluntariamente”.
Desempolva ejemplos de los clásicos. Cita a Flaubert y su frase célebre Madame Bovary soy yo, un ejemplo de que el autor “es capaz de encarnarse en una mujer de provincias y sus tribulaciones, muy distante del propio Flaubert, aunque bajo la máscara escogida late el mismo”.
Habla que la obra de Coetzee es capaz de abordar el apartheid, su propia experiencia, sin mencionar jamás el término. Y que Melville escribe Moby Dick, la historia de una ballena blanca depredadora, como una metáfora de la Guerra de Secesión. Dice Collyer: “La mentira es consustancial a la ficción literaria, pero sus imposturas resultan más reales que la misma realidad, por la vía de metaforizarla, caricaturizarla, deformarla a su antojo”.
El mismo se relaciona con la mentira en su obra literaria a través del juego de máscaras. Prefiere no hablar de sí mismo. Es algo que considera narcisista e impúdico. Por eso asume la impostura: “Si quiero hablar, por ejemplo, de mi condición atormentada en el escenario de hoy, escribo acerca de un hormiguero en que una hormiga cualquiera está empeñada en contar al resto sus historias, sin mucha resonancia de parte de las otras. O escribo de un individuo que se queda a vivir para siempre en un zoológico. Detrás de todo eso late, por cierto, la propia biografía, pero la gracia está en que no se note mucho”.

QUINTO MANDAMIENTO: NO CREERÁS EN LO QUE INVENTAS. “Las mentiras me salen siempre mal”, se lamenta Rafael Gumucio, y esa queja refleja, también, el esfuerzo invertido en el ejercicio del embuste, el cotidiano y el literario. Lo explica así: “La imaginación pura y dura me es imposible. Me aburre lo que no es verdad, aunque no puedo asumir la verdad sin pasarla por el filtro de cierta forma de ficción. Y para ficcionar necesito partir de un hecho cierto, para tejer exageraciones y desviaciones”.
Dice que en la vida real son las mujeres las que mienten más.
“Porque son dueñas de esa verdad final y terrible que son los hijos. Les cuesta menos mentir porque sus deseos son menos visibles que los nuestros”. Los hombres, según Gumucio, compensan la desventaja fabricando ficciones más elaboradas, aunque no crean que con ello puedan reemplazar la realidad.  “Los que lo creen o son malos escritores o genios”, afirma.
Porque los que mejor inventan, dice, son los que peor mienten.

No es complaciente, Gumucio. La mentira así descrita, descarnada, parece no gustarle, porque contempla el engaño, la voluntad explícita de declarar que algo que fue así, no fue tan así. Por eso, el autor de La deuda la separa de la ficción usada en la literatura, “un pacto que nos trae a una realidad paralela”, afirma, “una especie de laboratorio de verdades que uno pone a prueba”.