En 1992 tuvo el oro en sus manos: la princesa Diana de Gales le contó su propia historia a través de unos cassettes que le enviaba periódicamente. De allí nació Lady Di, su verdadera historia, en sus propias palabras. En este 2018, se jacta de vivir en Pasadena, la ciudad donde Rachel Meghan Markle, la futura esposa del príncipe Harry de Inglaterra pasó su juventud, lo que le permitió acceder a su círculo íntimo de sus años de soltera. Andrew Morton intenta develar en su nuevo libro quién es esta estadounidense, mestiza, divorciada, de 36 años que en algunos días se casará con el soltero más codiciado del planeta, tres años más joven que ella.

Y el relato comienza con la dura infancia de Meghan, cuyos padres se divorciaron cuando tenía dos años. Pese a ello es una niña destacada en la escuela, obediente y conocida por sus representaciones artísticas de fin de año. Es también una chica con inquietud social: escribe un blog, participa en un comedor social, se queja por carta por las publicidades machistas de una conocida marca de artículos de limpieza, no se queda de brazos cruzados ante la golpiza policial contra Rodney King en Los Angeles en 1991, organizando una protesta en su prestigioso colegio, y lloró como muchas niñas de su edad frente a las pantallas la muerte de Lady Di, pues según su mejor amiga de la infancia, Ninaki Priddy, Meghan “quiere ser la princesa Diana 2.0”.

Meghan tiene el éxito en la escuela, pero es afrodescendiente por su lado materno y sufre de discriminación por su color de piel: “Siendo mestiza no pertenecía a ningún grupo”, cita el libro de Morton. En casa sus dos medios hermanos, que fuman marihuana y salen sin control, no la tratan bien. Su padre, un iluminador de Hollywood, sólo tiene ojos para ella, pero sobre todo para el trabajo.

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Morton deja ver a una Meghan dudosa sobre su futuro que quiere estudiar diplomacia o teatro. Finalmente después de una práctica en la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, no logra acceder al Departamento de Estado, por lo que comienza su combate para ser actriz famosa. La joven encadena castings sin éxito, graba decenas de pilotos que nunca se convierten en series y se ve obligada a trabajar en un programa de concursos donde gana 800 dólares por capítulo pero donde la obligan a ponerse vestidos apretados y un par de calcetines para hacer más prominentes sus pechos. Sólo después de los 30 consigue el famoso papel de Rachel en la serie Suits sobre un despacho de abogados, que se convertiría en el programa de televisión más visto en EE.UU.

Morton da a entender que Meghan ha entrado en un círculo en que nada la detiene. Está de novia y luego se casa con un productor de Hollywood, Trevor Engelson, de quien espera ciertos favores a cambio, pero que no la ayuda para encontrar trabajo. Se separan después de siete años de relación y casi tres de casados, cuando casualmente ella está en la cumbre de su carrera y él en lo más bajo. Dicen las malas lenguas citadas por Morton que Meghan le devolvió el anillo por correo sin previo aviso desde Toronto donde pasaba las tres cuartas partes del año por Suits. Sus amigos se quejan de que la ven cada vez menos, y pese a su apretada agenda, ella se inventa un blog de tendencias, The Tig, donde se va creando una red que es la que le permitirá según Morton organizar una cita a ciegas con Harry en julio del 2016. Entre tanto, la fama, le permite ser nombrada embajadora de ONU mujeres y de la ONG World Vision, siguiendo con su labor humanitaria.

Pero de repente, esa mujer libre, segura de sí misma, exitosa y comprometida, está dispuesta a dejarlo todo por amor. A ella que trató en un programa de TV de “misógino” a Donald Trump y que amenazó en otra emisión con quedarse a vivir en Toronto si el magnate llegaba a la presidencia, se le prohíbe desde ahora emitir opiniones políticas. La casa real lo prescribe así al igual que el fin de su carrera de actriz, el cierre de todas sus redes sociales en enero de 2018 (tenía casi un millón de seguidores en Instagram) y de su blog. También el fin de sus compromisos a favor de la igualdad entre hombre y mujer y otros compromisos humanitarios. La chica que bailaba con los niños pobres en Ruanda, usó un vestido de 63 mil euros en su sesión de fotos de compromiso y ahora hace reverencias ante los miembros de la realeza e incluso en marzo se bautizó por la iglesia anglicana. Gozando de una libertad de maniobra que hubieran envidiado Eduardo VIII, que abdicó para casarse con una divorciada en 1936, o la princesa Margarita a quien su hermana, la propia reina Isabel, le prohibió un matrimonio con un piloto divorciado; Harry y Meghan fueron la primera pareja de la realeza en asistir a las celebraciones de Navidad en Sandringham sin estar casados, y usando su inteligencia relacional y bien aconsejada por Harry le regaló un hámster de peluche que canta a la reina. CARAS conversó en París con Andrew Morton en plena promoción de su libro de la que considera “una incorporación fascinante a la familia real británica”.

—Leyendo su libro vemos que a esta mujer exitosa la vida no le fue fácil en su infancia. ¿Cómo eso la marcó para ser la prometida de uno de los solteros más codiciados del mundo?

—El príncipe Harry viene de un hogar roto y ella también. Cuando era apenas una niña sus papás, su madre Doria y su padre Tom se separaron. Y ella fue criada por su madre cuando más joven y por su padre cuando era adolescente. Era difícil porque era birracial pero de piel clara. Estaba confundida, no sabía si era afroamericana o caucásica.

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—De hecho tiene hasta sangre real…

—En el lado Markle eran holandeses-alemanes y había ingleses, parientes lejanos, que tenían un vínculo con Robby The Bruce el de la película Corazón Salvaje, no sé si recuerda. Pero el lado verdaderamente interesante está en el lado materno, que desciende directamente de los esclavos que trabajaban en los campos de maíz en Georgia en el sur profundo

—Sin duda una parte importante del carácter de Meghan es su labor solidaria. Sus amigas decían que quería ser como Lady Diana, ¿podrá reemplazarla?

—Diana es única, ciertamente la admiraba, vio el matrimonio con el príncipe Carlos, vio el funeral en la televisión e incluso leyó mi libro. Pero la comparación con Diana queda allí. Son personas distintas. Meghan fue activista más joven, estuvo encabezando manifestaciones contra la guerra del Golfo en la escuela, luchó contra las industrias por las publicidades machistas. Diana era tímida, Meghan tiene confianza en sí misma, le gustan los escenarios. Cuando estaba en el comedor social fue muy valiente, pues tenía 13 o 14 años y estaba frente a gente drogada con crack u otras cosas. Pero ella encontró un fondo común, como Diana, en el trabajo con minusválidos niños y adultos, poniendo las manos y las rodillas en el suelo.

—Meghan es mestiza, estadounidense, divorciada y mayor que él, sin embargo la familia real y los británicos parecen haberla aceptado. ¿Por qué este cambio de la realeza, cual es el mensaje que quiere transmitir la reina?

—Lo que pasó en los últimos 80 años es un inmenso cambio no solo en la monarquía sino en la sociedad británica. El próximo rey de Inglaterra, Carlos, es un divorciado, casado con su amante que también es divorciada. Tres de los cuatro hijos de la reina están divorciados también, el divorcio es una realidad de la vida no sólo en la monarquía sino en la sociedad británica. Y coincide con la disminución de la influencia de la iglesia de Inglaterra y sus escrituras. La sociedad británica es multicultural y multiétnica, entonces la llegada de Meghan, mestiza, divorciada, americana, actriz, con sus controversias detrás es un signo de que la familia real ha cambiado y francamente si fuera un productor de Hollywood que está escribiendo sobre los próximos 50 años de la monarquía, también habría previsto la llegada de alguien como Meghan porque le da energía y vitalidad a la familia real. Fue la persona más buscada en Google el año pasado y ya está entre las 100 personas más influyentes según la revista Times. Meghan es un fichaje increíble para la familia real.