“Aló, habla con el ministro de Cultura y le comunico que ganó el Premio Cervantes”. Era la segunda vez en el día que escuchaba lo mismo. Hizo oídos sordos y colgó.  “Me daba mucho miedo asumir que me estaba ganando ese premio, y preferí pensar que algo había salido mal con el artículo mandado a El país o que la computadora estaba fallando. Sentía miedo, y sabía que un premio como éste trae polémicas”. El teléfono volvió a sonar. “Elenita, por favor es tercera vez que le digo lo mismo, conteste”, insistió el ministro de Cultura español, José Ignacio Wert.




El 24 de abril el Paraninfo de la Universidad Complutense de Alcalá de Henares estaba repleto. escritores, intelectuales y prensa de todo el mundo esperaban ver cómo Elena Poniatowska recibía el premio más importante de la literatura hispana y 125 mil euros.




Ese día, Elena sólo tenía dos preocupaciones: contar bien el número de escalones para llegar hasta el podio y cómo se vería en ese traje rojo y amarillo bordado por las indias de Oxaca, especialmente para la ocasión. Esa noche tenía que verse estupenda, estarían sus tres hijos, diez nietos y doce amigas. “Poco menos me faltaron los dos gatos, el perro y el perico que me fueran a ver. El Cervantes es un premio de viejos y me dio gusto ser la única en recibirlo a pie. El resto llegó en silla de ruedas”.




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Héléne Elizabeth Louise Amelie Paula Dolores Poniatowska Amor nunca supo que su madre era mexicana hasta que llegó desde París en 1942, en un barco de refugiados de guerra. Hija de un general franco polaco y una madre mexicana que nunca habló el idioma. Los coqueteos con el español comenzaron como todo lo bueno en su vida; en la calle y en la cocina. Magda, su nana, la hizo conocer lo que no sabía que existía y le enseñó a hablarlo. En este extraño mundo europeo, que poco sabía del México de su nana Magdalena, la Poniatowska creció.




Junto a su hermana Kytzya las mandaron a estudiar con monjas a Filadelfia y a Nueva York. A México volvió en 1954 y el periodismo lo conoció sin estudiar. Una vez, con la libreta en mano, se acercó a Paula su madre, y le dijo “quiero que me hables de tu vida mamá”. Ella, asustada, conversó con los amigos del Excélsior para que la dejaran escribir. Tenía 17 años. Su primera entrevista fue a Diego Rivera. La acompañó la mamá, que temía dejar a la niña con el hombre que había pintado varias veces desnuda a su tía, la poetisa Pita Amor. “Yo le preguntaba puras bobadas, porque no sabía qué decirle a ese señor y le dije que por qué tenía los dientes tan chicos si su cabeza era tan grandota. Para comerme a las güeritas preguntonas”, explica que le respondió el muralista.




Desde ahí, nunca paró. Más de setenta publicaciones, traducidas al alemán, francés e inglés, le mostraron que las bobadas que preguntaba, era lo que el mundo quería escuchar. Describió a México y la realidad de sus mujeres. Salía de picnic con Gabo y su amigo Carlos Fuentes. La premiaron con más de 30 galardones, incluyendo el Gabriela Mistral, que le entregó la Embajada Chilena en ese país. “Es que yo no sé por qué me dieron ese premio a mí”.




No quiere que hablemos de su pasado, porque es poco “mexicano”. Bosteza y cierra los brazos cuando se le pregunta por sus éxitos o las entrevistas de Oriana Fallaci. “Ahorita, no me gusta nada hablar de mí. Soy demasiado previsible. Quiero decir otras cosas. No tiene nada interesante la conversación con una pinche intelectual”, se ríe.




Dice que está aburrida que siempre le pregunten lo mismo y que le agobia entrevistar a políticos o actores. “Te tiran un rollo que ya tienen ensayado. Hablan como un globo que les sale de la boca, como los monitos llenos de palabras… ¿Y tú tienes que recoger todo eso no? Se describen a sí mismos con muchísima complacencia y nunca dicen lo malo que hacen, no más lo bueno. ¿No te has fijado? Pero por ejemplo sí me gusta entrevistar científicos, porque siento que ellos son mucho más apasionados por lo que hacen que sí te hablan del mundo desconocido”.




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 —¿Usted se casó con uno de ellos?

—Me casé y me vengué. Casarme fue mi venganza, porque a él le caían mal las periodistas.




Bromea, sobre su relación con Guillermo Haro, su marido, fallecido en 1988 y uno de los astrónomos más famosos de México y a quien le dedicó su libro La piel del cielo.




Monsi y Vais son los gatos de Elena, se llaman así por su amigo, el filósofo Carlos Monsiváis. Elena los rescató en uno de sus viajes a Tomatlán, cerca de Jalisco. Monsi es negro con blanco y atigrado. Se pasean por los sillones amarillos de la casa de Chimalistac, saltando de un lado para otro. “Martinita, no seas malita, mira cómo están estos animales, es que estos gatos son muy encimones”, le grita a la nana Martina, de Oxaca, quien entra en acción, echa a los gatos y le trae a Elena uno de los tecitos de su colección.  Monsi se arranca, Vais se queda junto a ella. “Tú estás bien Vais, tú te puedes quedar aquí”, le dice.




—¿Una vez comentó que a la gente le gusta hablar mucho de sí misma? 

—Ya le dije que no le quiero hablar de famosos.




—Le pregunto por las riquezas que encuentra en la historia de la gente común y corriente, como lo que hizo en Todo comenzó un domingo, dónde saltó a la fama con la idea de contar historias, de lo que hacía la gente el domingo. ¿Dónde encontró esas historias?




Los ojos de Elena comienzan a iluminarse como si lo suyo de verdad fuera lo simple. A eso le pone atención. Aprovechamos la emoción y a conversar de experiencias ocurridas, de porras afuera de una iglesia y la conversación con una señora y su hijo enfermo. “Qué divino eso que me contó. Me conquistó con eso”, dice.




“El periodismo tiene que ver con la disposición a conversar, al final eso es lo importante. Haces los descubrimientos y encuentras unos relatos de vida que son fuera de serie. Tienes que ir a esos lugares donde pasan cosas, ahí vas a encontrar lo inesperado”, dice esta mujer que sonríe fácil, pero sin reírse. Lo hace por dentro y se le nota. Le gustó la historia y queda pensando. “Yo creo que es suerte que te pase un momento así. Porque ¿eso no le pasa a todo el mundo no?




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—¿Le ha servido eso en el periodismo?

—Sirve para denunciar, de indignación, pero también para conseguir cosas y ayudar a la gente. Yo tengo un libro que se llama Hasta no verte Jesús mío (1969) que habla de historias simples. Estuve yendo mucho a la cárcel, y ahí es donde te hacen unos relatos de vida tremendos. La gente en situaciones límite te dice cosas que seguramente nunca dirían en situaciones normales. Eso es una aportación a revistas o periódicos, pero también a la vida de la gente, porque van mucho más allá de lo que se dice normalmente. Eso no pasa con los políticos. O sea yo no sé, supongo que nunca a los políticos les afecta nada de eso, porque si les afectara no robarían como roban. Ellos bajan y construyen un muro de piedra y no hay quién los traspase. Se vuelven totalmente inaccesibles y su corazón una noche de piedra.




—¿Le da rabia?

—En México hay mucha indiferencia a la pobreza o al dolor. Aquí es donde más se matan mujeres y donde más asesinan periodistas. Si tú quieres que te maten, vete a la frontera norte. Allá en Chile no pasan esos horrores como pasan acá, yo creo.




“Los chilenos son más tiesos y formales, como que las cosas tienen que ser de un determinado modo”, dice sobre recuerdos de su estadía de cuatro días en el país, en 1976, donde según Elena todo funcionaba de maravillas. Citando a Carlos Fuentes, dice que en Chile se habla el mejor español del mundo.




—¿Cuál es el ADN de las mujeres latinoamericanas?

—La maternidad, todas las mujeres saben lo que es eso. Cuidar y cargar a un hijo. Después toca preguntarse, qué tienen en común ellas con una Bachelet o con una Dilma Roussef. Yo creo que las mujeres que tienen poder esconden mucho, porque de seguro frente a alguien así sienten vergüenza de vivir como viven: una casa buena, lindos muebles y con flores, y pensar que la otra anda vendiendo por las calles y que si no vende no come.




—¿Qué armas necesitan las mujeres?

—Las mujeres de Chiapas a raíz de la revolución zapatista dijeron que quieren escoger al hombre por su mirada, porque antes las cambiaban por un garrafón de alcohol. Todo eso se ha transformado desde 1994 a raíz del movimiento zapatista. Dijeron que tendrían a los hijos que podrían tener. No llenarse de 25 chavos.




—Y con padres que arrancan…

—Eso es una ley en América Latina, la regla. Aquí los hombres son de “pisa y corre” como los gallos. Van, ven una gallina, le hacen un huevo, después ven a otra y están allá. La cantidad de madres solteras es súper grande, también el número de padres irresponsables. Las mujeres en México son como el “resistol”, un pegamento que se hace con harina. Mantienen unido al país y la familia. Hablo de trabajadoras, de las de clase baja y las de clase media. Esas mujeres son las que hay que apoyar para que puedan decidir cómo quieren vivir su vida, cuántos hijos quieren tener.




—Pero usted es católica y apoya al aborto. ¿Eso no le ha causado problemas?

—¡Pues claro! ¡Es que todo causa polémica… Todo lo que yo hago ha sido muy criticado!




—¿Y por qué es eso?

—Hay mucho convencionalismo, una sociedad muy crítica y cerrada. A todos nos hacen como los cangrejos, nos jalan de la espalda y nos hacen nomas caminar para atrás.