La cabeza de Roberto Saviano, autor de Gomorra, tiene precio. Los mismos clanes de la mafia italiana que denunció lo obligan a pasear desde el 2006 con escolta policial. Pero no lo amedrentaron. CeroCeroCero (Anagrama, 2014), su nuevo libro, habla de cómo la cocaína gobierna el planeta. La explicación es a la vez simple y terrible: las burguesías del narcotráfico actúan como el lado B del capitalismo, un mercado inmune a las crisis económicas, apoyado por una red de corrupción que parte con policías en las calles y llega hasta los bancos mundiales. En el ecosistema descrito por Saviano, los océanos se vuelven rutas comerciales por las que transitan toneladas de coca en barcos y submarinos; en vez de países y gobiernos hay familias y capos que controlan el mundo: el imperio de Pablo Escobar en los ’80, el Cartel de Sinaloa en México y, en Europa, la ‘Ndrangheta italiana y las mafias rusas.

No por nada los mejores dramas de la televisión (Los Soprano, The Wire y Breaking Bad) abordan de una u otra forma el narcotráfico: hay cierta idolatría por quien logra burlar al sistema. Pablo Escobar despierta en Colombia tanto terror como admiración y la moral de Walter White tuvo durante cinco temporadas a sus espectadores entre el amor y el odio. Así es el juego: la mafia se vuelve la vida de quien se involucra en ella. Las reglas de honor son la única ley, y la muerte, una de las variantes del tablero.

Saviano lo sabe bien. A lo largo del libro vuelve sobre su propio deseo de revolver la basura. Los personajes que han actuado de doble agentes merecen su mayor atención. Kiki Camarena, el primer agente muerto de la DEA que ayudó a localizar El Búfalo, la plantación de marihuana más grande de los ’80, muerto y torturado de manera brutal por soplón. Bruno Fuduli, parte de la ‘Ndrangheta italiana quien, luego de volverse un informante de la policía, se involucró nuevamente en el narcotráfico aduciendo que su colaboración lo había arruinado económicamente. Quizá lo que más perturba a Saviano es ese heroísmo no solicitado por nadie al que él y otros se han arrojado, con la consecuencia trágica de que sus denuncias no cambian nada más que sus propias vidas. Porque por cada capo de la droga muerto, se alzan otros cada vez más poderosos y crueles. Y por cada mártir que devela la verdad, aparecen otros también, pero arrodillados ante el mundo, con vidas amenazadas, escoltados por la policía.