“Llegará el día en que Blanes sea conocido en el mundo como el hogar de Roberto Bolaño”, dijo el escritor Enrique Vila-Matas en 2003, cuando el mundo literario aún no podía digerir la repentina partida del autor de Los detectives salvajes en el hospital Valle de Hebrón de Barcelona. Ni el mejor vidente lo habría hecho mejor. Hoy, parte importante del turismo que llega a este rincón de costa brava, viene en busca de las huellas del célebre escritor chileno que ahora tendría 62 años.

Narcis Serra lo sabe mejor que nadie. Desde la cantautora Patty Smith —quien calificó 2666 como la primera obra maestra del siglo XXI— hasta estudiosos de las mejores universidades del mundo, pasando por potenciales escritores y fanáticos lo buscan para hablar del universo Bolaño. Para él, cada encuentro es una gran ocasión para honrar una amistad que lo marcó para siempre. No recuerda cuando fue el primer día que lo vio entrar a su video club “La botiga de Serra”, pero atesora las conversaciones que tuvo con el creador del Movimiento Infrarrealista con un cariño que no intenta disimular.

“Ahora es todo un rockstar y creo que eso le provocaría mucha risa. No me imagino otra reacción al ver lo que se ha generado a su alrededor, especialmente porque las que más vienen son mujeres. No creo que hiciera más que eso. La fama no tuvo efecto alguno en él, hasta su muerte siguió siendo el mismo que conocí y era un ‘don nadie’ con gran sentido del humor. Cuando recién empezaba a hacerse conocido, lo invitaron a dar una charla a una universidad y nosotros comenzamos a interrogarlo sobre qué iba a decir, cómo se preparaba. El nos miró, levantó los hombros y las manos y dijo ‘bueno ahí les invento un cuento”. Así era él, no le daba mucha importancia a esas cosas”, recuerda, desde un café ubicado en la playa de S’Abanell, mientras mira hacia el Mediterráneo al que Bolaño solía referirse “mi mar favorito en el mundo”.

Corría el año 1985 y Roberto dejaba Gerona para instalarse en la zona de Los Pinos, donde su madre Victoria tenía una tienda de bisutería. La fotógrafa Anna Caballero recuerda bien cuando llegó, eran tiempos en que la inmigración era básicamente de otras regiones de España y no había muchos latinoamericanos. “Todos nos conocíamos. Ella tenía el pelo colorido y era muy alegre, hablaba con todo el mundo. A diferencia de él que era retraído y tímido. No hablaba con nadie más que sus amigos que eran casi todos drogadictos y que se juntaban alrededor de la iglesia. Si no andaba leyendo por algún rincón, como en otro mundo”, rememora.

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En eso, Serra coincide plenamente. “Siempre andaba con el cigarrillo en la boca y un libro en la mano, incluso para ir al cine o cuando estaba afuera del colegio esperando a su hijo Lautaro. Una tarde que vino a devolver una película me dijo voy a dedicarme a escribir o ‘ voy a morir de hambre’. Ya estaba cansado de hacer trabajos que no fueran de escritura”, cuenta, al tiempo que enfatiza que aún queda mucho por hacer en su memoria. “Era fanático de los juegos de estrategia y hablamos de las grandes guerras mundiales. Cuando leí La literatura nazi en América me di cuenta de que muchas de las cosas que hablábamos las usó ahí. Blanes ganó mucho con él. Nos puso en la mapa. Lo que no entiendo es cómo no lo explotan más. La misma Patty Smith que viene siempre se ofreció a hacer conciertos por la ciudad, clínicas musicales, pero hay mucha burocracia. Por eso hay una sola sala de la biblioteca que lleva su nombre. Son cosas que uno no entiende”, exclama, convencido de que algún día el gran edificio que alberga el patrimonio cultural de la ciudad terminará llevando su nombre.

En 1999, cuando la ciudad lo distinguió como el pregonero de la fiesta más popular de Blanes, el autor de Estrella Distante pronunció un emotivo discurso —incluido en el libro Entre Paréntesis— en el que no olvidó a sus amigos. “Narcis es una de las personas con mejor humor del pueblo y también una persona buena, con quien pasé tardes enteras comentando películas de Woody Allen o hablando de thrillers que sólo él y a veces Dimas Luna habíamos visto”.

Cuando recuerda ese momento, Dimas Luna se emociona. El tramonto hace que el mar se confunda con el cielo y la nostalgia se apodera de sus palabras. “Si Roberto viviera estaría ahora sentado en una de las mesas tomando un té o una manzanilla con un libro, una revista o el diario”, cuenta, desde el bar del Hotel Horitzó en el paseo marítimo, donde tantas veces caminó junto al poeta. Ahí, parte por negar cualquier versión de excesos. “Desde que lo conocí nunca lo vi tomar. Quizás alguna vez una caña (cerveza) pero más que eso jamás. Parece que se excedió mucho de muy joven. Tal vez por eso era hogareño y no se metía con nadie. Le gustaba mucho el estilo de vida de acá. La verdad lo único que quería era vivir de la escritura porque la pasó muy mal. Si poco faltó para que saliera de Chile (1974) en un cajón”.

En esas interminables tertulias primero en el bar Gran Dimas y luego en el restorán Tomi, el escritor abrió las puertas del pasado sin tapujos. “Roberto decía que era un borderline que estaba a un paso del abismo y que la escritura era su tabla de salvación. Era un sátiro que se reía de sí mismo. Siempre nos contaba cómo le había costado no ser de ninguna parte”.

“Un día le dedicaron una página entera en el diario El País y como ambos éramos muy futboleros, del Barcelona y admiradores de la filosofía de Johan Cruyff, yo le decía ya estás jugando en primera división con Gabo y Vargas Llosa, pero él sólo atinaba a decir ‘yo con esa gente no me veo’. Así era, un tipo entrañable, lo extraño mucho”, dice Luna, y mira hacia una de las mesas vacías donde estaría su amigo leyendo si es que no hubiera sido RH negativo, el tipo de sangre más difícil de conseguir para cualquier tipo de transplante. “La última vez que hablé con él fue el 24 de junio y me dijo lo que siempre decía ‘confío en la seguridad social’, pero el hígado nunca llegó”.

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Según escribe el crítico del diario El País, Ignacio Echevarría en su libro Bolaño extraterritorial, la clave del éxito de hoy se encuentra en esos años en los que disfrutó del anonimato, la lectura y la creación sin más presión que la de llegar a fin de mes con las cuentas. “Durante este período hay que suponer que se acumularía la energía formidable que se despliega a partir de 1994”. En la ruta que el ayuntamiento abrió para los diez años de su muerte, los visitantes pueden hacer el camino que el escritor hacía a diario. En total son 17 paradas que siguen la cronología del autor, desde la estación de trenes a la que llegó en 1985 procedente de Barcelona hasta su último estudio ubicado en la rambla Joaquim Ruyra número 32, pasando por la vivienda familiar, el paseo de la Marina y la librería Sant Jordi, entre otros puntos. Se trata de un paseo en el que la generosidad catalana brota a raudales. No hay nadie que no detenga sus actividades para recordar a este adoptado hijo ilustre que quiso que sus cenizas fueran esparcidas en la bahía de la comarca.

Hoy los bolañistas son cientos de miles, quizá millones, y se mueven por los espacios más insólitos. El interés va más allá de sus obras, quieren conocer los detalles de la intimidad del medio siglo que pasó en esta tierra y sobre todo de esos años en Blanes. Porque Bolaño sigue vivo allí y también lo estará en el cine, con la adaptación de su obra más emblemática, Los detectives salvajes, ganadora de los premios Herralde y Rómulo Gallegos. Según la revista Variety, la productora Canana, de los actores mexicanos Gael García y Diego Luna, llegó a acuerdo con Carolina López, su viuda, para llevar a la pantalla grande la historia de Arturo Belano y Ulises Lima. También hay tratativas de la cineasta Valeria Sarmiento para filmar su novela La pista de hielo. El guión estaría a cargo del escritor Alan Pauls y el protagónico estaría a cargo de Benjamín Vicuña.

La literatura de Bolaño: www.letras.s5.com/archivobolano.htm