Alicia Urrutia Acuña —sobrina de Matilde, la mujer de Neruda—, fue el último amor del Nobel de Literatura. Mantuvieron una relación clandestina que fue descubierta por la esposa y que después de muchos años develaron en sus libros escritores como Volodia Teitelboim, Jorge Edwards y la periodista Inés María Cardone, en Los amores de Neruda. Pero Alicia siempre guardó un silencio inquebrantable respecto de esa historia, que sólo rompió una mañana de julio de 2012 en que llegó hasta la oficina del ministro de la Corte de Apelaciones Mario Carroza, en calle San Antonio de Santiago. En el marco de la investigación judicial que lleva a cabo el magistrado, que busca determinar la causa de muerte del poeta, hace dos años quiso testificar y por primera vez contar parte de su verdad. Tenía 88 años y vivía en Arica junto a su hija Rosario. 

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Alicia era hija de Francisco Urrutia, hermano de Matilde, y de Rosa Acuña. Todo comenzó cuando ella tenía 29 años y una hermosa hija pelirroja de apenas dos. En aquella época, Neruda tenía 59.

Lo contó ella misma ante el juez:

“En el año 1963 y por problemas con mi marido fui invitada junto a mi familia a vivir a la casa de mi tía ubicada en el barrio Bellavista. En dicho lugar se produce la separación definitiva de mi marido, quedándome con mi hija Rosario. A los pocos meses, nos trasladamos a la casa que Matilde y Pablo tenían en Valparaíso. Debo indicar que ellos prácticamente vivían en tres casas que poseían, a lo que debe agregarse que en esa época viajaban por todo el mundo, permaneciendo poco tiempo en Chile…”

“…El año 1964 mi tía me solicitó que le ayudara a confeccionar sus vestidos de fiestas de gala, ya que yo era modista, motivo por el cual me pide que trabaje para ella, trasladándome hasta la casa de Isla Negra junto a mi hija, comenzando a vivir con ellos en Isla Negra, donde le era más fácil probarse la ropa que le confeccionaba, ya que dicha casa era más amplia, sumado a que ésta era donde permanecían la mayor cantidad de tiempo…”.

Una mujer mayor, sencilla, delgada, con el pelo corto ondulado y con esa candidez de las personas de provincia. Alicia llegó a la oficina del magistrado Carroza acompañada de su hija Rosario, muchas veces fotografiada siendo una niña con Neruda, que la quería tanto. En 2012, la pelirroja tenía 51 años. 

El último amor de Neruda contó ante la Justicia la forma en que ella y su hija vivían en Isla Negra y se relacionaban en esa casa con Neruda y Matilde: “Me prepararon un dormitorio con un baño y un taller de costura. Debo indicar que no necesariamente permanecía todo el tiempo en ese lugar, ya que circulaba libremente por toda la casa, al igual que mi hija Rosario, toda vez que éramos parte de la familia y nos consideraban para todos los eventos que se organizaban en esa casa”.

No era una clásica relación entre una ayudante doméstica y sus patrones, efectivamente. Una fotografía de 1965 revelada en el libro Los amores de Neruda, muestra al escritor, Matilde, Alicia y la pequeña Rosario junto a un grupo de personas en el matrimonio de Rafael Plaza, ‘Rafita’, el carpintero de Isla Negra. El poeta y su esposa eran los padrinos y Alicia aparece junto a su niña en la otra esquina. 

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Matilde controlaba el mundo de Neruda, según relata la periodista Inés María Cardone en Los amores de Neruda: “La experimentada Matilde llevaba ya largos años de convivencia con Neruda. Primero, como amante clandestina en la época de Delia del Carril y luego, como su legítima esposa. Nada parecía turbar la tranquilidad de Isla Negra y menos todavía la de Matilde. Pero cometió un grave error: confiar”. La tercera esposa del autor no se imaginó jamás lo que estaba sucediendo en su propia casa desde hace algunos años. Hasta que lo descubrió ella misma a fines de 1970.  

Lo relató Teitelboim en su libro Neruda:

“(Matilde) se encontró un día con un cuadro que no era exactamente una naturaleza muerta. Era demasiado vivo, un episodio en cueros, semejante al que produjo la ruptura del matrimonio Neruda-Hormiga, pero esta vez con un personaje distinto. Y los papeles parecían cambiados. Pues no era ella la que ahora ocupaba la cama como vino al mundo, sino una joven a quien había llevado a Isla Negra a vivir como familiar, para que la ayudara con el arduo trabajo doméstico y tener a alguien con quien conversar en confianza…”.

“…Pablo se aficionó a esa segunda mujer que se movía silenciosamente por la casa aislada junto a la playa. Parecía cariño de padre. Y oficiaba un poco de abuelo. Porque ella trajo a su hija, una pequeña pelirroja, que asistía a la escuela primaria del lugar. Dibujaba, a juicio del poeta, tan bien, que decidió convertir uno de sus monos infantiles en la portada algo chillona de una voluminosa antología de su poesía…”.

En la primera versión de su libro, Teitelboim apenas había sugerido lo que sucedió a fines de los ’60. Recién con la muerte de Matilde en 1985, el escritor comunista entregó todos los detalles de esa mañana en que Matilde descubrió en primera persona la infidelidad de Neruda con su sobrina directa: “Introduzco unas pocas líneas más explícitas dos años y medio después de la muerte de Matilde. Ahora este recuerdo no puede dolerle”, explicó.

Teitelboim cuenta que poco después de la escena de Isla Negra, visitó a su amigo el domingo 8 de noviembre de 1970, pocos días después de la proclamación de Salvador Allende como Presidente. Llegó hasta La Sebastiana, en Valparaíso, cuando observó que “Matilde reprendía a su marido con risa violenta y palabras fuertes”. “Apenas entré –escribió Teitelboim– junto a Neruda con cara de niño culpable, sorprendido comiéndose el dulce a escondidas, comenzó a acusarlo”:

—Te diré que tu amigo no es un santito. Se ha metido con mujeres sucias y ahora está enfermo de la parte correspondiente. Y no sana. Por donde pecas, pagas.

—No sea exagereda, Patoja. No hable así, contestaba Neruda, según Teitelboim.

Los tres fueron a Viña del Mar, junto al editor Gonzalo Losada. En un momento, Neruda se quedó a solas con su amigo Teitelboim y le dijo: “Yo tengo que poner distancia. Salir por un tiempo, pero al servicio del gobierno. Creo que debo ser embajador en Francia. Convérsalo con los compañeros. Y si están de acuerdo, que se lo propongan a Salvador”.

Fue el inicio de la misión de Neruda en Francia que tenía un trasfondo puramente sentimental: alejarse físicamente de Alicia y mantener su matrimonio con Matilde, que había amenazado con dejarlo y marcharse a México. En marzo de 1971 se radicaron definitivamente en París: había sido una condición de Matilde: “¡Un océano de por medio!”, según relata Los amores de Neruda.

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Apenas la sorprendieron junto al poeta, la joven Alicia había sido expulsada de la casa de Isla Negra junto a su hija Rosario. “Matilde se indignó cuando los descubrió juntos y en la cama. Contrató un camión y envió todas las cosas de Alicia a Santiago, a casa de Francisco Urrutia, su padre”, contó la amiga de Matilde, María Martner, a la periodista Inés María Cardone. 

Alicia Urrutia, sin embargo, no contó detalles ante el juez Carroza: “No recuerdo la fecha exacta, pero a finales de 1970, debido a que don Pablo y mi tía debían viajar a París, ya que don Pablo había sido designado embajador de Chile en Francia, es que decido irme de la casa de Isla Negra junto a mi hija, mudándome a la casa de mi hermana Camila en Santiago, ya que recuerdo que pasamos las fiestas de fin de año junto a ella”.

El océano de distancia no fue suficiente para aplacar la relación entre Neruda y Alicia. El escritor Jorge Edwards, en su libro Adiós poeta, relató lo que sucedía en Francia mientras él era secretario de la embajada: “Apenas nos instalamos en París, (Neruda) me advirtió que yo recibiría cartas, con mi nombre y con la dirección de manuscritos en una caligrafía determinada, y que estas cartas, que eran para él, desde luego, no para mí, debería entregárselas con la máxima discreción. Las cartas empezaron a llegar con regularidad, a razón de una o dos por semana”.

Nada se supo de esas cartas hasta que el historiador chileno Abraham Quezada, especialista en la dimensión epistolar del poeta, en 2004 publicó en las notas de pie de página de su libro Epistolario viajero una misiva de Alicia a Neruda: “Esta carta viene a comprobar décadas de especulaciones en torno al último amor de Neruda. Es una carta de una persona muy enamorada que a pesar de la separación impuesta, da cuenta de que el amor entre ellos siguió siendo muy fuerte”, señala el autor. 

La carta tiene fecha del 5 de julio de 1971, actualmente está en posesión de la Fundación Neruda, y dice textualmente:

“Pablo amor quisiera que esta carta llegara el día 12 de julio día de tu cumpleaños. Pablo amor que seas feliz amor.

Todas las horas del día y de la noche estés donde estés y con quién sea, sé feliz, te recordaré, pensaré en ti alma mía. Mi corazón está tivio de amarte tanto y pensar en ti. Amor amado, amor te beso y acaricio todo tu cuerpo amado. Amor amado amor amor mío amor. Tu Alicia, que te ama, te ama”.  

Alicia reconoció ante el juez Carroza que el intercambio epistolar continuó luego de la partida de Neruda y su mujer a París. En su declaración judicial señaló: “Una vez que ellos viajan a Francia, yo continúo en contacto con don Pablo, ya que siempre me escribía, contándome lo que le ocurría, sobre todo aquello relacionado con su enfermedad y de lo que lo aquejaba, enterándome por esta vía que iba a ser operado en un hospital de París, de un cáncer prostático”.

El magistrado Carroza estaba interesado específicamente en el estado de salud de Neruda, por lo que Alicia le contó detalles de lo que el poeta le señalaba: “Recuerdo que me contó que lo debieron operar en más de una oportunidad y al parecer consultaría médicos en Rusia, ya que no había quedado del todo bien, enterándome que esta enfermedad lo tenía en muy mal estado de salud, lo que en definitiva provocó que tomaran la decisión de regresar a Chile. Recuerdo además que el gobierno le brindaría un homenaje oficial por haber recibido el Premio Nobel, lo que se postergó en más de una ocasión, hasta que en definitiva ello se efectuó en Santiago a finales del año 1972”.

Alicia, con 38 años, observó el homenaje desde lejos: “Asistí a acompañarlo, sin estar en contacto con él”, dijo ante el juez Carroza.

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Los contactos se mantuvieron desde noviembre de 1972, cuando Neruda volvió definitivamente a Santiago, con su cáncer en estado avanzado. Alicia lo contó: “No recuerdo la fecha exacta, pero una vez que regresó a Chile, a los días después, me reuní con él en la ciudad de Valparaíso, en el hotel Miramar, en una oportunidad que asistió al hospital de dicha ciudad, donde le estaban efectuando un tratamiento para su enfermedad (…) Esa vez lo vi muy, muy enfermo, con muchos dolores, caminaba con dificultad, él trataba que nadie se diera cuenta de su mal estado de salud, pero era tan evidente lo que estaba padeciendo, que aunque tratara de esconder sus dolores, se veía en malas condiciones. Le pedí que se cuidara, ya que lo vi en pésimas condiciones de salud, temiendo que pudiera pasar algo más grave”.

Neruda y Alicia se vieron muchas veces: “Las visitas que he relatado se repitieron en varias oportunidades, siempre en el hotel Miramar de Valparaíso y en algunas de ellas lo acompañé al hospital, haciendo presente que a medida que pasaban los meses lo veía más complicado de salud. En otras oportunidades recuerdo que el médico lo visitaba en el hotel y tengo la memoria de haberlo visto muy delgado, a diferencia de cómo era él, más bien un tipo robusto”, señaló Urrutia en su declaración judicial de 2012. 

Se vieron por última vez “en los últimos días del mes de agosto de 1973”, según relató Alicia. “Fue la última vez que estuve con don Pablo, en la ciudad de Valparaíso. Recuerdo que esa vez lo vi muy deteriorado, presumí que algo le podía ocurrir (…) Me confidenció que no tenía contemplado salir de Chile y que su deseo era morir en su tierra (…) Don Pablo me tenía mucha confianza y en ese sentido personalmente pude advertir el delicado estado de salud en el que se encontraba los últimos meses de su vida, sin que él me manifestara que tuviera temor de que alguien atentara en su contra”. El poeta murió el 23 de septiembre de ese año, doce días después del Golpe de Estado.

Fue el último encuentro de Neruda con la mujer a la que amó profundamente y que lo inspiró entre 1969 y 1970 a escribir La espada encendida

“Rhodo, pétreo patriarca, la vio sin verla, era

Rosía, hija cesárea, labradora

Ancha de pechos, breve de boca y ojos

salía a buscar agua y era un cántaro

salía a lavar ropa y era pura (…)

Rhodo la destinó, sin saberlo, al silencio”.

Alicia guardó silencio por décadas. Sólo lo rompió en parte esa mañana de julio de 2012. Acompañada de su hija Rosario —que también prestó declaración— el último amor del poeta Pablo Neruda contó que se enteró de “la muerte de don Pablo por lo que apareció en la radio y por las publicaciones de prensa de aquella época”. Relató que no quiso participar de su funeral, “por razones personales”. Matilde Urrutia, la tía, jamás lo habría permitido.

Desde hace dos años, se perdió el rastro de Alicia. Nadie sabe si ella o su familia llegó a conservar las decenas de cartas que el Nobel le mandó desde París. Es un secreto que guarda en la más extrema reserva a sus 90 años, cumplidos el pasado 5 de octubre.