En el departamento del escritor Pablo Simonetti abunda la luz, los libros y una sensación de confort. Su escritorio mira hacia una gran ventana y a su derecha se abre el comedor presidido por un cuadro del artista José Pedro Godoy, su compañero desde hace cuatro años. Es un jardín de fondo negro con flores encendidas y sensuales: alstroemeria nativa, puya venusta, escalonia rubra y un don Diego de la noche, que sólo se abre cuando la luz se va. Las flores del jardín de Zapallar, pintadas por José Pedro, como regalo para Pablo en sus 50. 

No está José Pedro. Está en su taller trabajando, de lunes a viernes, de diez a ocho. Durante el día, el departamento es territorio del escritor, quien también sigue una exigente rutina.

Hace diez años publicó su primera novela, Madre que estás en los cielos, que lo consagró como un autor respetado, de grandes ventas y de un alto perfil público. Ahora sus libros se han vuelto tan populares que hasta se publicitan en el transporte público. Y su voz se escucha también en defensa por la igualdad de derechos de la diversidad sexual y la lucha contra la discriminación.

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Pablo toma la edición recién impresa de jardín, su quinta novela. “Mira lo bonita que quedó”, dice. En la portada un jardín frondoso pintado por José Pedro. Y en su interior, flores. Algunas de ellas son de árboles que heredó de su madre, como la camelia rosada que ilustra el inicio.

“Esta historia es hija de Madre que estás en los cielos. Ese mundo narrativo ha estado presente en todos mis libros desde Vidas vulnerables (1999) hasta La soberbia juventud (2013), pero especialmente en esta última donde vuelvo a tratar el tema de la madre, la familia, el jardín y la casa como lugares de pertenencia. Al principio pensé que era un relato sobre familia y poder, pero luego me di cuenta de que sigo aún en el ciclo de la identidad”. 

Dice que todos sus libros hablan de personajes en conflicto con su identidad. “La protagonista de Madre que estás en los cielos, Julia, es una mujer que a través de sus hijos termina aprendiendo quién es ella y alcanza cierta paz existencial al final de su vida. En La razón de los amantes (2007) a Manuel le ocurre más o menos lo mismo: al aparecer Diego es capaz de ver una dimensión de sí mismo que no había visto antes. La protagonista de La barrera del pudor (2009), Amelia, adquiere a través de la separación y de la experimentación sexual una identidad de sí misma que no estaba del todo perfilada. En La soberbia juventud, Felipe cree que por el solo hecho de decir ‘este soy yo, soy homosexual, enfrento al mundo con la cabeza en alto’, va a tener todo a sus pies, y no sabe que debe aún superar muchas otras cosas, la dimensión de crecimiento es su trato con los afectos, con sus afectos familiares”.

Jardín nació antes de publicar La soberbia juventud. “El año pasado me llamaron para decirme que estaban demoliendo la casa de mi infancia. Después, un amigo me contó que había visto El jardín de los cerezos, de Chéjov, y me acordé de la obra: una familia de clase aristocrática que no es capaz de hacer nada frente al inminente fin de su mundo, van a rematar su jardín de cerezos, lo van a perder, y ellos siguen en la fiesta, riéndose, incapaces de salvar lo que les importa. Pasó un tiempo y tuve una peleíta con mi hermano, como las que uno tiene con sus hermanos. Entonces, esos tres momentos armaron la novela. La realidad es que teníamos una casa familiar, en la que mi madre vivía, y llegó una inmobiliaria a comprar el barrio completo. Y tuvimos esas dudas que están en la novela… No la indolencia de El jardín de los cerezos”.

—¿Cuando se vendió tu casa de infancia, tu madre estaba viva?

—Sí y vivía en esa casa. En la calle El matico, en Vitacura. En la novela no puse el barrio, porque esto le puede pasar a cualquiera, en cualquier barrio, en cualquier ciudad. El hambre de las inmobiliarias anda suelta en todas partes de nuestro país. Literariamente, la lucha es entre el espacio de identidad, el jardín que es el jardín que tú habitas, el interior que todos tenemos, enfrentado al estímulo del mercado. Son choques entre espacios que son incompatibles y que generan tanto dolor. jardín es un drama de familia, donde se analizan las estructuras de poder internas, que son siempre normas no dictadas, pero que influyen hasta en lo más trivial. Desde quién es el que se para de la mesa a buscar la sal hasta la decisión final sobre si la casa se vende o no. Ese pensé que iba a ser el territorio de la novela, pero finalmente, el jardín se volvió un lugar de identidad y por eso después, en la edición, le di más prioridad a las descripciones del jardín y a los momentos de la madre con el hijo en ese jardín. 

—Describes los ojos de la protagonista: “… estaban poseídos por una tristeza compasiva. Y si alguna vez los vi contrariados, su protesta iba dirigida contra el orden mismo de las cosas”. 

—Es una cita al epígrafe, que saqué de El Gatopardo. Porque es también el fin de un mundo que estamos viviendo; hay formas de vida que definitivamente estamos dejando atrás: la convivencia cercana con la tierra, con el jardín. Y cuando Luisa Barbaglia, la protagonista, se contraría y se le nota en los ojos es por el orden mismo de las cosas. Ella tiene una mirada muy humana de las personas, no se enoja con la gente, porque nunca piensa que ellas en sí mismas son las portadoras de la maldad, sino que hay algo externo que influye de manera perniciosa en esa persona.

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—Y esta madre de jardín, ¿cómo se relaciona con tu madre?

—Mucho. Esta novela, como todas mis novelas, tiene bastante autoficción. El problema que vivimos como familia está ahí planteado y el contexto de la circunstancia también. Y lo hago ficción porque me da más libertad para acentuar lo que quiero decir. Todos los escritores lo hacemos; mentimos para decir la verdad de manera más clara o literariamente más expresiva. 

—¿Y tu madre salió sana de la casa?

—Mi madre salió sana de la casa. 

Pablo titubea. “Tres meses después de mudarse le encontraron un cáncer al páncreas y de ahí pasaron tres semanas hasta que murió. Cualquier persona pensaría que su cuerpo estaba incubando la enfermedad hace tiempo, que un cambio de lugar no tiene que significar un deterioro físico tan directo. Pero otra mitad del mundo podría pensar que situaciones tan dolorosas como ésta, pueden ser creadoras de enfermedades de muerte. Es un dolor arrastrado por los años. Siempre me pregunté por qué mi mamá se cambió a un departamento feo, poco luminoso, sin verde. Pensé que ella era una mujer en plena capacidad de tomar su decisión, que no tenía ninguna necesidad de irse pero que había circunstancias que hacían aconsejable que se fuera: iban a echar abajo las casas de al lado, e iba a vivir en un lugar abandonado. Pero diez años más tarde, me avisan: ‘Oye, tu casa la están echando abajo’, y dices: ‘Mi madre podría haber vivido estos diez años ahí’. Entonces, jardín es una historia muy cercana y la protagonista también. Mi madre fue paisajista, escritora de libros de paisajismo”.

Pablo se para y va a la biblioteca. Trae las obras de su madre. Muestra las portadas: “Este era el jardín de azaleas de mi mamá, y esta era la azalea salmón, su preferida”.

—¿Cómo toman tus hermanos el que te inspires en acontecimientos familiares?

—La reacción al principio es de estupor; de mucha emoción también, porque regresan a momentos de su vida. Habrá diferentes opiniones, personas que van a decir: “¡esto fue absolutamente lo contrario, no fue así!”. Siempre les aclaro que es una novela. Porque, finalmente, esto está inventado para generar un efecto narrativo. El problema es que cuando los efectos están bien logrados, generan a veces sentido de realidad. Primos o sobrinos, e incluso a veces mis hermanos, dicen: “bueno, porque mi mamá tal y tal cosa…”, y yo les digo: “Eso no es verdad”, y me contestan: “Pero cómo, si está en tu libro”. 

—La madre de jardín se refiere a su marido: “A César le gustaba que la camelia fuera sana, resistente, de flores abundantes y sencillas. No se avenía a la idea de criar plantas que requirieran de tantos cuidados, estaba orgulloso de que su casa tuviera un bonito jardín, pero como si se tratara de una pintura, no de algo vivo —me dijo, expresando sin querer, las diferencias que tuvo con mi padre en casi todos los aspectos de su vida en común”.

—Ahí está la complementariedad y la diferencia entre ella y su marido. Un hombre pragmático, que entiende el jardín como un telón de fondo. Hay muchas personas que viven así. Pero hay otros que sienten que aquello que les toca vivir, personas, lugares, espacios, compromisos, son parte de su identidad, y los cuidan como se cuidarían a sí mismos. Estoy sonando muy católico.

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—¿Por qué católico?

—Por “ama a tu prójimo como a ti mismo”. 

—No, estás sonando más a sicoanálisis.

—Bueno, me he sicoanalizado diez años.

—Está en tu mirada sobre la importancia de las preguntas y las respuestas abiertas, la necesidad de conocerse a uno mismo para poder saber dónde habitar y cómo habitar…

—Son preguntas que no tienen respuesta si es que uno no sabe quién es. El ejercicio de la identidad uno no puede abandonarlo nunca. Y por eso trabajo y lucho porque todas las dimensiones de la identidad sean reconocidas y respetadas, en ese sentido también está la parte política de lo que hago… pero no nos vayamos a eso, estoy mucho más entretenido con el libro.

—El ejercicio de la identidad te lleva primero a la escritura y después a la política. 

—De ahí nace. Me dediqué a escribir porque el reconocerme como una persona gay con plenos derechos y en igualdad de condiciones con los demás me significó que se me destaparan las cañerías vitales y que saliera mi vocación literaria. Yo había perdido todo rastro de vocación literaria en mi temprana adolescencia y la recuperé cuando me reconocí gay. Ahí empecé a decir “¡quiero escribir, quiero escribir!”. Me demoré como ocho o nueve años, trabajar en una terapia me ayudó para entender que ahí también estaba yo, el saber que no solamente se trataba de un reconocimiento de orden sexual.

—El narrador de jardín dice que trató de renunciar a su familia, pero que no fue posible.

—Cuando sientes un desgarro tan fuerte como el de Juan (el narrador), y yo lo he sentido alguna vez por otras circunstancias, uno dice: “Esto se acabó, ya no pertenezco a este mundo, y hago mi vida tal cual me plazca…”. Pero me doy cuenta de que la familia no es algo que uno pueda abandonar ni dejar, la familia va contigo a donde sea. 

—En Madre que estás en los cielos planteas a la familia como un territorio minado más que como un refugio.

—Yo siempre digo, por ejemplo, que mis hermanos, a los cuales quiero mucho, son unos estupendos hermanos puertas afuera. Si nos visitamos, si nos llamamos, si sabemos de la vida del otro, está todo muy bien, pero cuando la convivencia se vuelve un poco más intensa, inmediatamente aflora una estructura muy básica y volvemos a ser los niños que éramos a los pies de nuestros padres. Entonces, esa estructura tan básica está siempre tejida por resentimiento, por situaciones de vida que les pasan a todos, esa trama de poder y sumisión que, al menos así lo siento, resta libertad y libre albedrío; y en cambio, creo que uno puede quererse y acompañarse sin estar metiéndose en la vida del otro. A José Pedro, por ejemplo, le digo: “Oye, le voy a decir a mi hermano que…”. “¡No le digas! —me dice—,  ¿para qué?, si él ya tomó su decisión y ya”. 

—La protagonista le explica a su hijo: “Tú heredaste todas mis cosas buenas y mis cosas malas”. ¿Cuáles son esas cosas buenas y malas que sientes heredaste de tu madre?

—Lo más grande que heredé es su sensibilidad humana y artística. 

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—¿Y de tu padre?

—La inteligencia para los números y para enfrentar situaciones nuevas. Si no fuera por él yo no habría publicado ninguna de estas novelas, porque los libros son salir al mundo, son como las empresas a las que se dedicaba mi padre.

—¿Y tu madre desarmó su jardín, tal como describes en la novela?

—Sí. Al desenterrar ese jardín, mi madre estaba mostrando de la manera más elocuente lo que significaba el desarraigo, porque veíamos las raíces al aire. Una planta mirada a simple vista, resulta algo liviano, leve, bello, pero basta que la desentierres para que se convierta en un peso difícil de manipular y la tierra se vuelve trinchera. Lo que era armonía, de un minuto a otro, se convirtió en una zona de trinchera. Ese es el corazón de la novela, la expresión más profunda de esa mujer al enfrentar la destrucción de su jardín.

El mismo año que murió su madre, Pablo comenzó a construir su propio jardín, en Zapallar. Se involucró por completo en el diseño y trabajó haciendo hoyos y plantando. “Han pasado 13 años y los árboles ya están adolescentes, los macizos de arbustos consolidados, pero siempre estoy poniendo cosas, cambiando plantas, reproduciendo. Por el medio del jardín cruza una quebrada nativa, que es pura felicidad: peumos, molles, boldos, lilenes, y yo he ido agregando bellotos, olivillos… Ese lugar está muy asociado con mi escritura. Muchas de las ideas las tengo caminando en esos cerros. Y de nuevo está esta idea que para mí este jardín es un mundo interior, es algo que está afuera pero es parte de mi identidad. Me saca canas verdes, porque es mucho trabajo y me cuesta mucha plata también. Pero es el mayor lujo que me doy y lo que más recompensas me da, así que está bien”. 

Vidas vulnerables fue publicado cuando tu madre estaba viva. Ahí hay cuentos explícitos en su expresividad sexual, hay un mundo turbulento.  ¿Qué pasaba ahí con ella?

—Le conté a mi madre que era gay en 1989, y empecé a escribir estos cuentos en 1996, había pasado mucha agua bajo el puente. Ella ya conocía a Eugenio —mi primera pareja—, estábamos juntos desde hacía siete años. Para mí era un camino que se presentaba auspicioso y claro, no tenía dudas de que iba a caminar por ahí. La dualidad de vida fue imposible de seguir. Ella después se acercó a Eugenio, tuvieron una buena relación, confió en él.

Y agrega: “Al principio ella rechazó la posibilidad de que yo fuera gay, pensó que podía estar enfermo, que es una reacción muy típica, sobre todo de personas que están cercanas a la Iglesia, pero después se dio cuenta de que lo mío era sincero, que estaba feliz con Eugenio, que teníamos una vida en común, como ella se hubiera imaginado que yo iba a tener con una mujer. Con Vidas vulnerables me escribió una carta muy bonita que me entregó el día del lanzamiento, y ahí decía: ‘Tenías razón y me alegro que lo hayas buscado con tanta decisión, vas a ser un escritor’. Para mí fue un cierre de ciclo”. 

—Un ciclo que quizá se había iniciado con el rechazo a tu identidad.

—Mis bisabuelos llegaron a Chile con hambre, pusieron un pequeño comercio; la generación de mis abuelos y sus hermanos armaron empresa; mi padre llegó hasta segundo medio y empezó a trabajar en la fábrica. Entonces nosotros teníamos que ser profesionales, teníamos que ser ingenieros, había una presión muy fuerte. No había maldad ni manipulación, era sencillamente el mundo en que vivíamos. 

Recuerda que segundo medio fue un año en que estuvo muy solo, y que en tercero se volvió popular. “Fui presidente de curso, empecé a salir con niñas, con mujeres… Creo que ahí hubo un intento de conversión interior a recibir todos los dones de la pertenencia. Pero buscar el resguardo significó también entrar en un campo que para mí estaba minado. Y estos dos Pablos, el real y el adecuado, siguieron caminando juntos hasta los 25 años en que, sencillamente, el Pablo real surgió con una fuerza que ya fue incontrarrestable”.

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—¿De qué manera, en qué momento, se va manifestando en ti la convicción de tu homosexualidad?

—Al principio sentía atracción por personas del mismo sexo, pero decía: “Bueno, se me pasará”. Y la afectividad con mujeres es algo que siempre sentí. Tuve pololas y fui muy feliz con ellas, pero siempre faltaba algo. Y eso que falta es muy basal, falta el sustento de la sexualidad y uno comienza a sentir que todo es falso. Yo hacía un esfuerzo muy grande y siempre pensé que la polola que eligiera para que fuera mi mujer, me iba a salvar, me iba a redimir, iba a ser tan generosa en su amor y en su compañía que me iba a olvidar de esta otra parte. Hasta que la orientación sexual se vuelve imperiosa, golpea la puerta y dice: “Sabes que estoy aquí y no me puedes seguir ignorando, soy parte de tu vida”. Eso no le tocó a José Pedro. ¡Y se lo envidio con toda el alma! Sus padres lo aceptaron desde que tenía 16 años, un padre que andaba en moto, que era ultramacho. Y lo quería, y lo cuidaba y le regaló pinceles y pinturas cada vez que quiso pintar. Era un padre cuya masculinidad nunca se vio puesta en entredicho porque su hijo fuera gay, todo lo contrario; se reforzó en su masculinidad protegiendo a su hijo gay. Y su madre igual. Pero vivieron una época distinta, los padres de José Pedro tienen la edad que tenemos tú y yo, y en ese sentido, han crecido en su comprensión del mundo como también nos ha tocado ir creciendo a nosotros.

—¿Y cuál es el momento decisivo?

—Fui a estudiar a Estados Unidos en 1987. Había terminado con mi polola, una mujer valiosísima con la que pensé alguna vez casarme. Entonces, fue una derrota. Yo decía, “aquí no, no puedo”, me rendí sin que hubiera todavía un reconocimiento. Y pasé varios meses con una sensación de no lugar existencial. Pero después, la primera vez que estuve plenamente con un hombre fue como sentir: “esto es para mí lo natural”. Antes había estado con mujeres, pero sentía que yo me estaba forzando a algo, y aquí era al revés, sentía una energía que te estaba llevando, que era totalmente nativa, espontánea y libre. Eso me dio mucha paz.

—¿Qué costos tuvo ese proceso?

—La dificultad para recuperar la ligazón entre la sexualidad y la afectividad. Que la sexualidad no sea algo avergonzante, sino todo lo contario, que sea el sustento del amor. Otra dimensión enorme, son las pérdidas. Yo tenía a mis amigos del colegio y la universidad y de repente me convertí en una persona sospechosa y las relaciones de afecto se vieron puestas en entredicho. Incluso con gente de mi familia, eso después hubo que trabajarlo, y ha habido muchos reencuentros. Yo también tenía mucho miedo, al juicio, entonces busqué otro mundo, uno que fuera más acogedor, que me aceptara como era, algo de eso está en La soberbia juventud . Un mundo en que ser gay era una ventaja, no una enfermedad ni una depravación. José Pedro no tiene ningún problema con este tema, y me mira y me dice: “Es que tú te haces tanto la víctima, ¡si ser gay es fantástico!”. Para él es un regalo, es una diferencia, algo que lo distingue incluso, y eso es puro amor de padres, de hermanos, de familia.

—Primero trabajas el espacio de dignidad para ti, después para otros y otras también y te conviertes en un referente.

—Si no hubiera dado la lucha por alcanzar la plena dignidad frente a mí mismo, frente a los míos, si yo no hubiera alcanzado ese lugar en el mundo que me lo dieron los libros, no podría haberme entregado a hacer algo por los demás. De otra manera, estoy seguro de que habría sido siempre una persona centrada en sí misma y preocupada, a lo más, de hacer beneficencia, que es distinto a involucrarse en una causa y en una idea de tu país. 

—¿Qué te ganó de José Pedro?

—Me llena de paz, me contiene. 

—Y pinta flores.

—Y jardines. Yo no estaba muy convencido porque él es mucho menor que yo, 24 años menor que yo. Entonces pensaba que íbamos a tener desacuerdos tan estructurales como los horarios o lo que nos gusta hacer. Y todas esas cosas se fueron superando al irnos conociendo. El tiene un gran sentido común, tiene muy clara su identidad y eso le da fuerza para trabajar, para relacionarse en pareja, para decir que sí, para decir que no, yo creo que ese es un regalo que todo padre debiera ser capaz de darle a un hijo.