España es tierra de ilusiones. Desde Cervantes como referente literario, y El Quijote de la Mancha como símbolo, la literatura en español se ha consagrado al personaje del loco, el delirante, el que ha sido víctima de sus propias fantasías sin poder ya diferenciarlas de la realidad.

El delirio del Quijote en Latinoamérica se tradujo como realismo mágico, donde la locura no responde ya a un personaje, sino que inunda la realidad. Una tierra donde los reyes caminan desnudos entre los súbditos y todos se hacen parte de la fantasía de los ropajes fabulosos. Como si fuera una condena, los países tienen la literatura que merecen. Y en el caso español, la figura del Quijote retorna eternamente porque el delirio de un ex imperio parece decidido a no retroceder.

El impostor, novela de Javier Cercas, toma la historia de Enric Marco, personaje público, cara de la resistencia republicana. Valuarte de la memoria de las víctimas de la Guerra Civil Española y el fascismo europeo. Enric Marco fue secretario general de la CNT, presidió la Asociación de Amical de Mauthausen (agrupación de las víctimas españolas de los campos de tortura nazi) e incluso hizo llorar a miembros del Parlamento con su relato del encierro en Flossenbürg. Pero el símbolo es un mito. Marco no es la víctima de los campos de concentración nazi, no fue un exiliado del franquismo. Nunca fue un perseguido. Siempre fue un español, como la mayoría, que dijo sí cuando lo más digno era decir que no.

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Cercas explora la ficción que siguió todo un país durante los últimos años del sangriento siglo XX. La historia de Marco fue real, pero sólo para él. Las mentiras que contó sirvieron para rescatar una memoria que, quizá, ningún otro u otra quiso personificar, una memoria sostenida además por todos quienes decidieron creerle. Marco antes que personaje, es un escritor sin libro cuya biografía desbordó el cómodo terreno que podría haber tenido en las páginas de una novela. El mismo escritor aparece como su propia antítesis: en vez de armar la historia, la desarma. La expone en su vulnerabilidad. El héroe no era tal. Marco sólo era un español como todos, de la misma forma en que el Quijote sólo era un viejo loco con armadura y ningún gigante que combatir. Pero toda tragedia necesita un héroe. Y la tragedia del siglo XX vuelve en el cuerpo de aquellos que la sobrevivieron. Personas que no agacharon la cabeza. Que dijeron que no cuando todo el resto dijo sí. La pregunta que plantea El impostor es inquietante: ¿qué pasa cuando ese mito de la resistencia y la dignidad de un país se funda en una mentira?.