Parada en medio de la nada, en el Sendero del Macizo del Pacífico, la escritora Cheryl Strayed pierde una de sus botas de trekking. El zapato cae cuando ella se saca la enorme mochila que lleva en la espalda a la que llama “monstruo”, porque la hace tambalear por el peso. Strayed se quita la otra bota y la arroja también al vacío, y al mismo tiempo decide —o se da cuenta— de que no queda más que hacer que seguir adelante.

En la mitad del camino comienza Salvaje, la novela que cuenta el viaje de una mujer joven por los andes norteamericanos luego de que su vida se derrumba: su madre muere de cáncer al pulmón, su familia se separa y ella acaba divorciándose. Entonces Strayed emprende un viaje que es a la vez un desafío físico y una búsqueda personal de respuestas ante una vida que de pronto le parece absurda. 

wp-450-wild

Salvaje fue adaptada al cine para una película de igual nombre, plantando otro eslabón en la larga cadena que une al cine con la literatura. La actriz Reese Witherspoon —que protagoniza la cinta y obtuvo una nominación como mejor actriz a los Oscar—, decidió producir el filme en su búsqueda de historias que cuenten con personajes femeninos fuertes. Fue su misma productora la que participó también de otra película nominada a los Oscar: Gone Girl (Perdida). Porque donde el cine tiene su talón de Aquiles, lo ayuda la literatura con material: los personajes femeninos que exceden la simple compañía o a la damisela en apuros, las mujeres que son protagonistas de sus propias historias, que no necesariamente tienen que ver con la búsqueda del marido.

El test de Bechdel se utiliza para ver la brecha de género en las películas midiendo la profundidad que tiene un personaje femenino. Hollywood suele reprobar el test al tener en su mayoría personajes que son intereses románticos de sus compañeros hombres. Pero libros como Salvaje dan cuenta de la profundidad con la que puede aparecer una mujer, tanto en la película como en el libro. Honesta, atrevida, equivocada, en una aventura que parte por la pérdida del amor, pero uno mucho más amplio que el romántico. Lo que descubre la escritora/protagonista, en una memoria escrita en primera persona, es que la búsqueda de respuestas pierde sentido ante la realidad de las experiencias. “Bastaba con confiar en que lo que había hecho era auténtico”, dice la escritora en las páginas finales. Porque los viajes nunca significan sólo moverse del punto A al punto B. Se tratan, en realidad, de todo lo que pasa entre medio.