El escritor parece ser el personaje favorito de los escritores. Ahí donde antes la literatura se encargaba de narrar la realidad, de ficcionarla para transformarla en un espejo donde encontrarse, hoy se ha relegado a la mente de su creador para preocuparse de la obra. El qué escribir, de qué forma y cómo lidiar con la tormenta interna. 

De esto se ocupa La parte inventada, la última novela de Rodrigo Fresán, donde la mente de un personaje sólo conocido como “El Escritor” es el lugar preciso de la acción. El mismo “Escritor” presenta la escritura como una dolencia y se enfrenta a la dificultad de escribir cosas nuevas, con personajes conscientes de su dependencia al narrador, apenas muebles de una habitación que nunca termina de decorar.

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Fresán devela acá lo más obvio y a la vez más perverso: que toda ficción surge de una realidad, lo que convierte al escritor en titiritero de su entorno. La pregunta es a dónde va a parar la literatura en un mundo donde el valor del papel se cuestiona y a la vez, cuál es el rol del autor en ese nuevo orden. 

En la novela, “El Escritor” idolatra a Francis Scott Fitzgerald, y vuelve una y otra vez a su personaje mientras escribía Tender is the night. Una novela que construyó a partir del matrimonio amigo de Gerald y Sarah Murphy, pero que también se transformó en un reflejo de su matrimonio con Zelda, la que al igual que la esposa de Dick Diver en la novela, el prometedor sicoanalista, terminará por enloquecer. “Sólo la parte inventada de nuestra historia —la parte más irreal— ha tenido alguna estructura, alguna belleza”, le comenta Murphy a Fitzgerald al conocer la novela. Pero, ¿cuál es el límite entre lo real y lo inventado? Ahí es donde parece residir el poder del escritor, el único dios del mundo que crea en su hoja de papel.

En La parte inventada, Fitzgerald es el escritor que no experimentó la fama y la vida al mismo tiempo. Por otro lado, está IKEA, escritor joven de moda cuyo apodo resume todo lo que representa: la producción en serie de la literatura, convertida en espectáculo y en performance. Para Fresán quizás ese es el problema, que la mayor preocupación de los escritores actualmente es ser escritores mucho más de lo que quieren escribir, un papel que va mutando con el tiempo: desde el mísero Fitzgerald hasta los intelectuales del boom que se comprometían con una causa y disputaban posiciones de poder hasta tipos como “El Escritor” que representa Fresán en su libro: fanáticos de la literatura antes que nada, extrañados con el derrumbe de todo lo que conocen por la preponderancia de la pantalla antes que del papel.