Cuando era niño, nunca fue bueno para las bolitas. Tampoco para el fútbol. Ni para las peleas. “Yo miraba nomás. Era un ojo flotante. Un niño observador. Me paraba a mirar el fútbol, las peleas y las bolitas, sobre todo las bolitas”, dice Beltrán Mena (55), sentado a una mesa en un boliche de Lastarria, a pocos metros de donde trabaja como director del Examen Unico Nacional de Conocimientos de Medicina. La alusión a las bolitas no es casualidad. Acaba de publicar una antología de sus columnas que lleva por título El rey de las bolitas.

—¿Por qué ese título?

—La idea era poner al libro el título de una de las columnas. Y uno de los que funcionaba mejor era éste, porque hace referencia al paraíso perdido de la infancia y recoge ese tono atmosférico, medio melancólico, que atraviesa a muchos de esos textos. 

Médico de profesión, viajero por antonomasia, fundador de uno de los periódicos míticos de los últimos cincuenta años —Noreste—, cineasta desilusionado, escritor, fotógrafo, Mena es un personaje difícil de encasillar.  Estudió Medicina en la Universidad Católica pero nunca ejerció como médico —salvo los dos años de internado que la carrera consideraba y un par de meses en los que juntó dinero para viajar—. Se ganó una beca Fulbright para estudiar producción cinematográfica en Chicago, desde donde regresó a Chile para filmar una película que nunca se estrenó. “Es que salió mala. La hicimos con Santiago Elordi; actuaban Lucho Alarcón, Consuelo Castillo, Sebastián Dahm. La terminamos, estaban los negativos cortados, pero me cargó. Les tuve que decir: ‘esto no se puede mostrar’. Me reclamaron harto, pero finalmente nadie la vio”. 

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Mena fue un viajero impenitente en sus años de juventud. Viajó por América del Sur, viajó por Patagonia, viajó por Africa. Sus andanzas por el continente negro dieron cuerpo, en 2009, a su primera y hasta ahora única novela: Tubab. Antes, a fines de los ’80, fundó el periódico poético Noreste. Se casó, tuvo dos hijos, es profesor en la escuela de Medicina de la UC; también fue profesor de fotografía en el Duoc. A fines de los ’90 puso en marcha el Examen Unico Nacional de Conocimientos de Medicina —que se toma a los egresados de las escuelas universitarias para que puedan trabajar en el servicio público—, del cual es director hasta el día de hoy. Ha escrito columnas para distintos medios, entre ellos el suplemento Artes y Letras, de El Mercurio, y la revista CARAS.

—¿En estas columnas está tu mirada del mundo?

—Bueno, eso hay que aceptarlo, aunque detrás de las columnas siempre hay un personaje que las escribe. Queriéndolo o no, un columnista termina construyendo un personaje de sí mismo al momento de escribir.

—¿Y cómo es el que diseñaste tú?

—No lo diseñé, resultó. Parece ser un peatón que deambula, medio apurado, al que le gusta y le incomoda su ciudad. Un tipo que trata de buscar historias y explicaciones que le den más sentido a las esquinas, a las cosas que ve. Un tipo al que lo asaltan con frecuencia recuerdos de la infancia.

—¿Se distancia mucho del verdadero Beltrán Mena?

—No. Creo que soy yo, pero no totalmente. Entre otras cosas, el columnista es más buena persona que yo. 

Mena escribe de temas tan distintos como la Patagonia, el sentido de la existencia, la calidad de Saint-Exupéry como aviador, las rutinas, los grandes chilenos (por nombrar algunas de sus obsesiones). En El rey de las bolitas podemos encontrar frases como ésta: “No fue el voto femenino lo que liberó a la mujer, ni la eliminación del sostén, ni la píldora anticonceptiva. Fue el celular y su promesa de control remoto”. O ésta, a propósito de la irrupción del telégrafo y la retirada de las palomas mensajeras: “Ganamos el instante pero perdimos la espera”. O esta otra: “La función del poeta, su oficio, es devolver a las cosas el nombre que perdieron”. Aunque lo que asoma con más frecuencia es la infancia. 

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—En tus columnas hay variadas referencias de la infancia, ¿qué hay en ella que te cautiva tanto?

—A medida que envejeces te vas convenciendo de que el paraíso está en la infancia. No es que eches de menos la infancia o la casa en el árbol donde te subías a jugar. Lo que extrañas es la perfección de su promesa, lo que veías desde ese árbol: el mundo entero, todas las posibilidades abiertas. Podías ser astronauta, arqueólogo, deportista, lo que quisieras. Y a medida que vas creciendo, con cada opción que tomas, ese mundo se va cerrando. En este sentido, yo creo que la gente que escribe lo hace para mantener abiertas esas posibilidades que desplegaba la infancia. 

—Volvamos al personaje que escribe estas columnas. ¿Le gusta el Chile de hoy?

—Obviamente hay cosas que me gustan y otras que no. En general mi postura es liberal frente a las cosas, pero estoy muy consciente de lo fácil que es que el sistema deje la escoba. ¿Cómo te gustaría que fuera la educación? Lo más liberal posible. Pero, ¿privada o pública? Lo que quieran, y así con todo. Que las cosas tomen su forma y que nos sorprendan. No hay un invento social con mayor capacidad de reclutar la energía individual que un sistema liberal. El problema es que ese pragmatismo y el individualismo que lo sustenta se suele pasar de la raya y socava pedazos del destino de las personas. Es estimulante y eléctrico, pero es poco espiritual y hace daño con frecuencia. Uno tiene que estar alerta cuando ocurren esas cosas.

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—¿Algún ejemplo?

—Estamos rodeados de ejemplos. Me acuerdo haber ido a la zona de Calbuco y me sorprendió que la gente que se había dedicado a la agricultura por años estuviera cosechando un alga. Aprovechan que la marea baja para sacarla. Por seis horas queda el alga a la vista. La recogen en canastos, la llevan a sus casas y la dejan secando. Una vez a la semana llega un tipo en una camioneta y les paga lucas por el kilo. Viven de eso. Un amigo me contó que lo que ellos producen se lo llevan a Japón, donde lo ocupan como materia prima para cosas cosméticas y farmacéuticas. Pero ninguno de los campesinos tiene idea de esto. Les conviene, pero no saben para qué hacen lo que hacen. Su vida ha perdido sentido. Cuando cosechaban papas había un sentido: veían después las papas en el mercado, hacían puré, se las comían. Pero el alga no. Con las 50 lucas semanales van al mall y se compran un chaleco. Es triste.

—Pero a ti te gusta el sistema.

—Claro, pero es peligroso, es como un explosivo, hay que manejarlo con cuidado. Y esa idea es común a todas las columnas. Pero más que construir una teoría articulada, prefiero que estas columnas hagan ver ciertas consecuencias sutiles del progreso en general con las que se topa un peatón atento.

La cabeza de Mena siempre se está preguntando cosas. ¿Por qué la Coca Cola es de ese color?, ¿por qué esa calle se llama como se llama?, ¿por qué ya no hay palomas mensajeras?  

“Me paro en una esquina y me pregunto ¿por qué ese perro está echado ahí?, ¿por qué hay una silla en mitad de la calle?, ¿qué hace esa puerta isabelina en una casa de los años ’50? Y sabes qué, de todas las explicaciones posibles, la que más me satisface es la explicación histórica. Por qué las cosas llegaron a ser lo que son, qué cadena de accidentes condujo a lo que estoy mirando ahora”. 

—¿Es un hábito diario?

—La curiosidad es un hábito que ha crecido con el tiempo hasta volverse una cosa medio obsesiva. Trato de explicarme el mundo. Un mundo sin explicaciones es un mundo sin sentido. Y cuando tú te vas llenando de explicaciones, de historias, hasta el más mínimo recorrido resplandece y se transforma en paseo. Si tienes la cabeza vacía de explicaciones ese mismo recorrido se vuelve un obstáculo, se vuelve una simple distancia a salvar entre el lugar en que estás y el lugar a donde te diriges.

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Después de largo tiempo, Beltrán Mena ha retomado la fotografía —de hecho, todas las imágenes del libro son suyas—. De tanto en tanto ve una esquina con una luz especial y vuelve a ella una, dos, varias veces. Siempre anda con su cámara, una Leica. También está empezando una nueva novela, una suerte de saga familiar que por ahora se llama “El genealogista”. La trabaja a su ritmo, sin apuros, sin prisa, mientras le da vueltas a la idea de hacer un nuevo viaje, por la mitad de la nada, lugares sin carga previa, como esos espacios entre Turquía y Mongolia, en línea recta. 

Luego de más de una hora de conversación es inevitable preguntarle algo. Una pregunta que es un juego. ¿Si te abrieran la cabeza, qué encontraríamos?

“Creo que encontrarías muchos aparatos, herramientas de diferentes oficios. Quien se asomara no sentiría que está en la cabeza de un doctor, un librero o un ferretero. Vería un lugar lleno de cosas amontonadas. Un espacio no especializado”, dice él.

Una cabeza luminosa, inquietante, sorprendente, digo yo.