Hace pocos minutos que terminó su intervención en la cátedra en homenaje a Roberto Bolaño y una larga fila que termina en la puerta del auditorio de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales espera que él estampe su firma en cada uno de los ejemplares. El tiempo apremia, pero a la nueva estrella del mundo editorial europeo nada lo apura. De sonrisa tímida y modales cuidados, Édouard Louis (23) irradia templanza mientras se entrega a los costos de una fama fulminante que empezó en 2014 con la publicación de su novela autobiográfica.

El relato de cómo sorteó la violencia y homofobia en su natal Hallencourt, al norte de Francia, se convirtió en best seller, al tiempo que caló profundo en el corazón de la elite gala. “Me llamó la atención que muchos políticos dijeron que mi libro daba una mala imagen de la clase popular y yo nunca quise dar ninguna imagen porque me daba exactamente lo mismo”, reconocerá después. Traducido a más de una veintena de idiomas, el autor supo convertir los tormentos de su niñez y adolescencia en un manifiesto contra la impunidad y la violencia gracias a una pluma directa sin concesiones. “De mi infancia no me queda ningún recuerdo feliz. No quiero decir que no haya tenido nunca, en esos años, ningún sentimiento feliz o alegre. Lo que pasa es que el sufrimiento es totalitario: hace desaparecer todo cuanto no entre en su sistema… El estigma era contaminante, ser amigo del marica habría estado mal visto”, escribe en Para acabar con Eddy Bellegueule, la historia que llegará al séptimo arte de la mano del director André Techiné.

Aunque su visita al país duró apenas cinco días, Louis buscó la manera de empaparse del espíritu local y construirse una imagen propia de Santiago. Fueron días intensos, en los que gastó varias noches dialogando con personajes anónimos en bares alejados del circuito turístico. “Lo más impresionante es la fantasía que en estos días representa Chile para las personas que buscan huir. Es algo que percibí y que tal vez no sea en lo absoluto representativo, pero en este corto tiempo me encontré con dos personas que habían fantaseado con este país como un lugar de escape, para empezar de nuevo. Qué más puedo decir, aquí sólo encontré personajes fascinantes”, cuenta, entusiasmado. Crítico de la supremacía de la ficción sobre el resto de los géneros, se declara un convencido de que “la literatura debe ser siempre una lucha por dar voz a lo invisible”.

Desde ese lugar, reconoce como sus referentes a “Toni Morrison, William Faulkner y Marguerite Duras, porque en sus obras intentaron hablar por aquellos que estaban condenados al silencio, como los homosexuales, las mujeres, los locos o los afroamericanos”.

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—¿Cómo fue enfrentar los prejuicios de una industria que ve al género de la autobiografía como algo menor?

—Cuando publiqué Para acabar con Eddy Bellegueule, a menudo me decían: ‘Bueno, después del primer libro, usted será capaz de escribir ficción’, como si ese fuera el horizonte último de la literatura, algo que hay que buscar. En circunstancias de que es contra esta ideología profundamente arraigada que escribí esa historia. Cuando miro a mi alrededor, siento que la condición del mundo es una mentira. Lo vimos con Edward Snowden y Chelsea Manning.

Los gobiernos nos mienten constantemente. Cuando los políticos europeos dicen que no pueden acomodar a los inmigrantes sirios que huyen o iraquíes Daesh, mienten. Son ellos los que no quieren. E incluso en la vida de todos los días, los padres mienten a sus hijos y viceversa. Me gusta pensar en la literatura como un espacio de resistencia, de verdad. Para mí, la importancia de desarrollar esta forma radica en poner la verdad en el corazón de la obra. Tal vez un día voy a hacer otra cosa, pero hoy en día la autobiografía representa una respuesta a la urgencia de la verdad.

—En el país donde está la cuna del pensamiento moderno uno no se imaginaría que los niveles de intolerancia y agresión son como los que describes en tu libro.

—En todos los lugares pasa lo mismo. Mucha gente me ha dicho que esta realidad que yo relato no existe, y eso es completamente falso. Lo que ocurre es que es algo de lo que no se habla. No está en el discurso de los políticos ni tampoco de los intelectuales. Es uno de los mecanismos de la violencia: hacerla invisible. Incluso de parte de quienes la sufren. En mi caso, yo protegía a mis agresores y era el más eficaz mecanismo de simulación.

La nueva obra de Louis llegara al mercado hispano a mediados del 2017 y aborda el drama de los inmigrantes. La inspiración está en cuando una noche un joven le habló sobre la llegada de su padre desde Argelia a un refugio. “Hay una urgencia muy fuerte por contar los alcances de la violencia del mundo. Todo lo que nos rodea es apremiante. Los migrantes que se ahogan en el Mediterráneo, los negros son abatidos disparados por la policía de los Estados Unidos, las puntuaciones del Frente Nacional en Francia. La idea de escribir este libro vino a mí cuando pensé que deberíamos llenar el vacío entre la literatura y el mundo”.