Recién cuando el chico trae la infusión de roibos y vainilla y detalla que luego de cuatro minutos podemos saborearla en su punto, caemos en la cuenta de que ese lugar el Tea Connection, una cadena de tés que acaba de instalarse en Providencia, de seguro le encantaría a Lucía Hiriart Rodríguez. Lo recuerdo porque lo acabo de leer: “Lucía fue una practicante devota del tea time, en especial durante el largo tiempo en que fue la mujer más poderosa de Chile”. Y Alejandra Matus lo sabe de sobra porque ella escribió esas líneas. No necesitamos decir que hasta hoy doña Lucía mantiene la costumbre, aunque ya no sirva ese té de procedencia exótica ni las mermeladas de fina factura ni las empanadas de queso espolvoreadas con azúcar flor. Claro, todo se ha ido deteriorando. Ya nada es lo que fuera.

Esa línea y muchas otras son parte del libro Doña Lucía, la biografía no autorizada de Lucía Hiriart Rodríguez, que hace algunos meses la periodista Alejandra Matus terminó y que Ediciones B publica en estos días. El declive del refinamiento del tea time ofrecido por la viuda de Pinochet es una metáfora a todas luces insuficiente de sus últimos años, de esa caída brutal de los privilegios del poder a la desafectación total.

Dos años demoró Matus, autora también de El libro negro de la justicia chilena, en investigar y escribir Doña Lucía. A partir de unas sesenta entrevistas condensó en 279 páginas 90 años de la vida de la presidenta de Cema Chile.

“Yo tenía una imagen bien estereotipada de la Lucía Hiriart. Creía que todo lo que se podía decir de ella cabía en dos páginas. Cuando me plantearon escribir pensé: ¿qué puedo aportar? Sin embargo, al comenzar a investigar hacia atrás, todo me sorprendió. Entonces, traté de escribir desde un lugar que no fuera un tribunal, sino de un sitio que me permitiera entenderla; intentar dilucidar cómo fue que ella terminó convirtiéndose en el personaje que vimos. La dictadura llega cuando tiene 50 años. Los episodios que marcaron su vida son anteriores. Me sorprendió saber que había sido reina de belleza en el liceo de San Bernardo. Y el cómo con 16 años, siendo una chiquilla muy mimada, casi una niña que todavía jugaba con muñecas, fue seducida por un oficial diez años mayor (Pinochet). Cómo de un pololeo muy formal, con pocas posibilidades para conocerse, terminan casados. Y al tiro un hijo, luego el otro, otro más, y más la infidelidad de él. Esa experiencia debió ser muy violenta, terrible como mujer; el choque entre las expectativas y la realidad, resultaron tiempos muy duros para ella”, cuenta Matus.

El libro se divide en ocho capítulos: la inocencia y los 7 pecados capitales. En varios cuenta las pellejerías que vive Lucía, quien no ve cumplidos sus sueños. Ni siquiera su anhelo de viajar.

El libro se divide en ocho capítulos: la inocencia y los 7 pecados capitales. En varios cuenta las pellejerías que vive Lucía, quien no ve cumplidos sus sueños. Ni siquiera su anhelo de viajar. “Tenía ensoñaciones de princesa. Soñaba con hacer esos viajes de los que hablan las revistas. Pero antes del Golpe, Pinochet la lleva solo a Tacna y Mendoza. Lo más siniestro resulta ser que todas sus aspiraciones las cumple en dictadura: desde viajar hasta joyas, zapatos, sombreros”.

—¿Crees que ella moldeó al Pinochet todopoderoso, al dictador?
—Para mí, no se puede entender a Pinochet sin su mujer. No tuvimos un dictador, sino un matrimonio en dictadura. Una pareja.

—Si Lucía no hubiera estado a su lado, ¿Pinochet no habría sido quien fue?
—El río de la historia no se puede detener. El Golpe iba, porque ya había una conspiración en curso. Pero sin Lucía, Pinochet no hubiera sido el hombre del Ejército: él estuvo hasta el 9 en la tarde con Allende. Creo que sin ella, hubiera tenido más incentivos para permanecer leal, de tal forma que Pinochet pudo ser una víctima de la dictadura como lo fue Carlos Prats.

—Las infidelidades en Ecuador, sobre todo con Piedad Noé, pudieron destruir el matrimonio.
—Sí, pero terminan definiéndolo, hacen el vínculo indisoluble. El pudo haberla dejado y ella rechazarlo de manera definitiva. Pero ninguno se atrevió a dar ese paso.

—¿Eso incidió en que luego Lucía corte ascensos de los militares infieles?
—Eso nace de haber sufrido la infidelidad en carne propia y también de sentir que tiene el poder total. Creo que muchas personas en situación de poder total cometerían abusos similares. Ella debió considerar normal el sentirse llamada a controlar la moralidad y la conducta sexual de quien se le cruzara; porque no solo eran militares, sino ministros, alcaldes, no tenía límites. Ella decidía, se lo comunicaba a Pinochet y él acataba porque tenía tejado de vidrio; era su forma de demostrar que ahora estaba en el otro bando.

—¿Piensas que finalmente Lucía Hiriart hizo la vida que quería?
—Creo que logró una sola cosa: convertir a su rústico marido en el hombre más poderoso de Chile y ser determinante para mantenerlo en el poder. Al final, vivió la condena que no conoció Pinochet. La desafectación de todo ese mundo del que alguna vez se vio rodeada, que consentía sus caprichos, para pasar a vivir una soledad en jaula de oro, acechada por el miedo a perderlo todo. Lo peor para ella es que ya no tiene tiempo para cambiar ese mundo, para librarse de la amargura del abandono.

DOÑA LUCÍA
ADELANTO EXCLUSIVO

ENVIDIA, CAPÍTULO 3 (FRAGMENTO)

Augusto Pinochet regresó definitivamente a Chile apenas dos días antes del nacimiento de su quinta y última hija, Jacqueline Marie, el 9 de septiembre de 1959. Y antes de que concluyera el mes y su esposa alcanzara a reponerse del parto, estaba en Antofagasta asumiendo sus nuevas funciones como responsable de Inteligencia y Operaciones del Cuartel General de la Región Militar Norte. Tacaño por formación, Pinochet buscó una casa adecuada a su presupuesto. Lucía, atada de manos en Santiago, no participó de la búsqueda ni tuvo fuerzas para oponerse a la decisión de su marido de arrendar en la Avenida Brasil una casa, que ya en aquel entonces era vieja.

“No me fue posible encontrar casa. Después de buscar cerca de quince días opté por arrendar una casa en la Avenida Brasil, la que ocupé pese a que estaba por demolerse. Pero primero fue acondicionada totalmente. Pedí a Sanidad que la fumigara varias veces y posteriormente tuve que pintarla y arreglar las cañerías de agua y desagües. La necesidad tiene cara de hereje y como no había casas que arrendar en Antofagasta había que aceptar lo que se encontrara y ello sin pedir al Mando Militar ayuda de ninguna especie”, rememoró él en sus memorias.

En noviembre, Lucía se trasladó con sus cinco hijos a esa casa oscura y húmeda. Regresar a su Antofagasta natal y el reencuentro con algunas antiguas amistades no fueron razones suficientes para animarla. El dolor por la larga ausencia e infidelidad de su marido seguía ardiéndole en las entrañas como un sentimiento de odio incontrolable. Pero ella no había tenido el valor de separarse definitivamente de él, ni el temple para enfrentar el estigma de convertirse en una mujer separada. Tampoco tenía un oficio que le permitiera ganarse la vida por cuenta propia. En el país, el derechista Jorge Alessandri había asumido la Presidencia y el Partido Radical, si bien no había desaparecido, había perdido parte importante de la influencia que otrora irradiaba. En Santiago, Osvaldo Hiriart, su padre, continuaba como fiscal de Corfo. A sus espaldas, la familia murmuraba sobre su conducta depresiva, porque se había vuelto introvertido, “quitado de bulla”. El padre, su héroe y protector de la infancia, no tenía fuerzas para rescatarla de aquel marasmo. En Antofagasta, al menos, estaba a salvo de las críticas larvadas de su madre. Ella siempre le dijo que Augusto no era un buen partido.

“Sin duda contrastarían los Pinochet, sobre todo ella, la escualidez de su nuevo entorno con los agrados —modestos, pero que ahora le parecerían sibaríticos— de Ecuador”, afirma Gonzalo Vial.
“¡Milico de mierda!”, comenzó a gritarle Lucía a su marido cada vez que discutían. Y cuando empezaba los insultos manaban de su garganta como en una cascada imparable.
“Destinación de mierda que te tocó, ¡inútil!”.
“Yo no fui criada para esto, ¡poca cosa!”.
“¿Cómo se me fue a ocurrir casarme con un milico?”.
“Nunca vamos a salir de este hoyo”.
“¡Qué distinto eres a mi padre!”.

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Lucía gritaba y gritaba, pero no lograba apaciguarse.
El la escuchaba cabizbajo. No decía nada. Imposible saber si quería defenderse o si hacía propias las críticas de su cónyuge, si se sentía culpable. Tampoco él había tenido el coraje de terminar con la relación y pagar el costo de separarse de sus hijos, de aceptar que sus compañeros de armas lo criticaran por abandonar a su indefensa mujer, de frustrar su carrera militar, de inventarse de nuevo, en Ecuador, con Piedad, la mujer separada, liberal y artista. Se quedaba callado y se encerraba en su estudio. Si su mujer gritaba demasiado, si sentía que estaba a punto de perder la paciencia, salía de la casa y volvía tarde para acostarse en silencio, hasta que ella se callaba o él se quedaba dormido.

La nueva casa de Lucía era una vivienda de dimensiones modestas y dos pisos, pareada, de madera, que rechinaba constantemente y con un patio pequeño y yermo. La decoración, obra probablemente de Augusto, consistía en unos sillones de felpa café oscuros y algún que otro adorno escogido sin ganas. Enfrente, aunque tenía menos rango, vivía en una casa fiscal cómoda y en la codiciada esquina, el entonces mayor Augusto Lutz, segundo comandante del Regimiento Esmeralda, con su esposa y sus hijos. Lutz, por tener mando de tropas, tenía a su disposición no sólo la casa fiscal, sino que un chofer que iba a buscar a sus hijas al colegio, un mayordomo y un ordenanza que ayudaban a su esposa con las labores del hogar. El cargo de Pinochet, en cambio, no tenía hombres a su mando y por tal motivo no gozaba de tales regalías. Sólo podía disponer de un chofer que lo trasladaba a él al regimiento, pero que su esposa no podía utilizar. Ella resentía que un subalterno de su marido tuviera mejor pasar.

Los ingresos familiares apenas alcanzaban para pagar una empleada que iba esporádicamente a cocinar y le dejaba la comida lista en el refrigerador. Lucía tenía que mudar y alimentar a Jacqueline, sin perder de vista a Marco Antonio, quien ya cumplía dos años y caminaba poniéndose en riesgo a cada paso. Los mayores, entonces de 16 (Lucía), 14 (Augusto) y 7 (María Verónica), en la práctica debían valerse por sí mismos.

La carga de la crianza no hubiera sido imposible de soportar para una mujer bien instruida en las labores de la maternidad y resignada a su papel doméstico, pero a Lucía, el contraste entre esta realidad y sus fantasías adolescentes la hundieron en una profunda depresión.
Así los niños se desgañitaran llorando, ella no se levantaba antes de las 11, 12 de la mañana. Se ponía unos tubos en la cabeza y se abrochaba una pintora floreada, con la que chancleteaba el día entero si no tenía alguna obligación social que cumplir. En esos años no tenía amigas, mascotas ni entretención que la sacaran de su amargura.

Yo tenía en ese tiempo diez años. Mi mamá sentía compasión por la situación de la Lucía, que estaba siempre muy nerviosa.

“Yo tenía en ese tiempo diez años. Mi mamá sentía compasión por la situación de la Lucía, que estaba siempre muy nerviosa. Cuando yo llegaba del colegio, mi mamá me decía: anda a ayudar a la Lucy. Yo iba y me quedaba jugando con la Jacqueline, que era una guagua, de unos diez meses o un año”, cuenta Patricia Lutz. “Recuerdo que la Lucía era muy enfermiza, un poco histérica, siempre estaba o con jaqueca o ataques de nervios y tenía que recostarse. Le salían furúnculos, que decían que era por debilidad. Siempre había que guardar silencio porque ella estaba con dolor de cabeza”, agrega.

La casa estaba siempre sucia y en la tina del baño se acumulaban los pañales de género sin lavar, en remojo, inundando la casa con un olor nauseabundo al que Lucía se había vuelto inmune.
Ella no gustaba de cocinar pero, a regañadientes, tenía que servir la comida a sus hijos, a su marido. La vida social, que antaño solía ponerla de buen humor, fue escasa en aquel período de su vida. Cuando salía a aquellos encuentros sociales típicos entre la oficialidad y la elite local, se sacaba los tubos, se escarmenaba el pelo y se arreglaba, pero a donde fuera con Augusto no se quedaba mucho rato y comenzaba a hacerle gestos para que regresaran a la casa. Excusaba su falta de entusiasmo diciendo que estaba cansada. El tampoco podía, probablemente en penitencia por su comportamiento en Ecuador, salir a los encuentros de oficiales solos. Sin embargo, hacía largos y constantes viajes de campaña entre Arica y Copiapó, sin la familia. Y si no viajaba, salía de casa muy temprano y llegaba lo más tarde posible. A veces, hacía tiempo sentado en una banqueta de la Avenida Brasil (…)

Lucy no se daba por enterada de la asistencia. Ignoraba por completo a Patricia. No daba las gracias ni reaccionaba con algún gesto cariñoso. En una ocasión, Augusto (hijo), enamorado de la hermana de Patricia y ante la indiferencia de ésta, se lanzó al vacío, desde el segundo piso de su casa, con los brazos abiertos. La caída le produjo fracturas múltiples de las que Lucía culpó a sus vecinos y, por un tiempo, les negó el saludo.

Pero si Patricia no estaba disponible para cuidar de sus hijos, Lucía no tenía pudor en pedir a una vecina que los atendiera. Así, durante la semana santa de 1960, se fue a una de las playas cercanas con los niños más grandes y dejó a la guagua al cuidado de una vecina y de Augusto, quien se quedó trabajando. El padre tuvo que enfrentar solo la crisis que se le produjo a la niña, quien estuvo al borde de la muerte, víctima de una violenta bronconeumonia. Con la ayuda de un doctor de apellido Contesse, dice Pinochet en sus memorias, logró salvarle la vida tras una semana de velar su sueño día y noche.

En otra oportunidad, el matrimonio viajó a Santiago y dejaron a los hijos al cuidado de una vecina. María Verónica se enfermó de apendicitis y la vecina no tenía cómo comunicarse con sus padres, así que autorizó por cuenta propia la operación. Según esta vecina, cuando los padres regresaron “le llevaron flores y otros regalos para agradecerle por haber ‘salvado’ a su hija”.

“Es explicable que estos contratiempos grandes y pequeños afectaran a doña Lucía, causándole una depresión. Se tradujo, como suele suceder por esas latitudes, en que la belleza eterna, pero austera e inmutable, del desierto y de los cerros estériles, le causaran una angustia opresiva, insoportable. El mayor (Pinochet) sufría. Pues a él la tierra nortina, con su pasado de gloria, le era más querida que cualquier otra”, opina Gonzalo Vial.

Párrafos de selección:

En defensa de José Tohá
El 29 de junio de 1973 se produjo el alzamiento del Regimiento Blindados N° 2, liderado por el teniente coronel Roberto Souper, que fue aplacado por el general Prats y sus tropas. Pinochet, pese a una ambigüedad inicial imperceptible para sus superiores, estuvo en el bando constitucionalista. El conflicto trajo la caída del ministro Tohá, quien renunció a su cargo pues consideraba la sublevación de los militares un fracaso de los nombramientos que él había hecho en la institución.

Moy de Tohá recuerda que esa tarde el propio Presidente Allende llegó a su casa en Enrique Foster, en Las Condes. “Nos dijo: ‘Ha pasado una cosa insólita. Pinochet me fue a pedir que no sacara a José del Ministerio de Defensa’”, corriendo con colores propios y sobrepasando todas las normas de prescindencia de las Fuerzas Armadas. En la noche, cuando un grupo de oficiales fue a verlos para expresar su afecto al ministro, Pinochet lloró. “A mí eso no me lo contó nadie. Yo lo vi llorar”, dice Moy de Tohá.

En tanto, Lucía se arriesgó organizando un té de despedida a Moy de Tohá, al que invitó a las esposas de altos oficiales del Ejército. Había tapaditos, canapés, torta. El servicio, por supuesto, a cargo de mozos de la institución. “Esto tampoco le cayó bien a Carlos Prats, porque si le correspondía a alguien hacer una despedida era a la Sofía. Ahora, la Sofía era una mujer inteligente, bien informada, muy sobria. No se le hubiera ocurrido algo así. La Lucía tenía tendencia a la sobreactuación, propia de su ambición política, me imagino. Su meta no debe haber sido ser Primera Dama en ese momento, pero sí llegar a ser la señora del comandante en Jefe del Ejército”.

Lucía Hiriart, la nuera
La presencia cada vez más constante de la suegra es otro motivo de descontento para la joven esposa que repudia las conductas “apolleradas” de su marido. Lucía nunca aceptó decirle “Tito” a su marido, como hacía su suegra. Lo llamó siempre Augusto, para llevarle la contra.

Los celos
Un ex diplomático, asignado en ese tiempo a Ecuador, reveló “que en realidad Lucía, enferma de celos, abandonó a su marido en Quito, dejándolo en brazos de su nueva conquista” (Piedad Noé) y que durante los casi tres años que Pinochet desarrolló sus funciones militares como si fuera soltero, Lucía lo visitaba sólo de vez en cuando, en las vacaciones, con sus hijos.

El suegro de Pinochet
“El era un profundo demócrata. No comulgaba con ningún tipo de dictadura. Después del golpe él simplemente se encerró y dijo: ‘¡No quiero saber nada con Pinochet, ni con mi hija Lucía!’ y se negó a volver a hablar con su yerno. Sólo se relacionaba con su hija menor, Tatiana”, cuenta Guido Macchiavello sobre Osvaldo Hiriart, padre de Lucía.

Obsesión de mujer
Los zapatos eran otra de sus obsesiones. Las firmas más importantes del país tenían que mandarle una muestra con los adelantos de temporada y aquellos modelos que ella elegía no podían ser comercializados en Chile sino hasta un año más tarde.

El don de mando
Un ex escolta añade que Lucía y sus hijos se sentían con derecho a manduquear y maltratar al personal militar, en especial si eran suboficiales; “clase”, en la jerga castrense. “La señora Lucía los amenazaba constantemente: ‘¡Los vamos a destinar a Putre, a Punta Arenas, a Lonquimay!’”. Según su relato, el maltrato en la casa de los Pinochet incluía también al personal de servicio. “La señora Lucía estaba siempre enojada. ‘A ver, las maracas, ¡vengan a servir!’, gritaba”.

El caso de María Luz Hiriart
El 14 de noviembre (1974) la Corte Suprema resolvió que el juez Neptuno Rossel (casado con una de las primas de Lucía, María Luz Hiriart) sería suspendido por tres meses sin goce de sueldo y que se le abriría un proceso para removerlo del Poder Judicial. El Poder Judicial vivía su propio golpe.
El comandante Haag dejó en libertad al juez, pero le dio 48 horas para abandonar la ciudad (Calama) con prohibición total de regresar. La prima de Lucía empacó las cosas que le cupieron en el auto e inició una larga travesía junto a su marido y a sus hijos. Como no tenían sueldos, una asociación de camioneros que había sido proclive a Allende trasladó sus pertenencias a Santiago, de manera gratuita.

El 14 de noviembre (1974) la Corte Suprema resolvió que el juez Neptuno Rossel (casado con una de las primas de Lucía, María Luz Hiriart) sería suspendido por tres meses sin goce de sueldo.

En Santiago, sobrevivieron hasta que Neptuno fue notificado de la remoción del Poder Judicial, sin expresión de causa. La decisión la tomó el pleno de la Corte Suprema, presidido por Enrique Urrutia Manzano, en una sesión de la que no se levantó acta, no se anotó la opinión de los asistentes y solamente se reprodujo la sanción. Para tal efecto, el 6 de diciembre de 1973, se habían dictado los decretos 169 y 170, que permitieron a la Corte Suprema calificar en secreto a los funcionarios y determinar su remoción inmediata. Entre 1973 y 1975, fueron expulsados 280 jueces cuyos nombres figuraban en “listas negras” como izquierdistas. Los que no fueron removidos, recibieron como castigo destinaciones aisladas.
Imposibilitado de ganarse la vida en Chile, Neptuno se fue a Argentina con la esperanza de encontrar un trabajo que le permitiera reunirse con su familia. María Luz, con sus hijos, se fue a vivir con sus padres.

“En noviembre de 1975 yo estaba en la casa de una amiga y mi mamá me llama por teléfono. Me dice que a mi papá se lo llevaron desconocidos en un auto. Me fui inmediatamente a la casa y le empecé a preguntar a mi mamá si recordaba cómo era el auto, algo que nos permitiera identificarlo, algún logotipo que dijera Carabineros, Ejército, Investigaciones. ‘No’, me dijo, ‘era un auto oscuro. Se bajaron dos tipos y se llevaron a tu papá’”, recuerda María Luz.

Jorge Hiriart, uno de los hermanos preferidos del padre de Lucía, había caído en manos de agentes de la policía secreta. “El venía llegando a la casa con mi mamá, estaban por ahí cerca, cuando lo detuvieron. Entonces llamé a mi tío Oscar de Quillota, pues me recordé de la estrecha relación que tenía con el tío Osvaldo y porque era el hermano querido de mi papá. El era el nexo para poder llegar al papá de la Lucía. Lo llamé y le expliqué así medio en clave que ocurría algo grave y se vino inmediatamente. Llegó tarde en la noche. Le conté lo que había pasado y al otro día de madrugada fue a hablar con el tío Osvaldo. Si mi papá cayó preso un lunes, mi tío Oscar se entrevistó con mi tío Osvaldo el martes y el miércoles en la noche llegó mi papá de regreso a la casa”, relata María Luz.

Jorge Hiriart volvió taciturno. Con esfuerzo, su hija logró sonsacarle información y reconstruir algunas cosas: que los sujetos que lo secuestraron le pusieron cinta adhesiva en los ojos y encima una venda y que lo trasladaron a una especie de celda, porque sentía una puerta de fierro que se abría antes de que lo lanzaran sobre el suelo de cemento. El interrogatorio versó sobre una supuesta ayuda que pudiera haber ofrecido a militantes del MIR heridos, pues habían encontrado su número de teléfono anotado en un papel que portaba una prisionera.

(…) “Mi papá no quiso decir nada más ni volvió a tocar el tema. No sé si fue torturado o no. De lo que no tengo dudas es de que fue liberado por la intervención de mi tío Osvaldo. Yo no creo que haya hablado con su hija, sino más bien con su yerno, porque entiendo que Pinochet le tenía bastante respeto. Por lo mismo, creo que mi tío Oscar no fue apresado”.
(…) Poco después de la detención de su padre, María Luz se fue a Mendoza en un bus atiborrado de personas que huían de la dictadura de su prima y su marido.

“Nos instalamos en Berasategui, un pueblito que está a medio camino entre La Plata y Buenos Aires. Allá apenas teníamos para comer. Un día, uno de mis hijos estaba enfermo con fiebre y jugando acercó el termómetro a la ampolleta. El termómetro estalló en pedacitos y ese día tuvimos que gastar la plata que teníamos para el pan en reponer el termómetro”, recuerda María Luz.

La situación se volvió insostenible cuando la mujer sufrió una obstrucción intestinal. Fue operada como indigente en el hospital clínico de la Universidad de la Plata, muy bien atendida a pesar de su falta de recursos, pero el episodio volvió a repetirse. Su tío Oscar, que sí era cirujano, le comentó a su padre que el mal se repetiría, porque María Luz formaba una especie de estrías que estrangulaban el intestino. Jorge Hiriart, acongojado por la situación de su hija, decidió recurrir a su hermano mayor una vez más. La gestión le permitió obtener garantías de que su hija y su marido podrían regresar sin temor, justo cuando terminaba la década de los 70.