“Escribí un tweet que dice: Piropo: “Yo pagaría cualquier puta multa, por decirte que tu modo de andar es de los pájaros, porque ellos aunque caminen, se notan que tienen alas”, señaló el reconocido escritor Hernán Rivera Letelier en una reciente entrevista telefónica a www.caras.cl.

Estoy parada en plena esquina de Tobalaba con Bilbao, esperando que el semáforo de la luz roja. De pronto sonrío y me digo: “¡Qué importa!, Voy a probar…Haré lo mismo que el Hombre que miraba el cielo de Hernán Rivera Letelier”. ¿Puedes leer mi mente? ¿La puedes leer? Algunas personas me miran y rápidamente copian lo que hago. Se ponen a mirar también el cielo. Miran pero no ven… El Mirador, la Saltimbanqui y Pajarito, narrador de esta historia que se gesta en Temuco y luego se traslada al norte de Chile, tienen una lucha interna. Todos las tenemos. Él y yo queremos ser escritores…Respiro. Luz verde.

Un hombre honrado que tiene su corazón inquieto. Una promesa. Treinta minutos que cambian su vida. Una mujer preciosa que tiene un trapecio imaginario y deleita con sus piruetas al protagonista. Lo encanta. Lo anima a ayudar a este hombre que por alguna razón extraña mira al cielo. Es como si espera alguna señal desde lo más alto e infinito para continuar su camino. Sí, hay algo pendiente ¡Quiero respirar ese fuego! Esa intensidad nuevamente ¡Antes de que saltes! Dime de nuevo lo que sientes. Dime lo que sientes cuando lees mi mente. Cuándo relees mis páginas. Porque yo también lo hice. Me devolví. Releí y descubrí que no te dabas vueltas de carneros en el aire para narrar lo que imaginabas. Que tenías un acento distinto. Un tono directo lleno de comparaciones y asociaciones. Poseía que jugueteaba haciendo música en tus frases. Que había una unión entre el mundo culto y popular. Cuyo telón de fondo era la simpleza de un hombre que no había resbalado en sus propias creencias, perfeccionando un oficio que lo ha salvado. ¿Quiénes son los críticos para enjuiciarte? ¿Para definir tu obra? ¿Para opacar la brillantez de tu cielo?

Este año para Rivera Letelier viene cargado de cosas buenas. “En realidad soy un hombre afortunado que ha vivido veinticinco años de la escritura” y su voz se llena de satisfacción a través del teléfono cuando menciona las adaptaciones de algunos de sus libros al teatro, ópera, cine y del reciente lanzamiento de su nueva novela “El Hombre que miraba el cielo”.

¿Por qué dedicarle el libro a Loredanna. ¿Cómo influyó esta joven en su proceso creativo?

Comencé a escribir esta novela en el café donde voy siempre. Y no tenía el nombre para el personaje, de la niña, “la Saltinbanqui”. De pronto, entra una joven preciosa, bellísima y se me ocurrió preguntarle el nombre a ella y contarle que estaba escribiendo una novela y que el personaje que imaginaba era igual a ella. Esa fue una buena chiva (ríe). Y le dije que si me podía regalar su nombre, para ponérselo a mi personaje. Que se llamara como se llamara le ponía su nombre.

¿Y cómo se gesta la historia?

Tuvo una génesis muy rara. Estaba en el café ese día y había entregado la parte número tres de la trilogía policial. No tenía nada que escribir y de pronto yo andaba con mi libro de cuentos… ¿No sé si lo conoces?

No, no ha llegado a mis manos todavía…

Mi libro de cuentos se llama “Donde mueren los valientes” y andaba con este libro porque se lo iba a regalar a una persona. Y de pronto abro el libro y la página que veo es la de un cuento corto de una página y media, que se llama “El sermón de la ciudad”, cuyo sermón mudo del protagonista, es hacer que los hombres miren el cielo…un cuentito de una página y media y dije este personaje se desarrolla y acá hay una novela. Fue así como empecé a trabajarlo y así nace esta novela.

¿Considera que su novela es atípica en cuanto a estilo y formato?

Yo no pienso las novelas. Ellas me asaltan y soy un convencido que el tema te entrega el tono, el ritmo y el lenguaje. Incluso la arquitectura. Y hay novelas que nacen cortas. Otras que nacen largas. Uno no se sienta a pensar sino a escribir y no sabe cómo viene el asunto. Pero ésta es tan corta y pareciera que uno la puede escribir en un par de meses… ¿y sabe cuánto me demoro hacerla?

¿Cuánto tiempo?…me pilló, esta era mi siguiente pregunta (río)

Me demoró 4 años. Empecé a hacerla como te digo ahí en el café y luego me aparecieron cuatro temas, por tanto, la revisaba de vez en cuando y le agregaba alguna cosita. La pulía. La guardaba. Y mientras escribía otras novelas la iba viendo…y de pronto ya estaba lista.

Me encantó la comparación que hizo de los días de la semana con los minerales, se notan colores, estados de ánimo…

Tiene que ver con muchas cosas porque en otras novelas “Romance del duende que me escribe las novelas” que es mi libro autobiográfico, ahí yo cuento parte de mi infancia y este niño que soy yo, le pone colores a los días de la semana. En este momento no me acuerdo qué colores les puse a cada día pero los Domingo son amarillos ¿Vio que hay una relación?

¡Por supuesto! Además de sus asociaciones y comparaciones, se nota que es un escritor que no se da vueltas de carnero para decir lo que quiere… ¿Cuál sería su estilo?

Mi prosa está permeada de poesía. Soy un tipo que busca que el lector además de entretenerse o no con la historia que le cuento, sienta un placer estético en la lectura. Y la goce. Que se devuelva y lea un párrafo no porque no lo entendió, sino para vivirlo nuevamente, porque le gustó demasiado.

Y eso usted lo sabe…

Es que un poema se puede leer catorce y quince veces y si es un buen poema, siempre se encuentra algo nuevo. Una novela es una historia y cuando la terminas sabiendo en lo que termina y la vuelves a leer es porque hay algo más. Hay poesía.

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En esta novela deja entrever la contaminación en Temuco y Antofagasta, el conflicto mapuche, la delincuencia, la justicia por las propias manos ¿Por qué no profundizar esos temas?

Porque es caer en el panfleto, en el discurso incendiario. Yo me cuido mucho de no caer en eso…

Se presentó como candidato a diputado en el 2005…Con todo lo que vivió en la calle y sabe ¿Tenía algún programa enfocado a contaminación, niños en riesgo social, pobreza, delincuencia?

No me haga recordar eso por favor (ríe). Y agrega: “Si salía sí, pero fui muy iluso al aceptar. Yo nunca he militado en un partido político. Soy zurdo de nacimiento porque soy hijo de obrero minero. Mi viejo murió de la silicosis. Entonces yo no puedo ser de la derecha. Es una cosa del alma. Soy izquierdista pero sin meterme en ningún partido. Soy un tipo que ama mucho su libertad. Nada que tenga normas, estatutos ni reglas. Eso me da en las pelotas a mí…. Tampoco tengo religión.

¿Pero en algo debe creer?

Yo cuando necesito religión miro las estrellas. Soy un tipo que no cree en Dios, pero sé perfectamente que Dios cree en mí y me quiere mucho.

Me llama la atención algunas palabras cultas “alelados”, “ahíto”, “orondo” y otras que usan sus personajes en sus diálogos

Acuérdate que el que está contando la historia es el joven y él quiere ser escritor… Yo cuando empecé a escribir, me leí el pequeño Larousse completo y las palabras que me gustaban las anotaba. Tenía un cuaderno lleno de palabras que me parecían hermosas o interesantes. Entonces el que está contando la historia se parece mucho a mí. Y La reina Isabel también cantaba rancheras, que es una novela de putas, está llena de palabras cultas. Es una mezcla de palabras cultas y palabras que usan las putas y los obreros. Ahí yo descubrí que mi lenguaje es una mezcla entre lo culto y lo popular.

¿Y qué música le gusta?

Me gusta la buena música y ella está en cualquiera de los rubros. La ranchera tiene unas canciones preciosas. También me gustan algunas de las canciones de los Beatles. Disfruto las letras de las canciones de Joaquín Sabina y de Pablo Milanés. En fin. También hay por ahí algunos rock and rolls.

¿Y cuando escribe escucha música?

Nunca. No uso ningún estimulante externo para escribir. Soy un convencido que escribir, es como hacer el amor. Cuando tú haces el amor, para que el acto esté completo tienes que darle la concentración que necesita. Si la persona que tienes ahí contigo es bello, está gozando el sentido de la vista. Si susurra palabras, bellas, tiernas de amor, está gozando el sentido del oído. Si huele bien, está gozando el sentido del olfato. Si tiene las manos suaves está gozando el sentido del tacto. Y si te falla un sentido, el acto del amor no está completo.

¿Cómo se completa el acto de escribir, entonces?

Cuando escribo me siento frente a una pared en blanco, porque los cincos sentidos tienen que estar en el universo que estoy creando. Yo tengo que oír y ver a los personajes. Oler y palpar. Entonces, si escucho música mientras escribo, ya el sentido del oído no está 100% en lo que estoy escribiendo, hay un porcentaje que está con la música que estoy escuchando.

¿Pensó su novela para cine?

No yo no pienso cuando escribo para el cine. Me preocupo que la novela quede bien escrita, bien contada. Se dice que mis novelas tienen algo de eso, que están escritas en una técnica de cinematográfica. Soy un cinéfilo empedernido.

¿Entonces piensa en imagen?

¡Si exactamente! Todo lo que yo escribo primero tengo que mentalizarlo. Primero tengo que verlo. Tengo que sentirlo, palparlo.

¿Ha vuelto a escribir poesía?

Siempre hago poesía. Lo que pasa es que se suele confundir poesía con poema. El poema es un envase de la poesía. Yo conozco poemas secos de poesía, vacíos de poesía, pero he visto cuentos llenos de poesía, novelas llenas de poesía, ensayos llenos de poesía, canciones llenas de poesía. La poesía es lo que le da vida al arte. En mis novelas hay poesía lo que pasa es que yo dejé de escribir poemas.

¿Qué opina de lo que estamos haciendo las mujeres?

Es complicado ese tema. Pienso que las mujeres están peleando por algo justo, siempre que no se pasen de la raya que no caigan en extremismos. Yo escribí un twitter que dice lo siguiente: Piropo: “Yo pagaría cualquier puta multa, por decirte que tu modo de andar es de los pájaros, porque ellos aunque caminen se notan que tienen alas”.

Ese sí que es un buen piropo. Y el hombre que logre decir algo galante, pícaro pero no grosero es capaz de lograr una gran sonrisa en una mujer. Sin embargo, si a uno le dicen “Huachiiita carnúaa TE ##*%#”…. dan ganas de bofetear “al personaje pue”…

Pero para que exista el buen piropo tiene que existir el mal piropo. Para que exista el bien tiene que existir el mal. Todos los extremos son malos. De pronto ahora a las mujeres no hay que ni mirarlas porque te pueden acusar que las miraste con lascivia. Entonces yo voy a tener que andar con lentes oscuros siempre (ríe), porque cuando veo una mujer bella me encanta contemplarla. Como contemplar algo bello. Como una buena pintura.

¡Como mirar el cielo!

¡Sí!

Título: El hombre que miraba al cielo.
Autor: Hernán Rivera Letelier.
Editorial: Alfaguara.
Nº de páginas: 95 pág.
Precio: $12.000

 

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