Lo que nunca dije

Supongo que debo comenzar por el principio. Por la jaqueca de papá cuando íbamos camino al aeródromo. Era la tercera de esa semana. Debía ser muy fuerte, porque cerraba los ojos y los contraía como si algo horrible estuviera ocurriendo tras ellos. Me había pedido que no lo comentara con mamá. Era extraño que me pidiera algo así, porque entre ellos, hasta donde yo sabía, no existían secretos. Por el contrario, el amor que se prodigaban me resultaba azucarado, casi empalagoso. Papá solo tenía ojos para ella. La miraba con una expresión de bobo, como si se tratara de Julia Roberts.

Al llegar al aeródromo, su dolor de cabeza se había agudizado. Cientos de personas esperaban en la calle que abrieran las puertas para presenciar el show de esa tarde, en especial el de papá, el Gran Agostini. En el hangar nos encontramos con sus compañeros. Nos saludaron como siempre, levantando la mano y golpeándola contra la nuestra en el aire. En un momento, papá me llamó a un lado. Me dijo que tal vez no era buena idea que hiciera esas piruetas en el aire —que requerían el máximo de su habilidad y concentración— con ese dolor de cabeza.

—¿Qué crees? —me preguntó, mirándome a los ojos.

—Papá, ellos vinieron a verte. No puedes defraudarlos. Seguro que arriba se te quita —le respondí.

Pensé en todos esos chicos guapos que estarían mirándome caminar junto a papá por la pista. Necesitaba mi dosis de reafirmación del ego del mes y no iba a renunciar a ella tan fácilmente. Así funcionamos las ratas del mundo.

—Tienes razón, Emi, seguro se me quita. ¡Vamos! —dijo con una sonrisa, y ambos nos encaminamos hacia la pista.

La exhibición de ese domingo tenía la particularidad de que todos volarían aviones construidos en los años treinta y cuarenta. Papá lo haría en su Bücker Jungmann. Que los pilotos caminaran hacia sus aviones de cabina abierta, con sus casacas de cuero y gafas de piloto, le otorgaba al evento un halo romántico. Como siempre, papá sería el último, el broche de oro que cerraría la velada.

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Cuando llegó el momento, caminé tomada de su mano hasta el biplano. El sol comenzaba a ponerse y la cordillera de la Costa se coloreó de tonos amarillos y magentas, como en las postales. Era la hora precisa para que el Gran Agostini dibujara el cielo. Papá me dio un beso en la frente y se dirigió a su puesto de mando. Sujeté por la punta el aspa de la hélice frontal, y le di el empujón que la hizo andar. El Bücker se elevó. Tras las vallas, se oyeron los aplausos cuando despegó. Papá alzó una de sus manos enguantadas y saludó a la muchedumbre.

Su avión montó a gran altura, hasta volverse apenas un punto, y luego se precipitó, dejando a su paso nítidas espirales. Por instantes, daba la impresión de que su avión se había convertido en una hoja que, movida por la brisa, caía lentamente. Los vuelos de papá tenían tal soltura y gracia, que pronto uno olvidaba que era un avión el que trazaba esas formas. Yo soñaba con poder volar como él algún día. Contaba los tirabuzones de papá, «uno, dos, tres, cuatro», luego sus emprendidas que surcaban las nubes, para desaparecer en ellas y volver a asomarse formando nuevos bucles y arabescos contra el fondo azul, mientras a mis espaldas oía los vítores, los gritos de exclamación y los aplausos. Ese día papá desplegó todas las piruetas que su viejo Bücker le permitía, mientras el sol descendía haciendo que todo a su alrededor brillara, como si la luz surgiera de su pequeño avión. Fue en uno de los tirabuzones. Debía recuperar la horizontal, trazándolo en sentido inverso.

Era una maniobra que había realizado cientos de veces, miles de veces, millones de veces, infinitas veces. Pero algo ocurrió y papá no logró enderezarse. Lo vi caer, caer, caer, al tiempo que escuchaba un largo «ohhhhh» que surgía de los espectadores a mis espaldas. Hasta que su viaje de descenso terminó. Fue un ruido seco, definitivo. Desde la distancia vi el avión con su cola alzada y sus alas apuntando una hacia el sur y la otra hacia el norte. Por eso, cuando todos corrieron hacia el lugar del accidente, yo estaba segura de que vería a papá salir con su casco de aviador entre las manos —levantando el puño al modo de los vencedores— y correría a encontrarse conmigo. Pero los minutos pasaron, y la gente siguió gritando, moviéndose de un lado a otro, como en un hormiguero que ha sido embestido por un mazo de fuego. Oí el ulular de una sirena. Me acerqué y vi cómo sacaban su cuerpo, lo subían a una camilla y lo cubrían con una manta. Corrí. Corrí en la dirección opuesta a ese tumulto que ahora emitía sonidos agudos y dolientes.

Corrí en medio de los gritos de los guardias, de la violenta explosión que se oyó al cabo de unos minutos. El humo lo cubrió todo con su olor a fierros quemados. Atravesé las pistas y las vallas hasta llegar al hangar más lejano, el que ya nadie ocupa porque su techo se vino medio abajo en el último terremoto, y me hice un ovillo en un rincón. Allí sus voces no me alcanzaban; tampoco la imagen del cuerpo de papá, su boca abierta, el brazo que colgaba de la camilla sanguinolento, y su mano, su mano que ya no estaba ahí, que había desaparecido. Me cubrí la boca. Sabía que si dejaba salir el grito que me aprisionaba la garganta ya no podría detenerlo. Quería volver atrás, atrás, atrás… No podía sacarme de la cabeza la mirada de papá cuando le dije que su dolor pasaría, que todo estaría bien. Una mirada que contenía el deseo de que yo lo detuviera, y que yo no acepté. ¿Por qué me hizo esa pregunta? ¿Por qué me hizo responsable de su muerte? La noche se desplomó sobre el hangar y todo se volvió oscuridad. Mi cuerpo temblaba. El dolor y el frío hicieron su madriguera en ese rincón de donde no quería salir más, hasta morirme como papá. No dormía, pero todo estaba lejos, muy lejos. Sabía que en algún momento la opresión entre mis costillas se haría tan intensa que no podría respirar. A lo lejos escuché voces y entre ellas la del tío Nicolás que me llamaba: «¡Emi, Emi, Emi!». Venía a salvarme. Me tomaría de la mano y me diría que todo estaba bien. Subiríamos a su camioneta y me llevaría a casa.

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Papá, Tommy y mamá estarían esperándome. Todos reiríamos con las bromas de papá, Tommy hablaría de los insectos que había encontrado esa tarde en el jardín, mientras mamá lo haría callar para que le contáramos de la magnífica tarde que habíamos tenido, de los vítores de admiración que las piruetas del Gran Agostini habían desatado. También hablaríamos de nuestro viaje, el fabuloso viaje de Amelia Earhart, que poco a poco, de tanto imaginarlo, se había hecho realidad en nuestras mentes. Sí. Todo eso ocurriría cuando yo lograra levantarme del rincón en el fondo del hangar. Intenté articular una palabra, gritar, pero ningún sonido salió de mi boca. Tenía que lograrlo, tenía que llamar la atención de esas voces que ahora se hacían más lejanas, que desaparecían en el silencio de la noche. El tío Nicolás me halló en la madrugada. Cuando todos cejaron, él continuó buscando en cada escondrijo del aeródromo, hasta que lo vi aparecer en la puerta del hangar y correr hacia mí.

* * * Después vinieron los meses de oscuridad. A mamá la llenaron de fármacos. Se paseaba por la casa como un fantasma. Tommy resistió, no sé cómo. Y yo solo pensaba en morir. Morir para que la culpa me soltara del cuello. quería, morir, morir, morir, morir, rabia, dolor, culpa, sobre todo culpa, no podía respirar, ni vivir, ganas de morir, otra vez culpa, llorar, quería huir, volar, pero el cielo era otro, amenazante, negro, quería salir del negro, pero no podía, mamá, Tommy, no eran suficientes, dolor no pasaba, no pasaba, culpa dolía mucho, entonces lo intenté, intenté morir. Y por unos segundos, cuando las pastillas comenzaron a circular por mi sangre, sentí paz. Una paz que entraba en mí como un viento suave.