La pequeña iglesia sajona está en silencio. Muda, antigua, penumbrosa. Un Borges que se acerca a los cincuenta años entra en ella luego de haber sorteado el cementerio de la aldea cubierto por la nieve. Una vez dentro de ese edificio de piedra gris, cumple un deseo que anhelaba desde hacía tiempo: decir el Padrenuestro en inglés antiguo. Así, después de casi diez siglos, vuelve a resonar en esa iglesia sajona de Lichfield el “Faether ure, thu eart on heovenum. Sie thin namá gehalgot”… Cuando la escritora María Esther Vázquez detalla esta anécdota en el libro Borges, sus días y su tiempo, el narrador argentino remata la cita con la siguiente frase: “Creo que lo hice para darle una sorpresa a Dios”.

A treinta años de la muerte del autor de El jardín de los senderos que se bifurcan, algunos episodios inéditos llenan los diarios y revistas. Los homenajes vuelven a rendir tributo al ilustre ciego que naciera en el barrio de Palermo en 1899. Lo estudian, lo citan, lo parafrasean, lo imitan. El escritor español Javier Cercas lo proclama como el fundador de la posmodernidad literaria. Y dos muestras —en Buenos Aires y  Madrid— intentan reconstruir su vida. 

Pero, ¿cómo dar cuenta del genio del escritor que encerró en una pequeña esfera el universo y la humanidad toda (El Aleph)?, ¿cómo ofrecer la mirada del hombre que aseguró que recién aprendió a observar el mundo cuando quedó ciego?

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges llegó al mundo adelantado. Nació en Buenos Aires con sólo ocho meses de gestación el 24 de agosto de 1899. El año en cuestión será un karma del que se sacude tempranamente. Antes de los 30 años, corrige su natalicio asegurando haber nacido en 1900; un escritor vanguardista no podía haber nacido en el siglo pasado.

De lo que no se liberó fue de una educación en la que el inglés convivía a diario con el español. La influencia de su abuela paterna —Frances Haslam Arnet, ciudadana británica— y de su propio padre —Jorge Guillermo—, abogado que dictaba una cátedra de psicología en inglés y que a menudo recitaba a su hijo poemas en esa lengua, terminaron por estructurar una cabeza moderna, que bebía de ambos idiomas por igual. A los siete años ya redactaba un texto sobre la mitología griega en inglés y con nueve años traducía al español El príncipe feliz, de Oscar Wilde. La influencia de la lengua de Shakespeare fue tan fuerte que El Quijote lo conoció en inglés. 

Borges vivió su infancia en el barrio de Palermo, aunque bien vale la pena una precisión hecha con sus propias palabras: “Yo creí, durante años, haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses”. Los libros fueron su infancia,; los escritores, sus amigos imaginarios.

A los quince años emprendió un viaje a Europa que caló hondo en su formación. La familia en pleno, abuela materna incluida, partió buscando hallar una cura para la inminente ceguera del padre. La gran guerra estalló mientras Borges iba al colegio en Ginebra. Luego vivieron en Lugano, donde aprendió alemán, y más tarde en España, donde murió su abuela materna. Los Borges se instalaron en Barcelona, pero pronto se mudaron a Mallorca, Sevilla y, finalmente, Madrid. 

En 1921 volvían a Buenos Aires. Llevaba cientos de autores y libros dentro suyo. Ya no era el mismo. En él ya habitaba el Borges que sería. 

Borges fue primero poeta y ensayista. De más está decir que nunca escribió una novela. En esos primeros años de regreso a Buenos Aires, sus ensayos le harán un nombre, pero serán sus poemas los que lo harán brillar. De esos días son Fervor de Buenos Aires (1923) y Luna de enfrente (1925). 

Si bien en su primera estada en España escribió un libro de cuentos que no vio nunca la luz —Los naipes del tahúr—, fue a fines de la década del ’30 cuando el cuentista se reveló en toda su forma. El mismo año en que su padre murió —ciego, víctima de una apoplejía—, Borges sufría un accidente doméstico —se golpeó la cabeza contra una ventana— que le provocó una septicemia. El fundador de la revista Proa estuvo cerca de morir. Se recuperó con el temor de haber perdido parte de sus facultades mentales. Ante eso se impuso un desafío: escribir un cuento fantástico. Corría el año 1938.

Ese cuento fue Pierre Menard, autor del Quijote —la historia de un autor que decide escribir la novela de Cervantes, exactamente igual, sin un punto de más ni una coma de menos, pero tres siglos después—, el mismo al que el escritor español Javier Cercas recurre, junto con El acercamiento a Almotásim, para preguntarse —en su libro El punto ciego— si acaso la posmodernidad literaria no comienza entonces, con esos dos cuentos borgeanos que se ocupan de la realidad a través de los textos, o “más precisamente todavía: se ocupa de la realidad a través de la representación de la realidad”.  

Esos dos cuentos aparecieron en El jardín de los senderos que se bifurcan (1942), al que siguió Ficciones (1944), El Aleph (1949) y La muerte y la brújula (1951). El reconocimiento de la crítica no tardó en llegar. Sus textos se adentraban en la metafísica y en la problemática del tiempo. 

Y entrando de lleno en el último tercio de su vida, la ceguera comenzaba a gobernarlo: ya había perdido totalmente la visión de un ojo, mientras que el otro se debatía en manchas azulinas, verdes y amarillas.

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Borges fue enamoradizo. Tuvo varias novias. Con una de ellas se casó, pero duró lo mismo que un suspiro. Mientras su madre estuvo viva —Leonor Acevedo—, Georgie vivió bajo su alero. Sin embargo, cuando conoció a una joven estudiante de literatura, María Kodama, su vida cambió por completo. Ella fue su alumna, su secretaria, su esposa y quien terminó cuidando de su obra luego de su muerte. 

Kodama estaba con el escritor cuando éste recibió un llamado desde la Academia Sueca exigiéndole que no viajara a Chile a recibir la condecoración Orden al Mérito Bernardo O’Higgins que finalmente Pinochet le entregó en septiembre de 1976. La negativa de Borges a esa exigencia le valió no recibir el Premio Nobel ese año y ser marginado eternamente de esa posibilidad. 

María Kodama fue también la que acompañó al escritor a Ginebra —“Ginebra, una de mis patrias”, escribió Borges— y quien lo enterró en el cementerio de Plainpalais.

Borges la quiso. A propósito de sus viajes que quedaron fundidos en el libro Atlas —el mismo que inspiró la muestra en la última FILBA—, escribió: “María Kodama y yo hemos compartido con alegría y con asombro el hallazgo de sonidos, de idiomas, de crepúsculos, de ciudades, de jardines y de personas, siempre distintas y únicas”.

Borges se fue apagando sin renunciar a sus credos. En una de las entrevistas que le hizo María Esther Vázquez, le preguntó si creía en otra vida: “No. Tengo la confianza de que no haya ninguna otra y no me gustaría que la hubiera. Yo quiero morir entero. Ni siquiera me gusta la idea de que me recuerden después de muerto. Espero morir, olvidarme y ser olvidado”.

Imposible. A treinta años de su muerte, prácticamente sigue igual de vivo. Quizás en un siglo más lo sigamos recordando como el escritor fantástico que fue, el que tuvo la genial ocurrencia de inventar un país imposible que a partir de entonces todos conocieron como Argentina. ¿Qué podría ser más posmoderno?