“En aquel tiempo yo tenía 20 años y estaba loco. Había perdido un país pero había ganado un sueño”. Así recordaba Roberto Bolaño en su poema Perros románticos su llegada a Barcelona en 1977. El país perdido era Latinoamérica y el sueño ganado, la literatura.

España acababa de dejar atrás la dictadura y Barcelona estaba cargada de efervescencia creativa y libertades recién recuperadas.

España acababa de dejar atrás la dictadura y Barcelona estaba cargada de efervescencia creativa y libertades recién recuperadas. “Era una ciudad en movimiento, con una atmósfera de júbilo y de que todo era posible donde se confundía la política con la fiesta”, diría el propio Bolaño un tiempo más tarde. A diez años de su muerte su presencia en Barcelona está más viva que aquel julio de 2003 en que murió esperando un transplante de hígado en el Hospital Valle de Hebrón.

El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) le dedicó una gran exposición, que por ahora tiene contemplado itinerar (entre octubre de 2013 y marzo de 2015), por Buenos Aires, Santiago, Nueva York y Madrid. Los diarios, la televisión y las tertulias no dejan de hablar de la obra del chileno. Se le compara con Borges y Cortázar. Se discute si es autor de culto o mito literario. ¿Cuándo habría ganado el Nobel? Se pregunta en las entrevistas. Los fans peregrinan por los escenarios ‘bolañianos’ en busca de los rincones que el escritor inmortalizó en sus novelas y donde sus personajes, encarnaciones de sus propios amigos, siguen circulando.

“Teníamos ventipocos pero a diferencia de mí, él estaba convencido desde los quince que su destino era escribir”, señala el novelista Antoni García Porta, amigo de Bolaño de toda la vida y coautor de su primera novela: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. “Nos conocimos cuando él acababa de llegar. Yo también escribía pero su dedicación me impactó. Era una persona que sólo vivía y pensaba en y para la literatura.

Para el resto, que íbamos tirando cohetes un poco perdidos, esto fue muy novedoso”, confiesa Porta que describe con cariño los ‘tecitos’ que le servía el chileno en el estudio que tenía en el número 45 de la calle Tallers de Barcelona. Un modesto espacio en la cuarta planta de un viejo convento, sin ducha y con baño compartido con los vecinos. “No tenía más de quince metros cuadrados, pero allí Roberto recibía como si fuera un duque en un gran salón parisino”, explica risueño.
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Habla de él en presente, como si siguiera vivo y estuviera a punto de asomarse por la puerta del bar Céntrico —con las mesas intactas de hace 30 años—, haciendo bromas sobre los jugadores del Barcelona o del Colo-Colo.
Porta, como los otros amigos del chileno, se convirtió en personaje de sus novelas. Es el profesor Antoni Carrera de Los sinsabores del verdadero policía. Bolaño nunca le habló de este libro ni le previno de que él y su familia saldrían retratados. “Entendía la literatura como algo amplio. Las amistades, el amor, cualquier cosa relacionada con la vida, era triturada y digerida para salir en forma literaria”, constata.

Mónica Muñoz también compartió con Roberto Bolaño desde los primeros tiempos y aún vive en el mismo departamento que el escritor bautizó como ‘consulado alternativo’. Por allí pasaban muchos de los chilenos que vivían en Barcelona a fines de los ’70 y entre los que se encontraban los hermanos Alvaro y Bruno Montané. Este último y Bolaño habían llegado desde Chile tras vivir unos años en México donde fundaron el infrarrealismo, el movimiento poético que se oponía a la línea oficial. “En esa época no salíamos por la noche. La movida consistía en juntarse en las casas a tomar un café”, recuerda Mónica.

El grupo jugaba taca taca en un local frente al estudio de Bolaño y cuando podían permitírselo, se tomaban algo en el vecino Bar Céntrico o en la Plaza Vicenç Martorell que sigue siendo hasta hoy el punto de encuentro. “Eramos militantes en lo cultural y en lo político. Roberto tenía entonces una convicción absoluta de que su destino era ser escritor. No buscaba fama. Quería dejar una huella en la literatura. A pesar de que escribía en condiciones muy precarias, yo no pensaba que era un sueño absurdo. Lo veía trabajar tan duro que me parecía natural que lo consiguiera”, agrega Muñoz.

Un día Roberto Bolaño llegó a su casa con un gatito de regalo. En esa época estaba de moda en España un cantante llamado Ramoncín y así bautizaron al gato que luego fue inmortalizado en la novela La pista de hielo.

Un día Roberto Bolaño llegó a su casa con un gatito de regalo. En esa época estaba de moda en España un cantante llamado Ramoncín y así bautizaron al gato que luego fue inmortalizado en la novela La pista de hielo. La propia Mónica, y el ‘consulado alternativo’, aparecen en este libro y en otros dos. A veces Bolaño la presenta con su nombre real y otras, con uno ficticio. Bruno Montané, que sigue viviendo a 200 metros del estudio de la calle Tallers, es Felipe Müller en Los detectives salvajes.

La exhibición ha reabierto, sin embargo, la polémica en torno a la legitimidad de publicar unos escritos que Bolaño nunca intentó mostrar.
Jorge Herralde conversó con él un día antes de morir, cuando fue a entregar el borrador de El Gaucho insufrible. Era su amigo y editor de Anagrama.

Herralde habla con cariño del chileno y recuerda esa última visita que hizo a Anagrama, que empezó, como era ya tradición, por el escritorio de Lali Gubern, su mujer que se encargaba de las traducciones, y acabó en su propia oficina.
“Está fuera de mi cometido lanzar hipótesis sobre el tratamiento del material inédito. Pero sí es cierto que en vida no lo contempló. O al menos no le pareció prioritario”, constata el editor.

Es lo que opina también el crítico Ignacio Echevarría, amigo de Bolaño y encargado de la edición póstuma de tres de sus obras. “Soy de la opinión que aquello que un escritor deja después de su muerte es susceptible de publicación. Lo que sí es exigible es que, en todo aquello que se publique sin la decisión expresa del autor, se haga constar eso mismo: que escapa a su voluntad. Se debe detallar con precisión el estado del manuscrito para que el propio lector, si no el editor, pueda especular sobre las razones que movieron al autor a desistir de publicarlo”, señala.

Echevarría lamenta que no se haya hecho este esfuerzo ni con El tercer Reich ni con Los sinsabores del verdadero policía. En el caso de este último, cree que fue un error presentar el texto como una obra terminada o casi terminada. “No es, ni de lejos, una novela que Bolaño tuviera propósito de publicar”, asegura.
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El facsímil de El Retorno dice: “Me sobrevino la muerte en una discoteca de París a las cuatro de la mañana. Mi médico me lo había advertido pero hay cosas que son superiores a la razón”, señala Bolaño en el relato.
Escrito el año 2000, permite vislumbrar cómo el chileno intuía que la muerte estaba cerca. Sus amigos coinciden, sin embargo, en que no hacía comentarios que permitieran pensar en un desenlace fatal. Concuerdan también que esta situación se vio alimentada por el hecho de que desde joven era hipocondríaco y estaba continuamente hablando de su muerte.
“No recuerdo que llegara a anunciar que se sentía enfermo. Un día vino a mi casa y me di cuenta de que estaba más delgado y había cambiado de alimentación. No tomaba café e incluso había dejado de fumar. Le pregunté qué pasaba y fue la primera vez que mencionó que no estaba bien”, recuerda Mónica Muñoz.

“Su círculo más cercano nunca llegó a saber el nombre de su enfermedad. Estaba continuamente haciéndose exámenes y él lo planteaba como un mal ‘en investigación’. Muy al final, su madre, Victoria (Avalos), me comentó que creía que todo acabaría mal. Recién en ese momento me di cuenta de que era grave”, agrega Mónica.
Desde su muerte, su obra ha ido creciendo: “2666 lo ha instalado definitivamente como un clásico”, constata Jorge Herralde cuando se le pregunta por el lugar de Roberto Bolaño en la literatura contemporánea.

El poeta Bruno Montané, que vivió de cerca su proceso creativo desde que ambos se conocieron en México, destaca como valor diferencial, el papel que juega la poesía en su obra. “Para Roberto era central no separar la prosa de la poesía. Los poemas de su primera etapa se desarrollan como un cuento, son escenas. Las novelas que hizo posteriormente son un desarrollo natural de su escritura porque él era ante todo un narrador de historias”, explica.

“Su círculo más cercano nunca llegó a saber el nombre de su enfermedad. Estaba continuamente haciéndose exámenes y él lo planteaba como un mal ‘en investigación’.

Montané destaca su capacidad para hacer una amalgama de tradiciones muy distintas como la poesía, la ciencia ficción, la novela negra o el surrealismo y crear un lenguaje nuevo. “En su escritura está la melancolía de Onetti, el humor y la vitalidad de Cortázar, y la capacidad de situarse frente a frente a la escritura de Borges”, afirma.

Respecto al máximo galardón de la literatura, se pronuncia Jorge Herralde. El editor cree que, sin lugar a dudas, Bolaño se lo merecía aunque reconoce también que es complicado hacer una predicción. “A veces los miembros del jurado parecen estar compitiendo por dar el Premio Nobel de la sorpresa. Pero se hubieran sentido finalmente obligados a galardonarlo. Y de no ser así, Bolaño estaría en la lista de los Nobel alternativos: Proust, Céline, Joyce, Kafka, Musil, Nabokov, Gombrowicz, Borges”, dice el editor de Anagrama. Y añade: “¡No es un mal club!”.