Como dos hermanos separados al nacer, pero que el destino ha reunido. Eso parecen Jorge Baradit (46) y Francisco Ortega (41), los escritores bestsellers con Historia secreta de Chile y Logia, con 12 y 30 mil ejemplares vendidos respectivamente, en un mercado donde pasar la cifra de dos mil ya es un hit.

Nos reunimos con ellos en medio de los ruidosos pasajes cercanos a Plaza de Armas y ellos sobreactúan, hacen muecas y bromean con la típica pose de Superman (manos en la cintura y mirada al horizonte) mientras la sesión fotográfica transcurre. De escritores con aires de seriedad no tienen nada. Pero su inquietud hiperkinética se detiene de golpe al comenzar el recorrido por el pasaje Phillips, donde parecen perderse en la inmensidad. Quietos admiran por un par de segundos un Chile que ya no es. Pancho Ortega queda pasmado con la hermosa arquitectura de la calle que funciona como albergue en la ruidosa capital. Los celulares de los novelistas se alzan para intentar retratar el lugar. “Aquí está Gotham”, dice Ortega recordando la ciudad de Batman.

La conexión entre ambos fue un regalo de la literatura. A Francisco le tocó leer el manuscrito de Baradit. Ygdrasil se terminó llamando la novela, y el click fue inmediato. El destino coincidió y en la presentación del libro Ortega sustituyó a uno de los presentadores. La afinidad fue casi instantánea. Intereses similares fueron los ingredientes perfectos para la simpatía que surgió. Pero si hay algo que une a estos escritores —aparte de su afición a los comics— es el amor por la historia de Chile. País que les ha regalado decenas de historias para develar e conspiraciones que imaginar.

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—¿Dónde partió su amor por la historia?

—Francisco Ortega: La historia siempre me gustó, de hecho era mi ramo favorito en el colegio. Leía el Mampato de chico. Creo que no estudié historia de cobarde nomás. Vengo de un pueblo chico y una familia muy tradicional. Básicamente tu futuro era ingeniería, medicina o derecho. 

—Jorge Baradit: A mí desde chico me interesó la narrativa. En mi casa había solo tres libros, así que leía de todo: folletos, remedios. Y descubrí que me gustaban las historias, pero por sobre todo las desaforadas. Recuerda un encuentro con un profesor que le preguntó: “‘¿Cómo es posible que te guste leer sobre Star Wars, la Biblia, mitología griega y Borges?’. Todos ellos eran narración”. Esa es la respuesta inmediata que llega fulminante a su cabeza. “Y la historia es otra forma de narración”.

—¿Por qué el gusto por la memoria chilena, en lugar de la universal?

—J.B: Aunque a otra gente le parecía aburrida, para mí eran emocionantes los grandes eventos. Y cuando tuve que empezar a contarla, me di cuenta de que lo importante iba por los procesos, no la profusión de apellidos. Eran pueblos completos luchando contra un imperio, como sucedió en la independencia.

—F.O: La historia internacional te la enseñan como aventura, con los hechos, la epopeya y héroes. Pero eso también está presente en la de nuestro país. Quizá los planes educativos tienen que ver con la forma árida en la que se cuenta esta materia, donde el dato exacto parece ser el importante. Ya de grande comencé a entusiasmarme con nuestra historia. De hecho fue cuando inicié mi trabajo en Muy Interesante.

—¿Ahí viste que era un nicho que le gustaba a la gente?

—F.O: Me hice cargo de la revista y busqué los temas que le gustaban a la gente e intenté con historia de Chile. Y cuando colocabas esos temas a la publicación le iba muy bien. “Carlos Condell, el olvidado del 21 de Mayo”, “La logia Lautarina” —comienza a enumerar—, temas que después utilicé en libros y novelas gráficas. Terminé enamorándome de los procesos épicos.

—Procesos épicos. ¿Eso explica un poco el éxito de ambos?

—F.O: Yo tenía confianza de que al libro le iba a ir bien. Pero no tan bien, las cifras mías y de Jorge son súper extrañas. Es raro vender más de diez mil ejemplares. Pero el chileno siempre ha sido un buen lector de novela histórica. Te presentan una cosa curiosa. Lo “oculto” de Bernardo O’Higgins, que en el fondo es parte de tu farándula escolar.

—J.B: Yo creo que eso viene tras un proceso de pérdida de la ingenuidad. De pronto la gente adquirió certeza que las grandes instituciones le estaban mintiendo. Surge la paranoia, la gente comienza a ver por todos lados conspiraciones. Así se volvieron atractivos libros y programas donde te decían: “Nosotros te vamos a contar la verdad”.

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Lo oculto y secreto en Chile, motores que dieron fuerza a los escritos de ambos. Temas de un país que se acerca a sus Fiestas Patrias, fecha siempre controversial donde emergen dudas de si se debiese celebrar o no el 18. ¿El día importante fue en febrero de 1818 en lugar del afamado septiembre de 1810? Se miran de inmediato a los ojos y no pueden contener la risa.

—F.O: La fecha ya está demasiado arraigada, coincide con la llegada de la primavera y esta temporada es muy importante. Pero a mí me da lata que la gente crea que el 18 de septiembre se celebra la Independencia de Chile.

—J.B: Es un lujo que el florecimiento de nuestra celebración sea junto con esta colorida estación. Yo sí creo que lo ocurrido ese día en 1810 fue un tipo de independencia.

—F.O: El año cero.

—J.B: Claro, comienza el inicio del proceso. Aunque lo que se hizo en ese momento fue una reunión para cuidar los intereses del rey español, tras los movimientos de Bonaparte. Ahí empezaron a agarrarle el gustito y se gesta el desarrollo libertario.

—¿Qué les parece la forma en cómo celebramos los chilenos?

—J.B: Es que es una celebración de la primavera. Piensa, has estado tres meses míticamente bajo tierra, como una semilla, con frío. Eso es lo que produce el invierno. Y el cambio de estación es una orgía de vida. Viene todo el movimiento, las fiestas, el sexo, el copete.

—F.O: Los colores, la piel, los escotes, las plumas de pavo real de los hombres. Todo es baile.  

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A ratos surgen pausas en medio de oraciones veloces que marcan el ritmo del diálogo entre Baradit y Ortega. Pero el titubeo desaparece cuando se habla de “temas país”. Baradit es quien más usa las redes sociales como plataforma política. La suspicacia ya es su característica y lo ha llevado a varias rencillas en Facebook o Twitter. 

—¿Cómo definirían el nivel de la educación chilena?

—F.O: Soy hijo de la educación fiscal, una escuela con número. Y tuve a los últimos profesores normalistas, yo creo. Había una enseñanza bien integral.

—¿Eso les falta a los jóvenes?

—F.O: No sé si es bueno o malo que hoy en día no haya educación cívica o se reduzcan las horas de historia. Es signo de los tiempos. Un país donde se juega más sudoku que crucigrama, hoy son más importantes los números que las palabras. En Chile ganó el imperio.

—J.B: El problema en el país es profundamente cultural, no me refiero a más o menos textos de estudio. Sino que a cultura social. Cuando se instauró el modelo tuvo éxito en convertirnos en consumidores y no en ciudadanos. Todo se transformó en peldaños para alcanzar un estatus más alto.

—F.O: Antes a los papás les interesaba que sus hijos fueran felices. Ahora el discurso es “que mis hijos sean más que yo”. Y cuando dicen eso no se trata de una educación que no tuvieron, simplemente es “si yo tengo diez, que mi hijo tenga mil”.

—¿Se oculta o se miente más sobre nuestra historia?

—F.O: No más que en otro país. La conspiración está presente en la humanidad desde que esta existe, o sea, ¿qué mayor conspiración que los doce apóstoles de Cristo? Ahí tienes una sociedad secreta. El secreto es parte de todo proceso histórico. Claro, cuando instalas la palabra “secretos” en una portada, llama la atención. Pero el éxito es que son historias que ya estaban, que todo el mundo conocía. La logia lautarina aparece en todos los libros de historia, pero si le insertas un ojo Illuminati al medio y escribes una novela con estructura de thriller, donde explicas ese hecho, llamas la atención.

—J.B: Yo hago una distinción, la historia es una narración y tiene una intención, un punto de vista. Entonces los historiadores son curadores que eligen estos eventos y discriminan otros, porque están construyendo un relato que es funcional a sus intereses… o los intereses de un grupo. Hay cosas en las que se miente derechamente. Por ejemplo, cuando tú tienes que inventar que Bernardo O’Higgins es nuestro libertador. Eso lo tienes que crear porque si no tendrías que decir que quien nos liberó fue José de San Martín, que es un argentino. Entonces, eso no es bueno para el alma nacional. Los libros de historia son manuales motivacionales donde tienes que verte lindo.