“Supongamos que el tiempo es un círculo, doblegándose sobre sí mismo. El mundo se repite a sí mismo, precisamente, infinitamente”. O un mundo donde el tiempo fluye como el agua en un río, parte de él avanza y otra se queda estancada. O un mundo sin memoria, donde cada noche es la primera noche, cada mañana la primera mañana, cada beso y cada roce, los primeros. 

En el libro de Alan Lightman, novelista y físico del Massachusetts Institute of Technology (MIT), Albert Einstein sueña con distintos mundos cada noche y en cada uno el tiempo transcurre de manera diferente. En uno el tiempo es absoluto, en otro tiene tres dimensiones y en un tercero va hacia atrás. Lightman describe cada uno de ellos con el detalle y la gracia de un artista, usando la ciudad de Berna y sus habitantes como personajes de una gran obra. A través de estas fábulas, el autor —uno de los fundadores del programa de escritura del MIT y uno de los mejores narradores científicos del mundo— incita a cuestionarnos sobre la naturaleza del tiempo y de cómo ésta afecta nuestro comportamiento. En el mundo donde hay un tiempo mecánico y uno corporal, por ejemplo, unos viven mirando sus relojes mientras que los otros sus latidos. Y en aquel donde todos son inmortales nadie es libre, porque la única manera de vivir es morir. 

La novela le vino a la mente a comienzos de los ’90 y tras publicarse en 1992 se convirtió en un best seller. Lightman, nacido en Memphis, Tennessee, de madre bailarina y padre empresario de teatro, tenía entonces 42 años, un doctorado en física teórica de Harvard y un post doctorado en astrofísica de la Universidad de Cornell, y lideraba el programa de escritura y humanidades en el MIT. Su formación científica siempre estuvo entretejida con el arte y a partir de los ’80 comenzó a mezclar los dos mundos en ensayos, cuentos y reseñas que publicó en revistas como The New Yorker, The Atlantic Monthly, Granta y Harper’s Bazaar.

Fue la tensión que se producía en su cabeza cuando ponía en una misma frase las palabras Einstein y sueños lo que lo sentó a escribir por tres meses durante un verano, casi sin dormir, hasta terminar su primera novela. Los sueños de Einstein, libro que ha sido traducido a 30 idiomas y ha inspirado más de dos decenas de producciones teatrales y musicales, es la expresión artística de lo que para él, como científico y humano, es lo más relevante de la Teoría de la Relatividad de Einstein: que nuestra comprensión física del tiempo es equivocada.  

wp-alan-lightman-03-450

Al contrario de lo que muchos creen, explica Lightman en su oficina en el MIT, la teoría general de la relatividad no trata sobre el tiempo, sino sobre la gravedad, y comenzó con la observación de Einstein de que la aceleración y la gravedad se sentían como lo mismo. Es decir, que era imposible distinguir entre un cuerpo acelerado y otro empujado por una fuerza. Para probar esta equivalencia, tomó prestada una fórmula matemática de la teoría de relatividad especial, que desarrolló en 1905, donde describía geometrías del espacio que no eran planas, sino curvas, y que implicaban tiempo y espacio.

Einstein hizo dos postulados. “Que no había nada en la naturaleza que representara una condición de reposo absoluto, sino solo respecto de otra cosa —porque incluso al estar quieto estoy sobre una tierra que rota—; y que si solo existe el movimiento relativo, las leyes de la física deben ser iguales para todos los observadores independiente de su estado. No hay observador especial porque no hay reposo absoluto”, indica el físico.

Al intentar aplicar estos postulados a la ley de la propagación de la luz, que dice que ésta se mueve a una velocidad de 299.792.458 metros por segundo, Einstein llegó a la conclusión de que si la velocidad de la luz no cambia cuando hay movimiento del observador, entonces el tiempo y el espacio son los que tienen que variar. Es decir, que el tiempo es relativo.

“Si hay dos personas y una se está moviendo en relación a la otra, sus relojes hacen tic a un ritmo diferente. ¿No es eso absolutamente extraño? Y la razón por la cual no lo observamos, y por la cual viola toda nuestra intuición sobre el mundo, es porque tienes que estar moviéndote a una velocidad muy alta, en relación con otro observador, antes de que te des cuenta de la diferencia entre sus dos relojes”, simplifica el profesor del MIT.

Einstein tenía 26 años cuando postuló la Teoría de la Relatividad. “Solo una persona así de joven pudo tener la audacia de desafiar la manera en que entendíamos el tiempo y el espacio por miles de años. Si hubiese estado entre los 40 ó 50, no habría sido temperamental y sicológicamente capaz de llegar a esta teoría, no hubiera tenido el estómago para hacer lo que hizo”, agrega Lightman.

La verdad es que la teoría de la relatividad no tiene muchas aplicaciones prácticas porque las velocidades a las que tendríamos que viajar antes de que el tiempo y el espacio comenzaran a hacer cosas extrañas, es mucho, mucho, más alta que las velocidades a las que nos movemos en la tierra. “Su trabajo sobre física cuántica tiene más importancia en el sentido tecnológico porque permitió desarrollar transmisores y computadores. No fue hasta el GPS, que si no tomara en cuenta la relatividad general erraría la posición en cerca de 10 km por día, que empezamos a usarla. Pero la revolución que causó Einstein es más intelectual que tecnológica”.

—Remeció nuestra manera de pensar.
—Tomemos simplemente el tiempo. Todos tenemos una comprensión de él absolutamente visceral. Es, de alguna manera, nuestro primer encuentro con el Universo. Es tan básico que por siglos, los filósofos ni siquiera comentaron sobre él porque asumían que no era necesario. Isaac Newton fue el primero en hablar sobre esto y dijo que el tiempo era absoluto; que un segundo para mí es un segundo para ti, como si hubiera un reloj gigante marcando a un ritmo determinado. Pero el postulado de Einstein dice que esa comprensión es equivocada y al hacerlo cuestiona todo lo que sabemos sobre el mundo.

—Botó un gran pilar del conocimiento.
—Exacto. El mayor terremoto intelectual que Einstein puso en movimiento es la idea que nuestra experiencia física con el mundo ya no es un camino confiable para entender la naturaleza de la realidad. Si nuestra percepción física del tiempo es equivocada, entonces no podemos confiar en nuestros cuerpos para conocer la naturaleza de la física. Y eso es muy grande. Podemos usar la corporalidad para entender las emociones —para saber si nos sentimos románticamente atraídos por alguien o para saber si estamos enojados—, pero no para hacer un postulado sobre el Universo físico. Y si estuvimos equivocados por miles de años pensando que el tiempo era absoluto, entonces podemos estar equivocados sobre cualquier cosa.

—Nadie ha sido capaz de demostrar lo contrario por 100 años, o sea, ¿podemos estar equivocados sobre cualquier cosa?
—Claro (ríe). Vivimos en un mundo que está lleno de cosas invisibles que nuestros cuerpos no perciben. Para mí, ese es el gran legado de Einstein más allá de cualquier aplicación práctica. La realidad física es más compleja, rica y extraña que lo que percibimos.

—¿Y esto es ciencia?
—¡Ciencia pura!

—Pero si existen cosas que no percibimos, se abre una puerta enorme de posibilidades. Los espíritus, por ejemplo.
—Aunque hay un mundo que no vemos en la naturaleza, lo que hace esto ciencia y no religión, es que tenemos instrumentos para medir lo invisible. No hemos encontrado un artefacto que pueda medir a Dios o captar percepciones extrasensoriales. Si quieres creer en esas cosas, ese es un asunto de fe. Pero eso no quiere decir que el mundo espiritual no existe, solo que no es ciencia.

wp-alan-lightman-04-450

—En el prólogo de su libro el narrador dice que de varias posibles naturalezas del tiempo con que Einstein venía soñando, una le pareció atractiva, y entiendo que esa es la que presenta en la Teoría de la Relatividad. Pero luego dice que las otras pueden existir en otros mundos. ¿Puede haber diferentes naturalezas del tiempo?
—A nivel sicológico, todos los mundos son posibles. Pero en términos físicos, solo uno es posible.

—¿Cuál es la naturaleza del tiempo en nuestro mundo?
—Como físico, te tengo que decir que el tiempo se comporta según la Teoría de la Relatividad especial de Einstein, en que está basada toda nuestra física y que ha sido probada como real. Y es uno de los mundos sugeridos en el libro, donde todo está en movimiento. Pero en mi propio mundo mental puedo experimentar el tiempo de todas las otras maneras descritas en el libro. A veces parece ir muy de prisa, otras se estanca. Algunas pareciera que las cosas no siguen una lógica de causa y efecto y a veces siento que estoy repitiendo cosas que ya hice. Pero esto es mi experiencia mental, no el tiempo físico afuera de mi cuerpo.

—¿Cree que debiéramos estar más conscientes del tiempo: esta cualidad invisible que no podemos comprender corporalmente?
—Con los años he ido apreciando más la importancia de vivir en el presente. Cuando era joven siempre estaba pensando en qué seguía, pero al envejecer buscas un sentido a la vida, te das cuenta de lo rápido que pasa y de lo temporal que es todo, lo que es una idea budista. Creo que el momento se vuelve más y más significativo. Pero no creo que cuando vives en el momento estás consciente del tiempo. Al menos en mi experiencia personal, es no estar consciente del tiempo, solo tratar de estar en el presente, entonces quiero que el tiempo desaparezca.

—Usted es astrofísico, creó el curso de escritura en el MIT, dirige un magíster de escritura científica, tiene una compañía de teatro. ¿Qué busca en esta mezcla?
—Busco ser un ser humano. El mundo es más que únicamente ciencia y más que solo arte. Somos capaces de pensar lógicamente pero también de expresarnos artísticamente. Intento ser  completo y mostrar que la ciencia y el arte son partes de ser humano.

—¿Cree que es importante que el arte y las humanidades conversen más con la ciencia y la matemática?
—Absolutamente. Y se habla mucho de que estamos poniendo demasiado énfasis en la ciencia, la tecnología y la matemática y que necesitamos empatizar más con el arte. No creo que debamos focalizarnos en uno o en el otro, los dos debieran estar presentes porque ambas son parte de nosotros. Porque si solo hacemos ciencia y no producimos arte, ni alimentamos nuestro lado espiritual, vamos a convertirnos en robots. Y puede que tengamos un montón de tecnología de punta, pero no un alma, y no sé si así seríamos muy felices. Es solo la mezcla de lo intuitivo con lo lógico, del espíritu con la razón, lo que nos hace seres humanos completos.