Este 2012 no es cualquier año para Isabel Allende: cumplió 70; 25 casada con su segundo marido, William Gordon; 20 de que murió su hija Paula y 30 de que publicó La casa de los espíritus que la lanzó al estrellato literario. “Ibamos a hacer una fiesta grande; al final, me dio lata. No me gusta celebrarme”, dice dando cuenta de una etapa de su vida más hacia adentro y que se refleja en una postura hoy más reflexiva. Al final terminó festejando con la ‘tribu’ —como les dice a su marido, su hijo Nicolás, tres nietos, nuera y amigos cercanos— en un restorán en el Ferry Building en San Francisco.
Hace 25 años que vive en EE.UU., desde que agarró sus maletas y se instaló con camas y petacas donde Willie, sorprendiendo hasta al mismo abogado gringo que hoy jubilado derivó en escritor.
Con el tiempo se instalaron en la cima de una colina de uno de los sectores más exclusivos de San Rafael; en una casa estilo chileno de tejas y muros altos, rodeada de kilométricas palmeras y jardines que ofrecen una magnífica vista a la bahía.
El día de la entrevista estaba con su hijo Nicolás (él y Paula son de su primer matrimonio con Miguel Frías) y su nuera Lori Barra; quien está a cargo de su fundación y también es su fotógrafa oficial.

Con aire algo hippie: vestido largo, chaqueta de terciopelo naranja y sus infaltables tacos (con los que intenta disimular su poco más de 1.50 metro),  Isabel abre la puerta e invita a la terraza mientras termina un despacho telefónico a propósito de su último premio, el Hans Christian Andersen, otorgado por su talento para hechizar a su público.
Aparece con dos copas y una botella de vino. Nos hace un tour por el jardín y su soñada ‘casa-oficina’ construida a un costado de la piscina. Allí cada 8 de enero se encierra sagrado a tirar las primeras líneas de sus novelas que ya suman 19, traducidas a 35 idiomas; con más de 57 millones de libros vendidos. “Aquí paso meses en que no asomo ¡ni la nariz!”, cuenta sobre ese lugar que ha sido su refugio para los dolorosos capítulos que le ha tocado escribir en su vida, como el temprano abandono de su padre; el exilio de su familia; la muerte de su hija Paula; la desaparición de la hija de su marido, víctima de las drogas; una nieta con Sida y la partida de la ex mujer de su hijo (y madre de sus tres nietos), quien de ser Opus Dei se declaró lesbiana y se emparejó con la polola de un hijo de Willie.
Como si fuera poco, el 2011 cuando por primera vez decidió parar y tomarse un año sabático, a su marido le diagnosticaron fibrosis pulmonar y le dieron entre dos a cuatro años de vida. “Pensé que moría”.

A SUS 7O, ISABEL NO ES DE GRANDES BALANCES; éstos los realiza a diario en una vida que en el último tiempo es más contemplativa. Hace dos décadas —después que murió su hija—, practica meditación que le ha dado una visión más desprendida de las cosas. “Pasé por crisis de matrimonio, de divorcio, exilio, económicas, de haber estado pobre como rata, de muchos tropiezos y fracasos… Cuando murió Paulita todo cambió. Nunca más he vuelto a tener crisis así, todo comparado con eso, es poco”.
—¿Se está preparando para la vejez?
—No saco nada, la vida me ha enseñado que haces planes y no te resultan. Espero no depender demasiado de mi hijo; no quiero ser una carga… Aunque fíjate que una de las madres adoptivas de Sabrina —la nieta de su marido que nació con Sida y que fue criada por una pareja de lesbianas tras el abandono de su madre—, mientras entrenaba para subir el Everest, tuvo un accidente brutal que la dejó en silla de ruedas. Su mayor temor era depender, pero se entregó y aprendió que los demás son felices ayudándote. Una preciosa filosofía que no sé si esté preparada para adoptar…
—¿Por qué le cuesta tanto?
—Empecé a trabajar muy temprano, me he mantenido siempre y a medio mundo a mi alrededor. No estoy acostumbrada a pedir ni a quejarme. Mi abuelo vasco me decía que el mundo era un valle de lágrimas y veníamos a sufrir. Eso me ayudó en la vida, en el rigor, en la disciplina…, pero llega un momento en que ya no necesito ser así… Podría ser más juguetona, relajada… Tengo que soltar esas cargas, ya son mañas.
—¿Y puede?
—No, me crié como un soldado. Willie me pregunta por qué tengo que trabajar diez horas al día, y es porque ¡tengo que terminar el libro!
—¿Cómo le movió el piso la enfermedad de su marido?
—Lo pasé pésimo. Todo lo que tenía programado, ¡se fue al carajo! El pasó a ser la prioridad. Trataba de que no me viera preocupada, ¡pero se notaba! Me conoce como la palma de la mano.
—¿Pensó que moría?
—Sí; me dio pánico. El diagnóstico era de una enfermedad incurable y progresiva. Empezó un tratamiento de medicina alternativa, ya que la occidental no tiene terapias; como que dejan que mueran nomás. Sólo quedaba un trasplante de pulmón, pero se opuso. Ahora está perfecto. Se hace exámenes cada seis meses, y está cada vez un poco mejor.
—¿Estaría preparada para otra pérdida?
—Uno viene aquí a perderlo todo. Acumulas cosas convencida de que te dan seguridad y que son para siempre; al final, se van los hijos, los nietos, los padres. Y si no mueren, se alejan. Aferrarse a una situación, a lo material, a los afectos, es para sufrir. Y no es que sea desprendida, aprendí a costa de experiencias horribles. Al principio crees que no sobrevivirás, pero pasan cosas: nace un nieto, tienes que cuidarlo, y la vida te empuja. Eso sí, con el tiempo me he ido metiendo cada vez más para adentro. Me molesta la TV, la conversación banal.
—Parece que muy para adentro, ¿no?
—Sí, pero contenta con mi vida. No pierdo energías en lo chico, se acabó para mí el pelambre, el chisme, ¡me da lata la copucha! La otra noche vinieron a comer Ricardo Lagos con su señora y unos profesores de la Universidad de Berkeley, cada uno habló de su tema; eso me encanta. ¿Pero sentarme a copuchar?, ya no tengo edad… Con mi mamá me escribo todos los días, ahí me cuenta cosas, hay un poco de pelambre, pero mínimo (ríe).
—¿Nunca trató de acercarse a alguna religión?
—¡No!, la religión me horroriza; todas controlan y someten a la mujer, y mientras más fundamentalista pasas a ser solo un aparato reproductor. Los más morales que conozco no tienen religión.

25 años, y aún se excita con tan solo escuchar la voz de Willie. “¡En serio! Te juro que cuando él anda de viaje, llamo varias veces a la casa para oírlo en la contestadora”. En eso aparece Willie a saludar. Ha perdido varios kilos, pero aún mantiene esa cara de bonachón y su  sonrisa fácil no se la despinta nadie. “Mi amor ponte un sombrero, no te puede llegar sol”, le advierte su mujer. El obediente, reaparece con un modelito Panamá y un par de sus últimos libros de regalo. “Te voy a dar el último que escribí (El enano), tienes la primicia, aún no está en Chile”.
Isabel lo mira enternecida. “El es la antítesis del marido chileno, nunca me pide nada, se las arregla solo. Si le frío un huevo, me lo agradece ¡como si hubiera lamido el piso con la lengua! (ríe).Hemos pasado por todo. Cuando llegué a su casa tuve que lidiar con sus tres hijos drogadictos, dos hombres y una mujer, perdidos en la heroína; no sabía cómo reaccionar. Me costó adaptarme; el tenía 50 y yo 45… Cuando empezamos a estar bien, se enferma Paulita, estuve largo tiempo ausente… Luego ella muere, viene mi duelo, nace la nieta de Willie con Sida, fallece su hija, y se nos rompió la familia cuando mi nuera Celia (casada con Nicolás) se enamoró de Sally, la novia de un hijo de mi marido, que hasta tenía el traje de novia en el clóset…  Estas mujeres tuvieron un inmenso valor de hacer pareja y salir adelante. Ya llevan 17 años juntas”.
—¿Con qué costo familiar?
—Altísimo. Pero ese amor tenían que vivirlo. Lo respeto, lástima que Celia (nuera) se dio cuenta de que era gay después de tres niños. Ella era Opus Dei, sin ninguna posibilidad de reconocerse. No tendría que haberse casado con Nicolás. Su familia dejó de hablarle, la nuestra tratando de entender, y mis nietos con una vida muy rara: una semana en cada casa, con costumbres muy distintas.
—¿Le complicó que los criaran dos lesbianas?
—No, mientras más mamás, ¡mejor! Celia adora a sus hijos y Sally es una mujer maravillosa; son una buena pareja. Ese no es el punto.
—Por lo visto, su matrimonio vive a prueba.
—Miro atrás y pienso: realmente nos queríamos. En las crisis recurrimos a terapias. Son momentos en que puedes hablar a ‘calzón quitado’, en que no agredes por agredir, sino para encontrar soluciones. Para muchos lo es el divorcio; la nuestra no es seguir juntos a pesar de todo, sino ver qué ocurre y arreglar los problemas. Por ejemplo cuando Willie se enfermó, el primer año fue fatal. En la terapia me enteré que por estar encima preguntándole cómo te sientes, te tomaste las pastillas, ¡lo tenía cabreado! Me costó, pero di un paso atrás.
—DIjo que Willie la hizo recuperar la confianza en los hombres tras el abandono de su padre.
—El y mi hijo hicieron que me reconciliara. Un día vi a Nicolás mudando a sus tres niños, y le dije ¡por Dios que buena madre!; no, soy buen padre, me respondió. El tuvo uno maravilloso, pero muy pasivo y ausente. Mi hijo me enseñó lo que es un papá y a echar de menos no haber tenido uno. ¡Pucha qué distinta habría sido!, menos autosuficiente, sin esta coraza de no esperar nada de nadie… A los 10 años llegó mi tío Ramón (Huidobro), quien se casó con mi madre y fue un gran papá, pero me costó aceptarlo. Le tenía celos, ¡le deseaba la muerte!
—¿Por qué nunca buscó a su padre?
—Mis hermanos lo hicieron; a mí no me interesó Su condición para darle la nulidad a mi mamá fue que no le pidiera nada para sus hijos. Estuvieron un par de veces con él y la desilusión fue tal que nunca más tocaron el tema. Una vez me llamaron de la morgue para reconocer un cadáver, por el nombre pensé que era mi hermano, pero no lo reconocí. Llegó mi padrastro y me dijo: este es tu papá. Fue la única vez que lo vi. Y te lo cuento sin pena.
A su edad lo ha probado todo: marihuana, éxtasis, ayaguasca. “La marihuana eso sí muy poco, no sé inhalar; la tengo que comer en calugas, ¡y tiene unas calorías brutales!… Pero mira, estar volada no me sirve en mi trabajo, ni en una fiesta”.
—¿Y éxtasis cuándo consume?
—Con Willie lo hemos tomado un par de veces en terapias. Con el éxtasis bajas tus defensas (barreras), y logramos avanzar en ciertos temas que nos tenían trancados. Otra vez tomamos con Nicolás y Lori, para abrir más la comunicación. Te conectas de corazón, sin defensas… Soy muy defendida en todo, y siempre es mi espacio, mi plata, mi esfuerzo, mi responsabilidad; así me siento segura. Con éxtasis se me cae ese discurso, y te das cuenta lo ridícula de esa postura. He vivido con esta armadura que me pesa una brutalidad. Y aleja a los otros, porque si nadie puede hacer nada por mí, toman distancia. Pude decirle a Willie: ¿sabes qué?, estoy cabreada de ser el sostén, quiero que me agarres en brazos y seas mi caballero andante y me trates como una princesa, no quiero seguir siendo yo el caballero… ¿Crees que podría decírselo sin éxtasis?, ¡jamás! Es maravilloso.
—En Chile se discute legalizar la marihuana.
—Las drogas blandas como la marihuana deben legalizarse. Y que se pague impuestos, y con esa plata financiar rehabilitación. Los adictos debieran inscribirse, y el gobierno pasarles las dosis que necesitan, y así tener el tema controlado.
—El fácil acceso aumentaría  el consumo.
—Está comprobado que no. Controlando te aseguras que se consuma lo menos tóxico posible. No sacas nada con castigar, mientras el narcotráfico se enriquece, corrompe gobiernos, la justicia. Un hijo de Willie que cumplirá 50 ha pasado la mitad de su vida preso por la marihuana, y nunca ha hecho algo violento o un crimen que merezca la cárcel. Es un problema médico, de salud pública, no policial.

ESTÁ ESCRIBIENDO SU LIBRO NÚMERO 20 e innovó con un nuevo género. Esto significa para Isabel enclaustrarse cinco meses y que la rutina familiar cambie: se acaban los encuentros sociales y Willie hace su vida. La novelista se levanta a las 6 AM, hace ejercicios para la espalda, toma desayuno en cama y medita. Vanidosa (reconoce varias cirugías), se viste y maquilla como si fuera a ir a un cóctel, aunque no vea ni al cartero. “No quiero pasar frente al espejo y ver a una señora en pijama, chancleteando, ¡deprimente! Ando siempre de punta en blanco por mí, porque a Willie le da lo mismo. Mi mamá me dice que él debe estar agradecido porque me cuido, ¡no se da ni cuenta!”.
Con culpa, cuenta que su actual novela debió estar lista en mayo, pero con tantas fiestas familiares por la partida de sus nietos a la universidad, el libro no agarró. “Me costó más que cualquier otro, así que trabajaré hasta diciembre. Siempre caigo en un proceso de desesperación e inseguridad”.
—¿Tantos reconocimientos y premios no le bastan para sentirse confiada?
—En este oficio no corren. Con cada libro hay que inventarlo todo de nuevo. Tal vez no cometes los mismos errores, pero sí infinitos nuevos. La experiencia sólo me ha servido para saber cuánto de mi investigación usaré. Antes, mientras más sabía, más colocaba para que supieran que había hecho mi trabajo, ¡que era culta!, y fregaba el libro.
—¿Lo hacía también para taparles la boca a sus pares que la critican por ser escritora light?
—No, eso no me molesta, porque escribas bien o mal, si tienes éxito, te pelan igual. Son muchos halagos como para angustiarme por tonteras.
—¿Por qué un sector se resiste a su éxito?
—Es un problema chileno. Les molesta cuando alguien triunfa —salvo que sea futbolista—, porque quitas espacio, oxígeno.
—¿Cómo ve Chile a la distancia?
—Bien. Ha evolucionado, con una de las economías más estables, pero con una pésima distribución del ingreso. Con un sistema financiero, en que los intereses de las tarjetas de crédito son una ¡usura! La mujer está más emancipada, pero trabaja como burro; tiene la mitad de reconocimiento, gana menos y llega a cargos medios. Hay machismo solapado, hablan del matriarcado, ¡mentira!, y ellas están cada vez más desgastadas.
—También nos cuesta delegar…
—Y manejan al marido o compañero como otro hijo más, lo infantilizan.
“El arribismo de Chile me choca. Voy a mi país feliz, la gente es muy cariñosa, pero a la semana eso empieza a fregarme. El clasismo de Chile es como el racismo en EE.UU., así de brutal. Que fulano tiene pelo de indio, ‘pero’ es inteligente… Todavía usan la palabra rota. Es chocante”.
—¿Se le pasó el miedo con Sebastián Piñera?
—Temía que echara atrás la red social de la Concertación, pero no ha ocurrido. Sí hay más diferencias entre ricos y pobres, y la gente se siente excluida. Piñera maneja el país como una empresa, y un gobierno tiene una población activa, pero también otra inactiva —pobres, enfermos, viejos, embarazadas y niños— de la que hay que ocuparse sin cálculos ni interés de cuánto vas a ganar.
—¿Esperaba de la derecha iniciativas como el Acuerdo de Vida en Pareja?
—La Concertación lo habría hecho igual por la época en que vivimos, como pasó con el divorcio. El alargue del pos natal me parece buenísimo.
—¿Ha seguido el conflicto estudiantil?
—Ese tema lo debió resolver la Concertación, y le cayó a Piñera, pobre hombre… La salud tampoco debe estar en el sector privado.
—Dicen que es la gran protesta que se viene.
—Espero que así sea. La gente tiene que entender cuáles son sus derechos y pelear por ellos. Sería bueno que también pasara en EE.UU.; hay demasiada desigualdad. Me extraña que aquí donde se exacerba el individualismo, el sueño americano, sean tan pasivos y no haya una protesta brutal. Esa clase media que ha sido empobrecida y abandonada. Aquí, definitivamente, nada de lo que huela a socialismo, es aceptable.

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