“Tenía su genio”, cuentan los colaboradores de Verónica BlackburnPerfeccionista, no dejaba que nada en su cocina quedara fuera del balance justo de las cosas. Tenía fama de socialité, de chef con estampa inglesa, de zapallarina que inauguraba cada verano con almuerzos que remitían a la ancienne cuisine française. Todo eso, sin embargo, le cargaba, lo encontraba de una siutiquería casi insolente. “¿Qué es eso de que ahora todo sea un brunch?”, me preguntó el verano pasado cuando coincidimos en un cumpleaños. “A mí me gusta que haya desayuno, almuerzo, once y comida”, agregaba mientras agitaba suavemente una copa de champán, porque nunca dijo espumante. Su voz seguía siendo la misma, al igual que sus puntos de vista donde aparecía ese humor seco y elegante, aunque se notaba cansada frente a un cáncer que no pudo derrotar. No hablaba de la enfermedad. Prefería concentrarse en otras cosas. Quería publicar un nuevo libro, que fuera útil, sencillo, sin pretensiones. “Que no importe si se ensucia cuando alguien lo manipule mientras cocina”, decía como hilvanando ideas que también tenían que ver con su forma de ver las cosas. “¿Qué es eso de que soy chef? Soy una cocinera”, repetía cuando comenzaba sus clases en su tienda de Alonso de Córdova, donde por largos años fue la única que en Santiago proveía de patés de La Provence, de ollas forjadas en bronce, de enlosados alemanes para preparaciones en el horno y de máquinas para hacer sorbetes que lograron que las chilenas se olvidaran de la clásica casata de helado industrial. Cuando nadie era foodie y tímidamente se hablaba de lo gourmet, ya estaba Verónica con sus secretos para perfumar sales y sus recetas de postres con frutas de la temporada.

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De una familia con tradición británica, creció en el fundo La Colmena: un lugar que sus bisabuelos compraron después de la pacificación de la Araucanía y donde el abuelo José Bunster fue figura clave en la modernización de la agricultura en Traiguén. Hasta esa casa, en la que cada año ofrecía un almuerzo de mantel largo para los trabajadores del campo, llevaron sus cenizas el sábado 10 de octubre. 

No tuvo hijos. Después de cuatro matrimonios dijo que su vida había sido como un menú de varios tiempos, un poco riéndose de sí misma. Zapallar era su lugar favorito junto al mar, adoraba la ruta La Loire en Francia, porque además la remitía a su infancia en Traiguén, sobre todo cuando era estudiante de la Alianza Francesa y donde, con no más de seis años, cantaba con sus amigas : “Sur le pont d’Avignon l’on y danse, l’on y danse”.

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A las seis de la mañana ya estaba en el gimnasio. Era capaz de pasar 12 horas en sus proyectos. Su primera tienda la abrió en Providencia, en los ’ 80, donde en un pequeño local hacía clases para diez personas. Con creatividad y pequeños detalles, nadie se daba cuenta que estaban apretujados. “No todos pagaban las clases. Obvio que más de la mitad eran palos blancos, de modo que todo se viera successfully... Era mi manera de mostrar lo que sabía con dignidad”,  contaba. Comenzó su negocio luego de viajar por el mundo. En Australia partió como autodidacta y se entusiasmó tanto que decidió estudiar en la Escuela Escoffier del Ritz de París.

Cuando regresó lo que menos le interesaba era la TV. Pero en 1983 el periodista Francisco Castillo sucumbió frente a sus trufas de chocolate y la convenció de probar suerte. Fue entrevistada por Rosario Guzmán y Patricio Bañados para un microespacio. Aunque no era ‘telegénica’ ni de las que se reía gratuitamente, logró ser la chef del matinal por más de tres años. Pionera en su rubro, un día incorporaba yogur en sus platos y luego la mitad de Chile repetía lo mismo.

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Aunque su raíz familiar estaba en Inglaterra por el lado paterno y en España por el materno, fue una gran admiradora de la cultura francesa. “No hay discusión, ahí está la mejor comida”. Cada vez que viajaba, adoraba alojarse en campiñas y viejos caserones, visitar los mercados y consultar la guía Michelin a la hora de elegir restoranes y programar paseos. Anotaba todo: vinos, platos, direcciones. Si algo le llamaba la atención, pedía hablar con el chef para que le contara sobre la receta o simplemente para que le diera sugerencias. “Años de viajes y circo”, como decía, habían afinado su perspectiva. Y sin declararse moderna ni estrictamente clásica, pensaba que en la espontaneidad estaba el punto, el sello distintivo, el buen gusto en definitiva. Si el mundo funcionaba de esa manera, “¿entonces Verónica cuál es la mejor comida?”, le pregunté mientras junto a su amiga Keka López de Reppening preparaba un asado dieciochero hace un par de años. “¡Fácil!”, contestó. “Las cosas espontáneas se parecen a las cosas frescas en la cocina. Eso se nota en todo: en el color de las hojas de una lechuga, en el aroma de unas echalotas tiernas, en una tasa de té recién preparada”, proseguía serenamente. 

Casada con Enrique Tagle, le gustaba invitar. Los almuerzos en su casa de Zapallar eran antológicos y todavía sus amigos guardan los platos que mandaba a labrar para que cada uno de ellos se lo llevara como recuerdo. Su círculo social era amplio, de la política, las comunicaciones, la ópera, el ballet y por supuesto de la gastronomía. “Cuando invito, cocino yo. A lo mejor puedo aguantar las mañas de Gladys, mi nana, mi mano derecha, pero no más…”. Sus fiestas eran pura pasión. En Traiguén, cada febrero, trabajaba durante más de dos semanas. Adobaba patos, rellenaba clafoutis con murtas de la zona. En Zapallar, sus almuerzos eran más sociales, con amigos que llegaban de los Hamptons o el sur de Francia.

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En todas partes era la misma Verónica vestida de blanco, una mujer que fuera y dentro de la cocina estaba siempre de etiqueta.