Hay un refrán que dice: Siete virtudes tiene la sopa: es económica, el hambre quita, sed da poca, hace dormir, digerir, nunca enfada y pone la cara colorada. Palabras que salen en defensa de un plato que muchas veces se tilda de ‘simple’, ‘básico’ e incluso de ‘fome’. Pero, la sopa es tan antigua y noble como la historia de la cocina, y todas las culturas milenarias tienen en su recetario magistral, los detalles y secretos de algún caldo, caldillo, crema o papilla: magia culinaria.

Por fin en Chile ya superamos la típica sopa de zapallo o espinaca, y podemos encontrar nuevas y exóticas preparaciones. Está la borscht, elaborada con betarraga, yogur natural, ciboulette; y también la de puerros con gomasio (sal de sésamo tostado) lo que le da un toque muy especial. Las legumbres también son un buen ingrediente invernal y pueden cocinarse diferentes, como las lentejas especiadas, con una mezcla de queso parmesano, ralladura de limón, perejil y nueces tostadas. Exquisito (Restorán Quínoa). 

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En el continente asiático, la India sorprende con sus especias, ideales para preparaciones calientes, humeantes y originales. La contundente mulligatawny, por ejemplo, es una sopa hindú, que en su mar naranja, abraza trocitos de ave desmenuzados y entrega un sabor ligeramente picante. Esta coqueta preparación puede encontrarse en el clásico Le Flaubert.

Para los más vegetarianos, puede innovarse con la mezcla del Topinambur –un tubérculo del sur de Chile con un sabor muy parecido a la alcachofa– que unida a los berros logra una consistencia de contraste exquisito (El Huerto). Y si se quiere seguir en la ruta orgánica pero cool, podemos intentar con la crema de zapallo con leche de coco y merkén, acompañadas de chips de kale (col verde) (Very Organic People). Pero, si definitivamente optamos por lo tradicional, bienvenida sea la sopa de cebolla (soupe a l’oignon) que supera cualquier tormenta de lluvia y viento, transportándonos de inmediato al mejor bistró de París (Normandie, Les Assassins).