Llegar a San Pedro de Atacama con sensación de puna y mareo altiplánico tiene remedio según los lugareños. Y no cualquiera, sino uno ancestral desde los tiempos en que los atacameños comenzaron a organizarse en ayllus bajo el imponente volcán Licancabur. En las luminosas calles apenas matizadas por la sombra de viejos pimientos, no falta el ofrecimiento de una taza de agua hirviendo con hojas de coca y una ramita de rica-rica para aliviar los pesados efectos de la altura en la cabeza.

La cura es milagrosa, inmediata y sabrosa. Porque la rica-rica, una hierba en forma de arbusto que crece a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, tiene un aroma penetrante y único. Más suave que la menta, pero con una intensa sensación que recuerda hojas de paico, tolilla, bailahuén y llareta. Siempre fue medicina en un pueblo que se caracterizó por conocer todas las propiedades curativas de la botánica del desierto. Conseguirla no cuesta nada. Está en las orillas de los caminos, en las quebradas y hasta en el jardín  de las casas. Como infusión sus cualidades son inmediatas. Y a partir de esas preparaciones ahora tiene rango gourmet al momento de aromatizar el pisco sour, perfumar salsas y también para hacer postres con sello de autor.

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El chef Francisco Valencia, de Tierra Atacama Hotel & Spa, se ha convertido en uno de sus principales impulsores. Cuando presentó su rica-rica sour, tuvo adeptos de inmediato. Después tomó la hierba y la convirtió en helado y sorbete, ideal para acompañar unas mini-sopaipillas pasadas, o bien un cheesecake preparado con queso de la zona. Su nombre científico es Alcantholippia deserticola phil, corresponde a la familia Verbenace y solo a mediados de octubre deja ver unas pequeñas flores violeta igualmente penetrantes en aroma.

Contra la tos y el resfrío, hizo su fama en principio. Pero ahora es tratada como si fuera la ‘verbena’ del Norte Grande, al punto que el mismo Valencia le dio otra chance en su carta cinco estrellas con el formato de un postre que bautizó como ‘Leche frita con rica-rica y frutos del bosque’: una suerte de crème brûlée con multiplicidad de toques florales del altiplano.

Suave, elegante y con notas misteriosas de un paisaje de altura es, sin duda, el top de los postres con sello atacameño. Perdérselo es un pecado.