Desde hace un tiempo la seguridad es tema de todas las reuniones que se realizan. De hecho, ayer me impresioné viendo el video del asalto al bar Balbona (Vitacura), donde cuatro delincuentes en menos de 40 segundos entraron y salieron del bar con las pertenencias de varios que disfrutaban su aperitivo después de la oficina.

Una camioneta esperaba estacionada con intermitentes fuera del local, se bajan cuatro tipos, entran y salen corriendo con carteras medio minuto mas tarde, se suben a la camioneta y salen a toda velocidad. Los que lo pasaron mal fueron las señoras a las que les robaron sus carteras, porque al local le robaron menos de cien mil pesos en dinero. Siempre ha sido un mal negocio asaltar restaurantes, ya que como afortunadamente hoy se paga en tarjetas, el efectivo es escasamente utilizado para entregar la propina a los camareros y, la verdad, no es mucho.

Misma situación se vivió justamente ese día por otra banda en Canta Gallo y otras dos en el Providencia. Resultado: dos detenidos que seguramente antes de fin de mes estarán de nuevo en la calle, porque no hay lesiones de terceros ni ningún delito grave que los mantenga encerrados.

No quiero hacer una crítica política, pero si me preocupa que nuestro querido Chile, que sonaba tan alejado de los guardias armados y tan comunes en Argentina, Brasil y casi toda Centroamérica, está comenzando a ser amenazado por la inseguridad para sus clientes, donde la agresiva presencia de un guardia con una escopeta en la entrada de los restaurantes puede afectar el flujo de comensales que se necesita para rentar en un negocio complejo, y hasta ahora poco profesional.

Día Nacional del Vino (4 de septiembre), nueva aparición de bares enfocados en coctelería, restaurantes que aparecen dentro de los 50th Best, cocineros que son rock star, son todas muestras de que la gastronomía vive un momento único en Chile, pero ¿podremos mantenernos seguros?. ¿los clientes querrán salir si efectivamente lo que vemos en las noticias nos hace temer por el miedo a ser apuntados con una pistola, mientras comemos para robarnos la cartera de la señora con las llaves de casa y veinte mil pesos en efectivo?.

Quizás lo que hay que hacer es efectivamente tomar cartas en el asunto, agarrar al cogotero y correr con los riesgos que eso implica. Ilustre es el ejemplo que sucedió hace un tiempo en el Paseo Ahumada, cuando los transeúntes agarraron entre todos a un carterista y lo dejaron amarrado con alusa plast a un poste en mitad del paseo. Los noticieros hicieron gala de la imagen del delincuente semi desnudo, y toda la ciudadanía cerró líneas comentando “eso es lo que se debe hacer”.

Otro caso fue en un local de Isidora Goyenechea hace un par de años donde los camareros se dieron cuenta de un robo por parte de un carterista: salieron siete persiguiendo al delincuente, incluyendo al bartender, al copero y dos cocineros, agarrándolo y dejándolo como piñata después del cumpleaños a cambio de recuperar la cartera famosa con las veinte lucas dentro. Resultado final: el carterista esta libre pero nunca más se le vio por Isidora Goyenechea ni sus alrededores.

La violencia siempre es mala, de eso no hay duda, pero entiendo la frustración de camareros y personal de servicio que trabajan 14 horas diarias de pie contra un tipo que roba en su lugar de trabajo, que hace que el cliente dude en salir de la tranquilidad de su casa y que destapa la animalidad que los guerreros del servicio llevan dentro.

No se cual es la respuesta ni menos cual es el culpable de todo esto, pero si se que la delincuencia está llegando de manera descarada a lugares donde no debe llegar: restaurantes y bares donde no hay efectivo, donde sí hay familias y donde hay un número importante de trabajadores que pueden perder los estribos por defender a sus clientes con las consecuencias que todos pueden imaginar.

No importa su color político, su religión o su equipo de fútbol: la delincuencia es problema de todos.

Comentarios

comentarios