Un rico aroma y sabor, que sea suave, que sea intenso, que tenga sabor a té, que me recuerde a mi abuelita, que me llene de energía, que me reconforte, que produzca sensaciones y que tenga un color intenso, son algunas de las formas en que se suele describir un buen té, pero ¿en qué tenemos que fijarnos verdaderamente a la hora de ver si nuestro té es bueno o no?

Técnicamente, a la hora de evaluar la calidad de un té deberíamos cerrar los ojos y concentrarnos única y exclusivamente en el aroma y sabor, ya que estos son sus aspectos más importantes.

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Con respecto al aroma buscamos que sea intenso y al mismo tiempo, esperamos ser capaces de percibir una gran variedad. A esto le llamamos complejidad. En cuanto al sabor, buscamos intensidad, complejidad, texturas, que sean, evidentemente agradables y persistencia. Después de tomarme el té ¿lo sigo sintiendo?

Cuando disfrutamos nuestro té, todos los aromas, sabores, texturas y colores que podemos percibir son producto de una serie de compuestos que se encontraban presentes en las hebras y que por medio de la infusión fueron traspasados al agua. Mientras mayor sea la concentración de compuestos, mayor intensidad y complejidad encontraremos en nuestra taza y mayor calidad.

El color no es algo que nos indique calidad, por lo que no deberíamos esperar que nuestro té tiña para considerarlo bueno. La variedad de matices presentes es tan grande, que sería imposible asignarle un rango de calidad a un color específico. Además, la preparación del té influye considerablemente en el color: temperatura del agua, tiempo de infusión, cantidad, por lo que esta característica no debe ser considerada.

Hay un factor extra que tiene que ver con la estética de las hojas. Un té no solo tiene que oler bien y saber bien, sino que también tiene que verse bien, más que mal la manufacturación del té es considerado un arte en China y como todo arte, éste debe ser estético. Es así como encontramos hebras con distintas formas y colores, y cada té es visualmente distinto.

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De lado deben quedar los gustos personales. Puede cumplir perfectamente con todos los parámetros de calidad, simplemente no es de mi preferencia, por lo que la objetividad es fundamental a la hora de analizar la calidad de un té.

Junto a los aspectos técnicos, es necesario considerar un factor no menor, el valor. Efectivamente hay tés que sin ser malos, tienen una relación precio–calidad exagerada, se paga mucho más de lo que se recibe y nuestra percepción final es de la de un té de baja calidad.

Finalmente siempre va a ser necesario cuidar la preparación, recordemos que por muy fino que sea nuestro té, si lo preparo mal el resultado en la taza será terrible. Por otro lado, si tengo un mal té y me preocupo de prepararlo bien, el resultado final seguirá siendo un mal té ¿qué esperaban?

Si bien estos aspectos son cosas para tener en consideración, un buen té es aquel que se toma en familia, que se comparte, que nos hace felices, que nos entrega eso que estábamos necesitando en ese preciso momento, que es capaz de sacarnos una sonrisa entre sorbo y sorbo. Un buen té es simplemente el que prefieras tú.

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