Fue la casa de veraneo de los Alessandri, un chalet de piedra y balaustradas de madera con una de las mejores vista hacia el mar. En los años 50 fue el boom de Algarrobo, cuando este reducto con cierta arquitectura mediterránea se convirtió en el centro social de los días de verano. Era la locura por Algarrobo, cuando las familias chilenas preferían este nuevo balneario por sus bosques que casi llegaban a la rompiente de olas.

Justo al frente del Club de Yates, esta casa pudo desaparecer durante la depresión económica de los ’80, o haber pasado a mejor vida en medio de los agitados ’90 y la fascinación por la construcción en altura. Contra todo, el caserón mantuvo su dignidad y ahora renació bajo el nombre de Winery Hotel Algarrobo. Entre salones que se conectan por senderos plagados de anémomas, suculentos y viejos hibiscos, está Mosto: el restorán en manos del chef Igor Caramari. En su propuesta abundan guiños a la vieja cocina francesa y también una fuerte identificación con los valles cercanos, sobre todo con los vinos que proceden de San Antonio, Casablanca y Leyda. Para acompañar una cava que supera las cien etiquetas, el acento está en platos de sabores equilibrados y que, sobre todo, busquen potenciar productos del mar y de los campos de la zona central.

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Para comenzar, la terrine de foie gras suma higos escalfados en vino y arvejas peladas, o bien las trilogías de crudo y huevo, con cebolla morada y tomatitos. Aquí es donde se lucen mostazas y tostadas recién hechas. Si se quiere seguir con clásicos, una buena opción es la sopa de cebolla que sirven con parmesano, o la crema de zapallo cocinada con jengibre y toques de pesto. Otra de las entradas más solicitadas son las berenjenas tibias, ideales para comenzar un almuerzo entre brindis de Pinot Noir.

Los pescados tienen alquimia cuando pasan a la cocina de Caramari. Entre los cebiches, el de corvina con pimentón, cilantro, miel, manzana verde y palta, no tiene competencia. Una opción fresca, liviana y ultrasensorial que se puede acompañar de una copa de Sauvignon Blanc del año. El atún aleta amarilla con camote perfumado con trufa y una generosa guarnición de ratatouille, es otro de los hits de Mosto. La selección marina continúa con salmón trufado, anchoas y salmón provenzal  con puré de habas y mermelada de cabernet.

En aves de caza se lucen con una codorniz rellena al oporto, que incluye un guiso de polenta con plátano. Aunque más innovadores son los ñoquis gorgonzola con chutney de pera y toques de vodka Grey Goose. Los postres también buscan esta sintonía de enfrentar sabores, como un marquise de chocolate belga con salsa de maracuyá o un cheesecake de jengibre y limón. Con linda vista y si tiene suerte con un día de sol, la caminata post almuerzo es merecida y obligatoria.